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La comunicación en la familia: puente o caos (a veces, las dos)

Comunicarse es un arte que tenemos que aprender a dominar. Las grandes discusiones por generan enojos. Cómo evitar que esto sea parte del cotidiano.

Las familias sanas discuten asiduamente, pero no se destruyen en el intento.

Las familias sanas discuten asiduamente, pero no se destruyen en el intento.

Archivo.

Una escena que aparece casi a diario en consultorio: una familia comienza a hablar sobre "el problema de siempre", las tareas del hogar, los horarios de los chicos, la plata que no alcanza, la suegra que sobra. A los pocos minutos de escucharlos, como dice Arjona el problema no es problema, sino cómo hablan del problema.

Era la hora de la cena. La esposa agotada después de un día de trabajo arduo (mitad en oficina, mitad dentro de casa), terminando de cenar con sus hijos, mientras un plato entero, sin tocar, se enfriaba sobre a mesa. El esposo llegó tarde, dejó las llaves sobre la mesa y suspiró mientras decía: ‘¿otra vez sopa?’. Había cansancio, frustración y reproche. Pero el cerebro de la esposa no vio el cansancio, vio un ataque al esfuerzo. La respuesta ideal hubiera sido: Entiendo que tuviste un día largo. Pero lo que verdaderamente salió fue un misil teledirigido, en forma de: "si llegaras a la hora que decís que vas a llegar, comerías la comida calentita. Pero no, como siempre tu trabajo es más importante, y llegas a casa tarde. Ahora comételo frío".

En menos de treinta segundos, ya no hablaban de la comida: fue discutir sobre su falta de compromiso, sobre una supuesta tendencia a victimizarse y sobre un incidente de las vacaciones de 2018 que, inesperadamente, apareció en la mesa. Claramente, esa noche durmieron espalda contra espalda, sobre un muro de silencio. ¿Se pelearon por la comida fría? No. Fue la incapacidad de frenar la escalada. Esa es la trampa: creemos que peleamos por una situación, cuando en realidad peleamos por las palabras que elegimos para narrarla.

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Discutir frente a toda la familia.

Discutir frente a toda la familia.

Sin gritos: el arte de discutir sin lastimarnos

Una frase que resume el agotamiento de muchos hogares es "ya ni sé por qué empezamos a pelear". Y tiene sentido. En la mayoría de las crisis domésticas, el motivo original (un plato sucio, una llegada tarde, un gasto imprevisto) es apenas una anécdota. Lo que realmente hiere, lo que nos mantiene despiertos a la madrugada y nos distancia unos a otros, no es el qué, sino el cómo. La comunicación familiar es como un sistema de engranajes: si uno se traba, impide que todo el sistema siga siendo funcional. El problema recurrente es que solemos enfocarnos en el contenido de la discusión, cuando el verdadero incendio se propaga por la forma en que nos hablamos (no es el fondo, es la forma). Cuando las palabras dejan de ser puentes y se convierten en proyectiles, la escalada es inevitable.

La charla argentina es muy pasional

Para entender por qué nos cuesta tanto bajar los decibeles, hay que mirar nuestro contexto. Los argentinos tenemos un estilo comunicativo muy particular, definido por la sociolingüística como de "alta involucración". Según estudios de la UBA y el Conicet sobre pragmática del discurso, el hablante argentino promedio tiende a utilizar la interrupción no como una falta de respeto, sino como una marca de interés, participación entusiasta en la charla y una coparticipación activa de la construcción del relato.

Sin embargo, lo que en una mesa de café con amigos es "pasión", en el living de casa puede significar una batalla campal. Nos cuesta separar el "yo siento" del "vos me hiciste", ese difuso punto en donde nacen los reproches crónicos. Y sumando la frutilla al postre, el uso del sarcasmo y la ironía, que son veneno puro para el vínculo filial. No es lo mismo decir “me preocupó que no avisaras que llegabas tarde” (en un pedido de avisar) que “siempre hacés lo que querés” (acusando de no seguir las normas). En una forma de comunicación tan emocional como confrontativa, estas diferencias parecen no poder distinguirse.

