Todo eso que nos pasó

Todo eso que nos pasó

El lugar y el momento menos pensado puede ser el inicio de algo que nos marcará en el futuro.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes tinafunes@gmail.com

La primera vez que lo vi no le presté demasiada atención, pensé que era alguien con quien coincidiría en espacio y tiempo, pero no me pareció que podríamos tener algo en común. Descarté de plano mentalmente, y en fracción de segundos, la posibilidad de entablar algún tipo de relación. Fue una de esas operaciones cognitivas que todos hacemos cotidianamente y ni siquiera nos confesamos a nosotros mismos. Era marzo de 1991, estaba empezando a cursar primer año de la carrera de Comunicación Social, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCuyo, y había un nuevo mundo por descubrir. 

La segunda vez que lo divisé seguía sin parecerme particularmente interesante. Ahí nos tocó la misma mesa de trabajo para Ideas Políticas y Sociales Americanas, una materia del primer cuatrimestre, y teníamos que interpretar un texto. Éramos varios, e hicimos ese trabajo sin demasiados sobresaltos. Al final todos quedaron en ir a tomar algo al terminar, y me sumé no demasiado convencida. Las conversaciones que se superponían entre el humo de los cigarrillos -cuando todavía nadie se horrorizaba de entrar a lugares donde no se veía bien a dos metros por la neblina del tabaco-. Desde una radio del bar Marta Sánchez no dejaba de gritar que estaba desesperada: -Así estoy yo. Desesperadaaaaaa. Porque nuestro amor. Es una esmeralda que un ladrón… robó. Desesperadaaaaa. Lo tomé como un indicador de que ya era momento de volver a mi casa.

No fue hasta la quinta vez en que coincidimos en el buffet de la Facultad en la que algo cambió en mi percepción. De pronto él era el protagonista de una discusión sobre la falsa dicotomía entre cine arte e industrias culturales. Parecía la disertación de un experto sobre aspectos estructurales, narrativos, de sintaxis de las películas. Con términos precisos y, sin dudas, explicaba conceptos como creación colectiva, producto de autor; diferenciaba director de productor y respondía con comodidad y soltura cuando le preguntaban quién de esos dos era el autor de una producción fílmica. Le empecé a prestar más atención; no había conocido a nadie que supiera tanto sobre cine: uno de mis intereses principales cuando elegí esa carrera que empezábamos a estudiar.

A partir de ese momento formamos parte de un mismo grupo de estudio que compartía objetivos y que buscaba transitar por las obligaciones curriculares a paso sostenido pero aprendiendo lo más que se pudiese en cada materia. Nos empezamos a juntar regularmente para terminar un trabajo, para estudiar, a veces a ver alguna película y discutirla. 

La simpatía creciente con él, la coincidencia en gustos cinematográficos -aunque no tanto en los musicales- dieron lugar a una amistad que se empezó a consolidar a medida que avanzaban las clases  y los trabajos prácticos. Al mismo tiempo se soldaban hábitos de estudio que logramos ensamblar a la perfección: ritmos de concentración coincidentes, horarios afines, nos complementábamos bien para resumir, establecer relaciones entre los textos. En el invierno preparamos y rendimos juntos en un mismo grupo la primera materia después de las vacaciones de invierno. 

Nos hicimos muy amigos, él me visitaba en mi trabajo -en un videoclub por aquellos meses-, o nos juntábamos a estudiar un rato en las mañanas que yo tenía libres, cursábamos todas las tardes y los fines de semana íbamos al cine o a bailar con ese grupo de compañeros que había crecido y que también integraban amigos de él de otras facultades. Pasaron semanas, meses, más de un año y, a medida que nos conocíamos mejor, fuimos también confidentes. 

Un día cualquiera, mientras leíamos y discutíamos el texto que seguía en el programa, de repente me resultó imposible concentrarme en otra cosa que no fuese el movimiento de sus labios y la forma de sus manos. Me negué a aceptar lo evidente por un tiempo, tenía miedo; pero sentía la mezcla de nuestros perfumes en el ambiente y ese aroma me confundía casi tanto como Alfred Sohn-Rethel, el filósofo que estudiábamos en Epistemología. 

