La primera profesora de inglés

La primera profesora de inglés

Hay docentes que marcan la vida, que hacen accesibles contenidos complejos. El recuerdo de la primera aproximación a otro idioma y una teacher que sabía mucho más que inglés.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes tinafunes@gmail.com

Siempre he pensado que es muy importante entender para qué usamos las redes sociales, qué tipo de consumo hacemos de la televisión, el cine, la música o la literatura. La clave, creo, es conocer nuestro objetivo, ser conscientes de qué buscamos, qué sacamos de eso, cuál es el placer asociado a la manera en la que consumimos. A propósito de Facebook tuve una experiencia que reafirmó esta idea. 

Consultaba un poco distraída las notificaciones en mi teléfono -cosa que debo hacer también por trabajo- cuando vi un mensaje dirigido a mí, no a las redes sociales que administro para otros. En un primer momento me costó juntar la cara y el nombre con mi recuerdo. Pero ahí estaba, intacta en mi memoria, la primera profesora de inglés que tuve en la vida. Es la única que recuerdo de la infancia: la adoraba. Es, sin dudas, la responsable directa de que a mí siempre me haya gustado aprender inglés. Y rememoré esa mezcla de cariño y admiración en una fracción de segundos, a pesar de que han pasado más de cuarenta años desde que fue mi teacher.

En su mensaje ella me saludaba, se presentaba -porque seguramente imaginaba que yo no la iba a recordar-, y con su bonhomía de siempre me decía que esperaba que estuviera muy bien y fuera muy feliz. Apenas terminé de leer... la emoción, todo ese afecto, y la fe en la humanidad, se apoderaron completamente de mí. Se me trababan los dedos para tratar de escribir rápido y expresar todo eso junto con una síntesis de quién soy y qué hago desde que dejé de ser la tímida nena de seis años que ella conoció.

Ella era -y todavía es hoy- uno de esos seres maravillosos que lograba que las clases de inglés fueran divertidas para una niñita que iba a aprender porque la mandaban. A su manera su figura era imponente: inspiraba una mezcla de respeto y ganas de abrazarla. Tenía un largo pelo azabache un poco ondulado y una expresión en su cara que combinaba la seriedad necesaria que debe transmitir un buen profesional con esas sonrisas indispensables para generar complicidad con sus estudiantes. Con una voz cálida nos invitaba a cantar y nos convencía que era posible entretenerse haciendo eso con palabras que sonaban muy diferentes a las que estábamos acostumbrados a pronunciar.

Las dos veces por semana que caminaba las cinco cuadras que separaban mi casa del Instituto Cultural, donde aprendía ese idioma, eran un momento muy esperado. Y curiosamente así fue desde el primer día de clases. Recuerdo ese recorrido como un paseo en el que necesariamente debía rodear una de las plazas cercanas a mi casa. En la cuadra que caminaba frente a la Plaza Chile los ojos se me desviaban hacia los juegos infantiles y una fuente donde tirábamos monedas con los primos de mi Tribu. Sin embargo, curiosamente, prefería ir a divertirme a la clase.

Mi timidez constitucional siempre me ponía en alerta ante una actividad nueva llena de desconocidos. Me daba una mezcla de miedo y vergüenza incluso saludar, y el primer impulso era no querer ir. Sin embargo, y contra todo pronóstico, ella transformaba una operación compleja -como es el aprendizaje de una segunda lengua- en algo sencillo.

Gracias a ella mi primer contacto con el idioma más hablado del mundo fue placentero, entretenido, fácil y hasta intrigante. Había cuentos, historias, canciones que conocer, y juegos para jugar. Y el incentivo adicional para querer pasar esas dos siestas por semana con nuevos sustantivos y verbos era el maní japonés, que yo descubrí ahí, y que comprábamos puntualmente en el quiosco de ese Instituto. La cubierta dura y crocante, dulce pero un poco ácida que encierra esa pelotita irregular, era el empujón extra que nos motivaba todavía más.

Después de ella tuve más de una decena de english teachers. Y al menos cuatro fueron inolvidables, con sus características y la particular relación que entablaron conmigo, dejaron su marca para siempre en mi memoria. Ellas, con su amor por lo que enseñaban, me hicieron adorar esa sonoridad distinta de la fonética sajona que hoy, gracias al cine, la música y las series es casi tan familiar como la del castellano. Consiguieron que buscar la entonación adecuada de una frase, o la construcción sintáctica ideal, fuese un desafío que, lejos de desanimarme, me incentivaba. Me divertía razonar sobre la manera en la que las palabras se unen en frases y se combinan y contracturan en un idioma diferente.

Nunca sentí que el aprendizaje de todas esas particularidades fuera una imposición o algo forzado. “Tienen que aprender a no traducir, a pensar en inglés, repetían las profes”. Y resultó que después de cerca de diez años de clases, y algo así como trescientas mil horas de cine en idioma original me descubrí, sin querer, escuchando y pensando en ese idioma.

A todas ellas les agradezco infinitamente que me introdujeran a la cultura inglesa que tiene ese particular y fino humor que adoro; que me hayan hecho analizar la letra de canciones inolvidables y significativas, y que se divirtieran tanto conmigo como yo con ellas. Siempre tuvimos ese no sé qué difícil de describir que a veces denominamos buena onda.

De aquella primera que me reconoció y me saludó gracias a Facebook debo decir que era una extraordinaria profesora; hoy lo veo aún más claro que en 1978. No sólo porque logró que la fonética y esa gramática tan diferentes a las nuestras me resultan cercanas y placenteras a los seis años, sino porque después de mucho tiempo fue capaz de recordar y reconocer, en esta que soy hoy, a esa nena flacucha que tuvo como alumna. Y me saludó con cariño y buenos deseos de bienestar y felicidad, como en un martes o un jueves de la clase de la siesta de hace cuarenta y cuatro años.
 

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