¿Dónde encuentro mi equilibrio?

¿Dónde encuentro mi equilibrio?

No debemos buscar respuestas únicas, ya que no existen fórmulas mágicas para el equilibrio. No existe un punto medio ideal, porque la realidad del universo nos muestra constantemente su dualidad. Por cada aspecto positivo que se percibe y disfruta, hay otro negativo para equilibrar la balanza. 

Es por esta razón que los momentos de incertidumbre o desequilibrio interno nunca deben ser considerados como algo negativo.

Todo lo contrario, son buenos y necesarios, ya que el equilibrio no es solo el logro de la armonía entre la razón y la pasión, sino que es parte de un camino interno de autoconocimiento que se produce cuando la vida nos va poniendo en situaciones que nos hacen movernos de nuestro centro hacia un lado y otro, porque en ese movimiento oscilante es donde descubrimos nuestra propia “búsqueda de equilibrio” como forma de crecimiento, y no como un sufrimiento más.

Será malo, en cambio, si se transforma en una situación estática y duradera ya que, si así sucede, lejos de beneficiarnos nos perjudicará.

Así es como muchas veces buscaremos el desequilibrio en forma intencional, para emerger luego más sabios. Porque si estamos más cerca de nuestro centro, lo que Jung llamaba el “sí mismo”, los momentos de desequilibrio serán una oportunidad para nuestro crecimiento. Por ello, para Perls, el creador de la psicoterapia gestáltica, la persona está buscando continuamente el desequilibrio, como forma de crecer y de conocerse a sí misma.

¿Existe una fórmula única para alcanzar el equilibrio?

Buscar fórmulas para esta pregunta hoy resulta inconveniente. Por cada aspecto positivo que se percibe y disfruta, hay otro negativo para equilibrar la balanza. Sobre esta dualidad y coincidencia de los opuestos, Heráclito escribió: “La enfermedad hace que la salud resulte buena y agradable”; lo que podría muy bien haber sido pensado por Lao Tse, quien consideraba que lo difícil y lo fácil se definen mutuamente.

Tanto los pensadores de la antigua Grecia como los de la antigua China sostenían como concepto central la interconexión de los opuestos, y su mutua dependencia y complemento. No existe el blanco o el negro absolutos, nada es bueno o malo por sí mismo. Este es uno de los conceptos del equilibrio: la dualidad.

El motivo por el que algunas personas olvidan este principio de dualidad es el afán de encontrar fuentes de satisfacción fuera de sí mismas. Desean creer que ese nuevo trabajo, ese flamante coche o la casa de ensueño que se están construyendo les va a dar la felicidad. Después, a medida que van descubriendo aspectos desagradables del trabajo, del coche o de la casa, se sienten decepcionadas.

Cualquier situación de la que no logremos ver los dos lados nos gobernará la vida. Cuando solo vemos lo bueno, nuestra percepción está sesgada, desequilibrada. En cambio, cuando la vemos en su totalidad, es decir con las cosas que nos gustan y las que no nos gustan, tenemos más posibilidades de experimentar una relación en verdad satisfactoria.

Muchas veces, el hecho de no poder ver colmadas nuestras expectativas nos produce un amargo resentimiento, sin advertir que este se debe a nuestros propios juicios erróneos y a nuestro desequilibrado razonamiento sobre las cosas sin adecuación a la dualidad. Por todo ello, debemos entender que este principio de dualidad es la esencia misma de un pensamiento equilibrado.

Por Alfredo Diez, escritor, conferenciante y consultor de empresas / Instagram: alfredo10coach

¿Querés recibir notificaciones de alertas?