A 20 años del estallido: un pasado que se ancla al presente en cada esquina
Las secuencias aparecen vívidas en mi mente si intento volver la memoria veinte años. No solo porque es difícil borrar el agite que provocaba saber que en la puerta del supermercado más cercano a mi casa la tensión crecía y los vecinos estaban con miedo. “Parece que han saqueado los dos súper chiquitos de acá cerca porque no hay para comer. Mucha gente ha salido con cacerolas y tarros para hacer ruido y en Buenos Aires la cosa está terrible”, había escuchado el comentario por la mañana.
Hacía un tiempo que el único televisor que teníamos en casa se había roto. Y no había dinero para comprar uno ni para arreglar ese viejo Sony. Por eso, cada relato que íbamos escuchando de lo que sucedía en el país, era a través de una pequeña radiecito a pilas con forma de jabón que había en casa.
Que el presidente, en medio de los reclamos populares se tomó un helicóptero y salió de la Casa Rosada mientras gendarmería sacaba a la gente con golpes, balas de goma y gas pimienta. Que cinco personas fueron asesinadas ahí, en ese momento y en medio de un reclamo absolutamente genuino. Que en cada rincón del país el grito sonaba al unísono: "Que se vayan todos". El hambre, el desempleo y la imposibilidad de rescatar esos pocos ahorros logrados en toda una vida, marcaron el punto de quiebre.
El dolor y la impotencia por no poder avanzar a pesar de todos los esfuerzos generaron una bomba de ira social, mientras los capitales que había se fugaban en manos de grandes empresas. Todo, era captable desde esa pequeñez de radio que cada tanto perdía la señal.
Ese día no fui a la Facultad. También quedó suspendido el festejo de cumpleaños de mi mejor amiga, que casualmente, los cumple el 20 de diciembre. El saldo de personas asesinadas en pleno reclamo democrático, incluyendo a niños, trepó en cuestión de horas a 39. Una herida sin reparo ni consuelo alguno.

Las escenas no solo permanecen en el recuerdo de manera nítida por esa profunda crisis económica, social e institucional que tantas veces se aborda y analiza al hablar de historia Argentina reciente.
Desde hacía ya varios años, las necesidades materiales se habían vuelto cotidianas. Con la década del '90, años de ajustes, desempleo y privatizaciones, mi madre, mis ocho hermanos y yo pasábamos el día a día resolviendo la urgencia del hambre, creciendo entre el dolor de haber perdido a un padre que a causa de un derrame cerebral, no pudo sostener y ni ver crecer a sus nueve hijos. La conciencia de aprender a base de sacrificios, cada uno con la idea firme de estudiar, trabajar y colaborar en la economía familiar, nos hizo, quizás, pegar un salto de gracia hacia el puente que une la niñez con la adultez.
Pasaron los años; las políticas del gobierno de Carlos Menem (ajuste estructural, privatizaciones, “achique” del Estado en todas las áreas sociales y flexibilización laboral) habían llevado ya a millones al costado de la marginalidad; allí, donde el abandono tiene la cara de un niño mirando desde una acequia, con el vientre hinchado de aire y el pelo descolorido por la mala nutrición. La desocupación había hecho estragos en aquellos años de contar monedas y dividir el pan entre diez. Casi rozando el año 2000, la realidad no se había modificado demasiado; más bien, se complejizó. La buena noticia siempre venía de la mano de personas de buen corazón que deseaban ayudarnos. Distinto era el trato (o destrato) que el Estado tenía por entonces con las familias más desprotegidas, mientras que en los barrios, los gestos de ayuda mutua y trabajo colectivo iba ganado terreno.

Todavía siento el dolor en mi pie derecho de tanto recorrer las calles del centro con los clasificados del diario en la mano, la desazón al llegar a casa sin haber podido encontrar un trabajo estable y que me permitiera contar con un sueldo para ayudar a mi mamá y mis hermanos. Las posibilidades laborales para los jóvenes de Argentina sobre el final del siglo pasado eran precarizadas al extremo. Para postularse a atender, por ejemplo, una estación de servicio, se podía encontrar al menos 600 personas que eran entrevistadas en un lapso de al menos 12 horas de espera. Recuerdo la situación porque la viví. Eran solo cuatro vacantes y antes de pasar la etapa de la entrevista, era necesario asistir y aprobar un curso de atención al público y funcionamiento de las estaciones de servicios. Allí aprendí sobre “octanaje”, “packaging” y otros conceptos. Rendí sí, junto a decenas de personas. Aprobé. Pero la estación nunca abrió debido a la crisis general del país.
Miro al 2001 y recuerdo a mi hermana volviendo del trabajo con bonos para pagar la comida en algún almacén que los recibiera, a mi madre amasando y haciendo rendir cada ingrediente al máximo para que la olla alcanzara entre nueve. Nueve y no diez, porque ella misma no contaba su plato. “Me tomo un yerbeado y listo; no hay problema”, decía para que comiéramos. En el alma llevé el dolor por despedir a mi hermano (el mayor de los tres varones), que tomó un avión hacia un rumbo que tan solo con esfuerzo, amor y dedicación, logró establecer a miles de kilómetros de aquí.
Así como miles de familias; de padres, madres y hermanos que lloraron la partida de su ser querido que emigró. Así, como los millones de argentinos que sufrieron la crisis y con mil historias que hablan de resiliencia y solidaridad podrán decir que en el camino, algo aprendieron. Ya pasaron 20 años; por aquél entonces tenía 23. La historia, de alguna forma parece repetirse en manos de un país que no logró revertir aquél crudo remezón. Que aún extraña a aquellos que partieron, que llora infancias quebradas por el abandono. La historia cada tanto, se parece mucho al presente.


