Mendocinos: La pandemia y los efectos psicológicos del desempleo

Mendocinos: La pandemia y los efectos psicológicos del desempleo

¿Qué pasará con las personas que perderán su puesto de trabajo? Lamentablemente, los números siempre son fríos y no hablan de emoción.

Cecilia Ortiz

Un hombre acaba de conseguir trabajo colocando carteles, para ello, tuvo que adquirir una vieja bicicleta. Tiene esposa y dos pequeños hijos que mantener. En su primer día, le roban el rodado. Con la desesperación azotándole la nuca, inicia junto a su pequeño una búsqueda impulsiva.

No, no es la crónica de un asalto de ayer. Es un brevísimo resumen de “ladrón de bicicletas”, película dirigida por Vittorio de Sica.

La pobreza, las caras cargadas de angustia, las miradas inquisitorias del hijo y agobiadas del padre, sumergen en una atmósfera de impotencia y desigualdad.

En realidad, la bicicleta es una metáfora. Lo que ella representa es la motivación principal de la búsqueda: un lugar de pertenencia en la trama de una sociedad que incluye si vestís el traje que te propone y te margina si no podés hacerlo.

Desde chicos la cultura y la sociedad nos enseñan (por lo menos a cierto porcentaje) a través de la familia, su principal vocero, el valor del trabajo como medio para satisfacer necesidades básicas, para lograr autorrealización y un camino sensato hacia un estilo de vida digno. A través del trabajo, además, uno representa un rol que aporta identidad: vos SOS enfermero (a), mecánico (a), etc.

Podríamos agregar, de esta manera, que el empleo tiene dos vertientes: una, la económica (el sueldo), la otra, una función social, que es posicionar al sujeto en una red de relaciones con un lugar definido dentro de la estructura social. Uno comparte experiencias y objetivos con compañeros.

Además, a través de nuestra actividad laboral cumplimos expectativas personales y familiares.

¿Entonces? ¿Qué pasa si no podés SER porque perdés tu trabajo? ¿Dejás de existir para esa masa indiferenciada y demandante? Busquemos frenéticamente esa bicicleta, no vaya a ser cosa…

La bendita pandemia tiene en jaque a la humanidad. Salud, economía, miles de puestos de trabajo y el futuro penden de desgastados hilos.

La OIT (Organización Internacional del Trabajo) ha identificado los sectores que terriblemente parirán la mayor cantidad de desempleados:

- Sector hotelero y de alimentación

- Sector inmobiliario

- Fábricas, comercios, servicios de reparación

- Áreas de negocios y sector artístico

En Argentina, según el mismo organismo, el 41,8 % de la población trabajadora estará en riesgo. Un número alarmante y angustiante.

Para hablar de las consecuencias psicológicas del desempleo no podemos perder de vista una confluencia de factores. Por un lado, el evento en sí mismo. La pérdida de trabajo implica una situación de estrés, porque, objetivamente, se pierde una fuente de ingresos económicos que, en mayor o menor grado, requerirá de una replanificación de recursos, prioridades, costumbres, etc. El grado de previsibilidad también influye. El “ver venir la situación” da tiempo a prepararse. Cuando el desempleo es inesperado genera un impacto emocional que posterga la posibilidad de tomar decisiones acertadas.

Luego, el factor personal. La edad, el sexo, las personas a cargo, el contar con otros ingresos, son antecedentes que tienen peso específico. Otras variables individuo-dependientes son la valoración cognitiva de la situación y los recursos psicológicos. El grado de control que cada uno sienta sobre el nuevo escenario, la capacidad de sobreponerse a pensamientos negativos y catastróficos, y la posibilidad de buscar apoyo en el contexto inmediato serán de suma importancia para no estancarse emocionalmente y buscar vías alternativas para superar el mal trago.

Finalmente, el nivel socioeconómico y la red de apoyo familiar y social podrán colaborar amortiguando el impacto de la situación de inestabilidad.

Podemos decir que, en términos generales, el desempleo genera angustia, no sólo por la pérdida de seguridad económica, sino también por la limitación de vínculos laborales, por la pérdida del lugar en el tejido social y por el daño a la identidad. Es por esto que esperamos que la salud mental se vea afectada.

Entonces, pueden aparecer en escena:

- Disminución de la autoestima

- Sentimientos de vergüenza y culpa

- Ansiedad

- Miedos

- Irritabilidad

- Cólera

- Tristeza

- Apatía

- Trastornos de sueño y/o apetito

- Abuso de sustancias

Sentimientos que aumentan la probabilidad de desarrollar depresión y trastornos de ansiedad, que, sumados a la sensación de desvalorización, conducirán a resquebrajar vínculos, comprometiendo el uso de habilidades sociales. Así, la persona busca “retraerse” y confinarse en su dolor.

En un estudio realizado por Fleming, Baum, Reddy y Gatchel (1984), se concluyó que si la persona tiende a enfrentar pasivamente la situación, con predominio de pensamientos autoevaluadores negativos, escasa expresión emocional y lábil apoyo familiar y social, aumenta la probabilidad de desarrollar, concomitantemente, enfermedades psicosomáticas y autoinmunes.

Otras investigaciones señalan altos índices de depresión en cabezas de hogar que pierden su trabajo. Factores como existencia de otros ingresos, inseguridad, condiciones de la vivienda, grado de discriminación, pueden potenciar o no las alteraciones psicológicas.

No hay posibilidad de repensar desde otro lugar las primeras consecuencias psicológicas del despido laboral. La emocionalidad invade, desespera, enceguece. Las consideraciones prospectivas no parecen ayudar demasiado desde la coyuntura socio-económico-política actual.

En un diálogo profundo e intimista, razón y emoción deberán evaluar la situación presente, considerar diferentes vías de acción, arribar a un acuerdo y buscar una salida creativa. Desde ya, contando con un adecuado soporte social y familiar.

Desafortunadamente, será una dura realidad que nos toque enfrentar. Lamentablemente, no podemos prevenirlo, pero sí, como sociedad, tenemos la tarea humana de prepararnos ¿cómo?, estando atentos, fortaleciendo vínculos, adoptando una mirada compasiva y, sobre todo, con los brazos extendidos y las manos abiertas.

Lic. Cecilia C. Ortiz / Neuropsicóloga / licceciortizm@gmail.com 

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