Al cabo que ni quería

Al cabo que ni quería

El escritor Leandro Hidalgo nos deja una imperdible columna inspirada en la gran serie mexicana, inolvidable para varias generaciones. Un homenaje a uno de los productos culturales audiovisuales más altos de la historia de la televisión latinoamericana.

MDZ Sociedad

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Yo vi cientos de veces, miles de veces, como muchos latinoamericanos, los capítulos completos, por la mitad, fragmentados, en silencio, la última parte, de fondo, de costado, con el protagonista más viejo, con Don Ramón en camiseta amarilla, con Ñoño con distintos trajes, con el libreto apenas transfigurado, repitiendo los clichés sobre los distintos personajes.

Los puntos más altos del éxito del Chavo hay que buscarlos en la composición y faro de nuestra memoria, en los ratones invisibles que custodian la infancia, y en los ratones invisibles que a los adultos entrenados, también siguen acompañando. Yo prefiero escribir eclipsado sobre el Chavo, con otros autores ya puestos sobre mis dedos, y machacar este teclado con una colección de muñecos de fondo sobre los estantes, mezclados con libros de teoría, de literatura, y otra vez un Chavo, un Chapulín, una Popis recién comprada. 

Creo en el corazón gigante en medio del torso, en la ce hache amarilla, en las antenas que detectan. Creo en esa cosa fugaz que de pronto, como el programa, puede durar mucho más que una década. 

Caigo en la cuenta que uno de los grandes fundamentos, es el patio. Es el portón que divide la vereda generalmente transitada, citadina, del adentro, del que se puede estar a salvo del tumulto. Me parece que la identificación funciona en las ganas, y quizá en la posibilidad real de estar en el patio de la vecindad. Poder entrar. Al ver, estar. Al ver, entrar allí y permanecer.  Esa posibilidad remota que ofrece casi la magia. Cuando a los niños se nos habilita un lugar para jugar, donde se puede mojar, donde se puede correr, jugar con los palos, las escobas, la pelota, ese espacio se transforma en “el lugar”.

Me focalizo en esa zona del show porque el patio me parece fundamental como espacio, como desarrollo del juego y de la vida, como piso de la tensión, de los vínculos, de la amistad, de la vida que ocurre sin otra plataforma más que “el lugar”, que un pequeño sitio donde ocurre lo fortuito, el mordiscón eterno que es la vida en la niñez, el modo de ser más o menos característicos de todas las ciudades latinas, el trazado de los personajes adultos, bien caricaturizados, bien estereotipados, bien exagerados. Pero al fin, resulta, porque todos vivimos en un espacio. Por eso hago fuerza allí.

Todos tuvimos un lugar, un barrio, en pedazo de habitación, una galería, un baldío, una escena geográfica que podemos recortar de la añoranza. De todo lo bueno y malo que nos pasó allí o que fuimos llevando. Ese recorte es real. Está inscripto en cualquier psiquis. Esa foto se superpone con la imagen de la vecindad cuando aparece. Incluso sola. Incluso a mitad apagada, como pocas veces se vio. Pero ocurre. Una luz cenital sobre el barril, apenas iluminada la escalera de la izquierda, el piso marmolado, que también va mutando con los cambios escenográficos, las flores, floreros, la soga de colgar la ropa atravesando el espacio, la lavandería donde llenaban las “cubetas”, los calefones o lo que quiera que todo eso haya sido, la pajarera sin pájaro, la escoba, las lombrices, la casa de Jaimito, todo quedaba sellado, todo estaba de acuerdo o esparcido en el mapa de creer y nada más que eso. O el cielo, que jamás se vio. Cómo era. Parecía siempre de día. Pocas veces fue de noche, cuando el Chavo dormía afuera esperando el desayuno, cuando los fantasmas, y qué tranquilidad daba saber que todo era real. Eso es la infancia. Cuando el Chavo se va hacia arriba tomado de un conjunto de globos de gas, se va, entonces no había techo, deducciones que se hacían al calor de una ficción real. Qué paz se tiene cuando se sabe que es cierto, que no hay engaño, que si te agarrás fuerte de un conjunto de globos de gas, te vas al cielo, que si te ponés un repasador en los hombros, te podés tirar desde el techo. La niñez es eso, corroborar que la magia está intacta.

Todos los hechizos, o todos los encantos se confirman, y eso ansía la niñez. 

Hacerla que aun persista se parece, aunque no es. Más bien son los ratones sobreviviendo, no tanto nosotros, si no la locura de las alcantarillas y las Tortugas Ninjas, es Mazinger Z disparando desde los brazos una turbulencia, es el poder que al fin se tenía, cuando He-Man lo anunciaba desde la entrada del Grayskull. Ese es el poder que necesitamos los niños al jugar, y al desobedecer el otro poder, el de los grandes. Y en paralelo, ese es el poder de representación que ofrece el patio, el de adelante.

En un texto de Giorgio Agamben, del libro “Profanaciones” (2005), Agamben dice que Walter Benjamin dijo (que me diga a mí), que la primera experiencia que el niño tiene del mundo no es que los adultos son más fuertes, sino su incapacidad de hacer magia, que es probable que la invencible tristeza en la cual se sumergen cada tanto los niños provenga precisamente de esta conciencia de no ser capaces de hacer magia, que aquello que podemos alcanzar a través de nuestros méritos no puede hacernos verdaderamente felices. Sólo la magia puede hacerlo. Esto es lo que estaba buscando. Esa combinación de alquimia y entretenimiento que nos brinda el espacio de la vecindad, lo que allí sucede. Sobrevive la explicación entonces en el espacio de lo que se siente y está oculto, en el misterio del pasillo que conduce al patio de atrás, o a la pregunta de cómo será en verdad la cocina de Doña Clotilde, la de Don Ramón, o la casa del Chavo. Esos minúsculos recovecos del encanto, de lo incierto, de la magia.

