Rugbiers asesinos: El cerebro mata por (dis)placer
Yo trabajo con personas cuyos cerebros están dañados y sus funciones cognitivas afectadas. Ramiro es un chico de 24 años. Hace años él y su familia vinieron de Bolivia. Su mamá trabaja vendiendo en la explanada del hospital Notti. Sus hermanos, en la construcción. Él, el más chico, decidió estudiar. Entre todos le costean la carrera de analista en sistemas en una universidad privada. Ramiro solía ayudar a su mamá a vender por las mañanas, a la siesta corría y luego iba a cursar. Su rutina era sagrada para él. Hasta que un día, un conductor “distraído” la interrumpió sin permiso. Ramiro corría como siempre, y ya no recuerda nada más. Le contaron que “no lo vieron” y un auto lo atropelló. Su cabeza golpeó fuertemente y su cuerpo sufrió varias quebraduras. Se fueron sucediendo días de inconciencia, de terapia intensiva, de dolores.
Hoy Ramiro lucha intensamente con su problema de memoria. Le cuesta recordar lo que estudia. Mucho. Por momentos puede abrirse y manifestar la bronca que siente por quien casi le arrebató la vida. Pero ha podido canalizar esa emoción y sublimarla en una sola meta: recibirse para que su mamá no trabaje más y para devolverles a sus hermanos lo que han hecho por él.
En el preludio del juicio del crimen de Villa Gesell, surge la figura legal de “homicidio por placer”, que alude a quien mata por el gusto de matar y que prevé una condena de prisión perpetua. Y, cabe la pregunta, ¿podemos matar por placer?
Nuestro cerebro ha evolucionado y nos ha diferenciado del resto de los animales. Lo ha garantizado el desarrollo del lóbulo frontal, que, además de su función ejecutiva, tiene en su haber la tarea de inhibir conductas socialmente no aceptadas. Es el encargado de posponer la acción ante el pensamiento racional, de postergar conductas no adaptativas para el momento y de garantizar, de esta manera, vínculos satisfactorios entre los individuos de la especie.
¿Qué mecanismo hace que, aun registrando que un congénere está sufriendo, que no ofrece resistencia ni implica peligro, los mecanismos inhibitorios no se disparen y el instinto agresivo surja puro, indomable, insaciable?
El genial, un poco utópico, filósofo Kant sostenía que era evidente que “un ser dotado de razón no puede querer hacer daño a otro ser de la misma especie”. Pensamiento paradojal, pero que intenta ordenar un sistema.
Ubicado en un paradigma más biologista, Konrad Lorenz, etólogo suizo, escribió en 1963, “Sobre la agresión”, con la finalidad de explicar la conducta agresiva desde su vertiente heredada del linaje animal. “El comportamiento social del hombre, lejos de estar dictado únicamente por la razón y las tradiciones de su cultura, ha de someterse a todas las leyes que rigen el comportamiento filogenético”, sentencia.
Y resulta que dentro del reino animal la agresión es una respuesta instintiva a la señal de peligro. Un animal percibe un peligro y se prepara para atacar y salvarse. Dentro de este reino, Lorenz acota que prima la agresión interespecífica, es decir, para con otras especies. La agresión intraespecífica en el animal se acota a conductas vinculadas con la protección del territorio, de las hembras y de la cría.
A medida que fuimos evolucionando y viviendo en comunidades, se desarrollaron creencias, ideologías, mandatos, tendientes a canalizar los instintos incompatibles con la vida social, como robar, mentir, matar.
La cultura le da un sostén simbólico al instinto puro. Este sostén simbólico hace que, cuando percibo que estoy poniendo en peligro a un semejante en mi cerebro se prenda una alarma que grite “pará! Hasta acá llegas!”
Porque la agresión intraespecífica, la que pone en peligro a los de mi misma especie, me pone en peligro a mí también y a mi descendencia y a la especie humana.
Ya en la década de 60 Lorenz alertaba sobre esto: “la agresión dentro de la especie es el más grave de todos los peligros”.
Yo expuse el caso de Ramiro, porque, seguramente como el de muchos otros, nos demuestra que cuando hay ideales, sueños, metas, algo por lo cual luchar, y ese espacio, además, está sostenido por un núcleo familiar que sujeta, que sostiene con la mirada, que está atento y por una sociedad que da cabida, el instinto agresivo se adhiere a un símbolo y circula, y no agrede, y no mata.
Cuando el cerebro sufre el displacer de no disponer de contención, de carecer de un límite que ancle desde el amor, que sujete las emociones, entonces la agresión circula sin tapujos, los controles inhibitorios se ponen laxos y, la vida pierde su valor, y todo es posible, y matar es un galardón más para ofrecerle a este grupo que presencia pasmado y demostrarle cuan macho soy.
El que mata, da señales desde mucho antes. No tuvo un sostén en el cual refugiarse. Entonces mata por (dis)placer. Y no es una contradicción, son las dos caras de una moneda que nos va a costar caro. La agresión entre nosotros es una selección perjudicial. Deberemos cuestionarnos qué valores estamos sosteniendo, qué símbolos estamos ofreciendo y para dónde estamos eligiendo mirar.
Lic. Cecilia C. Ortiz / Neuropsicóloga / [email protected]