Una noche de viernes en diciembre, de esas en las que cuesta respirar de calor, estábamos estudiando una de las materias más difíciles de la carrera en una casa de fin de semana. Nos rodeaba un grupo de amigos de distintas carreras que también se preparaban para rendir en el último turno de ese año. De un momento a otro, todos a nuestro alrededor dormían y sólo se sentían los sapos que cantaban en el jardín, cerca de un tanque australiano que se usaba para regar y como pileta. Fue ahí cuando resultó evidente que eso que me pasaba a mí era recíproco y le hicimos frente a una realidad que era inevitable. Al día siguiente yo estaba enferma, tenía fiebre y sentía que mi cuerpo había decidido que a partir de ese momento iba a tomar el control de la situación. 

Ninguno de los dos pudo, esos primeros días, ponerle un nombre a lo que vivíamos. Estábamos en plena época de exámenes y teníamos que rendir al menos una materia. La que estudiábamos era compleja -Semiótica- y nos gustaba tanto como su profesora titular; una de las mentes más brillantes que he conocido. Nos enseñó todo lo que sabía sobre las asignaturas que dictaba, y también sobre compromiso y entrega absoluta a su trabajo. Más adelante se convirtió en nuestra mentora, nos invitó a investigar con ella, fuimos amigas y fue testigo de toda nuestra relación. 

Nos llevó un par de meses decidirnos a dar un paso más y admitir ante los demás que éramos una pareja. Teníamos miedo de que no funcionara el noviazgo y en el proceso perder también esa amistad a la que nos aferrábamos y que nos daba terror destruir. El primer conflicto apareció cuando decidimos que para preservar la relación debíamos estudiar separados. No queríamos que, pasar tanto tiempo juntos, nos llevara a desencuentros que pusieran en riesgo ese camino que empezábamos a recorrer como pareja. Preparamos y rendimos dos materias con otra gente, pero fue realmente imposible encontrar compañeros de estudio con los que lográsemos coordinar momentos de concentración y de distensión, y decidimos que con nadie estaríamos mejor que entre nosotros. Así lo hicimos con el resto de la carrera y nos recibimos juntos, el mismo día, cuando defendimos nuestras dos tesis de licenciatura por separado, pero con el mismo tribunal y con la misma directora de tesis: nuestra profesora, jefa, mentora, amiga.

Hoy no entiendo cómo fue posible que me resultara indiferente cuando lo conocí. Me sorprende no haber sido capaz de ver su característica sonrisa de sus dientes blancos, parejos y grandes que lo emparenta con el personaje de los caramelos y confites Sugus que comprábamos juntos en el cine. No me explico no haber descubierto instantáneamente su refinado y agudo sentido del humor, esos chistes rápidos y certeros que deja caer en el momento justo y que incluso hoy nadie festeja tanto como yo. No entiendo cómo no me hipnotizaron esas larguísimas pestañas que enmarcan sus inteligentes y brillantes ojos marrones que me miran cómplices desde hace décadas.

No lo entiendo y no me lo explico, pero agradezco esa paciencia que tuvimos los dos para esperar que llegara nuestro momento. Agradezco la manera en la que sabe, mejor y antes que yo misma, por qué me siento cómo me siento; agradezco y confío en que sabe cuándo y cómo se me va a pasar cuando no estoy bien y que me espere hasta que eso ocurra. 

Tengo la seguridad de que aunque no siempre coincidamos en los detalles superficiales estamos de acuerdo en lo importante. Me tranquiliza saber que aunque nos cueste decidir qué queremos por separado seamos capaces de definir en segundos, y sin hablar, hacia dónde vamos cuando estamos juntos, porque entendemos la realidad de la misma manera.

Ya transcurrieron treinta años desde aquella primera vez que lo vi. Estudiamos toda una carrera universitaria juntos, fuimos mejores amigos, confidentes, nos enamoramos, nos casamos, tuvimos una hija, compartimos infinidad de momentos felices, atravesamos problemas, superamos crisis, tristezas y adversidades diversas. Todos los días, cuando suena el despertador, abro los ojos y lo veo a mi lado lo vuelvo a elegir, y sé que podría vivir todo eso que nos pasó de nuevo si estamos juntos.

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