Una discusión escala cuando dejamos de escuchar para empezar a preparar la respuesta-defensa. En ese momento, el cerebro entra en modo "ataque o huida". Ya no importa resolver el problema de ‘la falta de aviso’, solo importa ganar la pulseada. Entonces, ¿cómo frenamos esta inercia? No se trata de no discutir, ya que el conflicto es natural y necesario para crecer. Se trata de hacerlo con herramientas que protejan la relación.

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Lo que en una mesa de café con amigos es

Lo que en una mesa de café con amigos es "pasión", en el living de casa puede significar una batalla campal.

Estrategias para transformar el diálogo familiar

Cambiar la forma en la que nos comunicamos no requiere grandes teorías, sino pequeñas decisiones sostenidas. Para empezar hoy mismo a bajar la tensión, les propongo cinco cambios de hábito que parecen pequeños, pero son estructurales.

  • Eliminar los "siempre" y los "nunca". Estas generalizaciones no son simples etiquetas, son sentencias que congelan al otro. Nadie hace "siempre" todo mal. Al quitarlas, permitimos concebir la idea que todos podemos cambiar, porque todos somos falibles.
  • Hablar en "mensajes YO". En lugar de decir "vos siempre me desautorizás", prueben con "YO me siento frustrada cuando intervenís mientras doy una indicación". Al hablar desde sus sentimientos deja de ser una acusación hacia el otro, entonces se bajan las guardias porque nadie necesita estar a la defensiva.
  • La regla de los 5 segundos. Dado nuestro impulso cultural de interrumpir, intenten esperar cinco segundos después de que el otro terminó de hablar antes de responder. Así logran asegurar que el otro se sienta escuchado y evitan las superposiciones agresivas.
  • Validar antes de argumentar. Antes de dar la propia opinión, repitan lo que entendieron del discurso del otro. "Entonces, estas enojada porque no te avisé que llegaba tarde, ¿es así?". Sentirse comprendido ayuda a bajar la frecuencia cardíaca del interlocutor casi instantáneamente. Ojo, una aclaración importante: validar las emociones no significa estar de acuerdo con las acciones que esa emoción impulsó a que se hagan. ¿Estas enojada porque no avisó que llegaba tarde? Ok, es válido tu sentir, pero cuando llegó ¿le gritaste de todo adelante de tus hijos? Eso estuvo mal, y no se puede justificar. No hay enojo que valga.
  • Un "time out" pactado. Si sienten que el calor se les sube a la cara y están por decir algo hiriente, mejor dar un paso al costado y decir: "ahora estoy muy enojado para hablar bien, prefiero que sigamos en media hora". Retirarse para calmarse no es huir, es cuidar: cuidarse a uno mismo (de cometer una equivocación), cuidar al otro (de que salga herido) y cuidar el vínculo entre ambos.
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Cambiar la forma en la que nos comunicamos no requiere grandes teorías, sino  pequeñas decisiones sostenidas.

Cambiar la forma en la que nos comunicamos no requiere grandes teorías, sino pequeñas decisiones sostenidas.

Eso sí: nada de esto elimina los conflictos

Las familias sanas discuten asiduamente, pero no se destruyen en el intento. Y eso sucede porque entienden que la comunicación no es solo un canal para expresar lo que pensamos, sino el espacio donde se construye -o se rompe- el vínculo. Si hay algo que vale la pena revisar en casa, no es tanto “de qué discutimos”, sino “cómo lo hacemos”. Porque ahí, en ese cómo, se juega casi todo. La familia es el único lugar donde deberíamos sentirnos seguros, incluso cuando no estamos de acuerdo. Aprender a discutir es, en el fondo, aprender a decir: "me importa más nuestra relación que tener la razón".

* Lic. Milagros Ramírez. cadafamiliaesunmundo.com

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