El pasillo que conduce al otro patio, pocas veces visto, es apenas un refilón que dan ganas de pausar pero no se puede, porque no se podía hacer eso en la tele, porque el tiempo que desapareció, es el tiempo sin rebobinado, sin rewind, sin ffwd, sin zoom, sin HD. Y entonces ese preciso instante del pasaje, es efímero, y de tan efímero es fascinante, aparece encantado, como una bandera ondulante que el viento movió esa vez que la estábamos viendo. Y entonces la explicación, si es que entra una palabra tan cruda y desanimada, está en el ahora, que compara, que vivifica, que todo volvió live, que todo recortó, pegó y aumentó, que todo detuvo cuando quiso, y con los dedos lo agrandó. Y eso no es la magia. Eso no prestidigita.

Hoy aquel patio no podría funcionar del todo como espacio, porque lo que resulta con la ilusión del Chavo del ocho es la memoria borrosa que nos ofrece un período. Hoy están los capítulos en youtube y se pueden ver mil veces, seguir páginas que muestran fotos de los espacios, de la fuente de atrás, del auto color beige del Señor Barriga detenido en la vereda, de la habitación de la Chilindrina cuando se enfermó, de la habitación de Ñoño y de todos los juguetes que allí había. Son partes detenidas, instagrameadas, incluso el pasillo. Pero así solas no funcionan, si no conectan con la presencia de una brujería, de un aroma esparcido y extraño que vivifique los elementos, si no intersectan con lo irrecuperable, con el deseo y el ansia de reunirlo todo uno mismo, como en una colección, los momentos y los lugares.

Los televidentes hablaron de humor sano, de humor familiar, de bondad. Todos argumentos moralistas y contradictorios. Siempre se busca una justificación de la nostalgia. Porque hacemos peripecias para justificar lo que está roto, lo que no se entiende del todo. Lo mismo con los detractores y sus argumentos sacados del siglo XXI, haciéndolos encajar a la fuerza cuando el show del programa entra por el portón de la vecindad y el progresismo lo recibe con un golpe. No se toma en cuenta el fármaco natural de lo que pasó o de lo que pasaba mientras era apenas una duración, ni atrás ni adelante, y ese y solo ese, era el tiempo.

En el ensayo citado de Giorgio Agamben dice que el vínculo que mantiene unido la magia y la felicidad puede dar testimonio de una ética superior, y se evidencia en la antigua máxima según la cual quien se da cuenta que está siendo feliz, inmediatamente ya está dejando de serlo. Eso pasa con la crítica. Eso pasa con los adultos que se formaron y ahora escriben sobre el show del Chavo del 8 o sobre cualquier otra cosa. Eso pasa con los que tienen la opinión infeliz. Serán la peor Bruja, la más real, el peor Chavo, el más viejo cayendo en el líquido de yeso y luego confundiéndola con leche de cabra, serán el Quico doloroso fuera del programa, será el debate millonario y las disputas, serán Los Beatles luchando contra ellos mismos cuando lo indescriptible quedó atrás.

Reconozco que escribo con mi bagaje de hace como treinta años. Con esa armadura me dejo deslizar.

Cuando veo mi colección de muñecos, si les respiro adelante, si los limpio con un trapo húmedo, si los coloco de una forma nueva en el estante, aparece como un asomo, apenas como un tintinear de un tiempo que se congela e inmediatamente desparece, y es la imposibilidad de retenerlo.

Aquel, el del patio de la vecindad, el del Chavo apareciendo como equilibrista con el palo de escoba, aquel de Don Ramón vendiendo los churros que hiciera Doña Florinda, aquel del Chavo aprendiz de boxeador, eran tiempo verdaderamente narrativos, eran tiempos significantes, que significaban porque pasaban como un tren, y se veía por las ventanillas la vida, el chiste, la amistad, por la ventanilla el movimiento, como las vaquitas en los campos, que no habremos de volver a ver, aunque viajemos mil veces por allí, nunca confirmaremos que son las mismas, siempre serán otras, las vacas y los caballos. Ese tiempo narrativo de sustancioso, estaba lleno de signos, de pasajes, de rugosidades.

A diferencia de ahora, en el que se escribe este o cientos de miles de otros relatos mejores y peores, este tiempo que va de un punto a otro a toda velocidad y que no transita la trama de un proceso, sino que viaja por el espacio a los destinos finales. Y las valijas, el boleto sacado, el preparado, el aeropuerto, el camino, no son dignos de ser narrados, porque ya no cuentan, ya no significan para la selfie, para mostrar el punto al que he llegado.

Esto en el show del Chavo está construido desde los nudos y desde un tiempo que presionaba sobre el camino, pero que a la vez, no lo detenía para poder ser examinado con la imprudencia de lo pornográfico. Ese tiempo, sumado a la magia de la que hablaba Walter Benjamin, forman el tándem.

Nos hicimos grandes y quitamos las máscaras. Nos pareció fascinante. Somos desenmascaradores. Y fue como un orgullo. Y cada vez que lo hacíamos (o lo hacemos, porque casi siempre es posible), nos queda un gesto más triste que el anterior. Y así seguimos, quitando velos, y nuestra mueca es cada vez peor, debajo del disfraz del inmigrante que ahora somos dentro de nosotros.

Todo lo  tapado, lo oculto, era verdadero con el traje puesto, estaba hechizado, estaba mágico. Eso descubrimos. Pero ya era tarde. 

Leandro Hidalgo

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