"Una sonrisa en sus vidas oscuras": el deseo de Navidad que María tiene para sus 80 niños
María Britos tiene 50 años, vive con su esposo y sus dos hijas en el barrio Los Filtros, de la ciudad cordobesa La Calera. Desde muy joven trabajó cuidando a una abuela que estaba en silla de ruedas. Se le despertó, desde entonces, el impulso de “ver y actuar en favor del otro”, como dice ella misma. En aquella época le faltaron tres materias para recibirse de docente, pero 2021 fue su primer año como estudiante de Psicología.
Un momento crucial en la vida de María fue en 2007, cuando viajó a Brasil y conoció a Nuestra Señora de Aparecida, en Camboriú. En 2016 tuvo la oportunidad de ir al santuario de esa misma advocación en San Pablo, junto con toda su familia. Ver tanta riqueza en la basílica la llevó a cuestionárselo. Todavía en el santuario, María cuenta que “se me apareció y me dijo que ella era esa mujer negra que veía caminando y que era cada una de esas mujeres que estaba ahí”.
Con este encuentro grabado en su corazón, regresó a su barrio de La Calera y vio un terreno que desde hacía más de 20 años era un baldío. Limpiaron el espacio con Stella Maris González, una vecina con la que hasta entonces no tenía mucho vínculo. Juntas pidieron el lugar a la municipalidad para comenzar una obra y les dijeron que no. Decidieron juntar firmas y consiguieron, finalmente, que se donara el terreno a la iglesia, para trabajar articulando desde ahí.
Inspirada en aquel encuentro en Brasil, se inició, entonces, La Tacita de la Virgen. Comenzó con un grupo de mujeres rezando semanalmente con una imagen de la Aparecida. Había unas telas al principio, que hacían de carpa, mientras construían el salón. Se logró terminar a base de donaciones. “Estuvimos tres años al aire libre. Este es el primer año que podemos disfrutar del salón ya terminado, que solo le falta pintura y piso. Ya no nos afectan los vientos que más de una vez nos quebraron las carpas”, cuenta María.
Actualmente, hay 80 niñas y niños, de 2 a 14 años. En la carpa había biblioteca móvil, juegos, pintura, manualidades; actividades que se vieron suspendidas a causa de la pandemia. Sin embargo, sigue funcionando el ropero comunitario y los miércoles y viernes dan la leche con criollitos que niños y niñas se lleven a la casa. “Una sonrisa en sus vidas oscuras, que son difíciles en estos barrios. Tenemos la droga en la esquina de la casa y es una constante lucha”, dice María con gran dolor.
Junto con Margarita, Stella Maris y Belén (hija de Stella) mantuvieron en marcha el merendero durante la pandemia. Hicieron apoyo escolar y catequesis, además de preparar bolsones que llevaban a las casas de niños, niñas y abuelos a los que aún asisten. Les llevan alimento y medicación a quienes lo necesitan. “Te sentís retribuida con su amor; te abrazan y te acompañan a su modo”, es lo que mueve a estas mujeres y a todas las personas que colaboran en La Tacita de la Virgen.
Cada año, el 23 de diciembre, festejan las fiestas, haciendo regalos a quienes asisten al merendero. “A esta altura, todos los años teníamos juguetes y comida para celebrar la Navidad”, cuenta María, en contraposición con lo que está sucediendo actualmente. A pesar de que la fecha en que reparten las cajas navideñas y los regalos está muy cerca, María confía en su tocaya: “Todo lo podemos en María, ella nos va a cuidar, así como a nuestros hijos e hijas”. Y agrega que "siempre hay gente dispuesta a dar. Todavía hoy se siguen sumando".
Además de las mujeres que hacen funcionar el merendero, hay otras personas que colaboran con donaciones de leche larga vida (porque no tienen heladera), chocolate y criollitos para repartirles a las niñas y niños que se acercan. “Que La Tacita de la Virgen sea un lugar de luz, de crecimiento”, es el deseo de María y de quienes colaboran en el merendero.
Si querés conocer más sobre el proyecto o podés colaborar, comunícate con María a través de WhatsApp (+54 9 3515 165129) o del Facebook de La Tacita de la Virgen.

