ver más

El antiguo reloj de la Plaza San Martín: de la melodía al silencio

Cuando todavía se llamaba plaza Cobo, albergaba un imponente reloj de torre que se convirtió en una las principales atracciones de la pujante Mendoza del siglo XIX.

En la entonces Plaza Cobo (o Cobos), actual Plaza San Martín, existió un imponente reloj cobijado sobre una monumental torre que, desde el centro del mencionado espacio verde, supo custodiar el andar del tiempo en la ciudad, un símbolo que enorgullecía a la sociedad mendocina de fines del siglo XIX. Pero el emplazamiento de un nuevo e icónico monumento obligó su desmantelamiento, y siguió un tortuoso derrotero con luces y sombras que acabó en la quietud y el olvido.

Tras el terremoto de 1861 y la subsiguiente reconstrucción, Mendoza estaba envuelta en un frenesí urbanístico con el que buscaba dejar atrás su imagen de poblado polvoriento perdido en el oeste argentino, para convertirse en la elegante y próspera ciudad que disfrutara su riqueza económica creciente gracias a la producción agrícola y la estabilidad institucional.

En 1879, durante la gestión provincial de Elías Villanueva y municipal de Manuel Cruz Videla, se compró un ostentoso reloj de cuatro esferas y ocho campanas para ser montado sobre un basamento de torre en el centro de la plaza. La construcción de la estructura comenzó ese mismo año, y luego se avanzó con el armado de la relojería.

Según documentos y archivos periodísticos de la época, la construcción de la torre y el montaje del reloj supusieron un enorme trabajo que requirió obreros y técnicos especializados, además de importantes cantidades de dinero. Para superar esos obstáculos, el ministro Julián Barraquero dispuso numerosos recursos y permanentes contingentes de trabajadores.  

La torre del reloj en la plaza Cobo, circa 1885. (Archivo)

Cuatro años después, ya bajo el gobierno provincial de Juan Miguel Segura y municipal de Pedro Serpez, el reloj y su torre fueron inaugurados en un solemne acto protagonizado por autoridades y vecinos.

La torre del reloj se convirtió rápidamente en un símbolo destacado de la ciudad, que convocaba a los vecinos, paseantes y turistas a disfrutar de su estructura en cuyo alrededor se desarrollaban actos oficiales y espectáculos de manera regular. Su ubicación en la plaza Cobo también favoreció su popularidad, dado que en aquellos años el entorno de dicho espacio público centró un importante desarrollo urbanístico, comercial, cultural y bancario.

Tanto era el cariño del público que la Cobo fue nombrada informalmente por los vecinos como la "Plaza del Reloj", perdiendo paulatinamente la designación oficial que homenajeaba al inmigrante español que introdujo el álamo en la provincia en 1808.

Desarme y traslado

Aunque estaba afianzado en la pertenencia colectiva de los mendocinos, el reloj padeció un declive fue tan rápido como fulminante. Mendoza tenía una enorme deuda con la figura del general José de San Martín: no había ningún monumento en su honor. Ya en 1888, durante el primer mandato provincial de Tiburcio Benegas y tan solo cuatro años después de la inauguración del reloj, se tomó la decisión de levantar una estatua ecuestre del Libertador en el centro de la plaza Cobo, similar a la existente en Buenos Aires que había sido levantada en 1862.

Como si fuera un sarcasmo del destino, bajo la segunda gestión del gobernador Elías Villanueva (1901-1904) se demolió el "macizo torreón vetusto" (como lo denominó el 'Álbum de Mendoza' de la Exposición Nacional de 1910) y el reloj fue desmontado y embalado a la espera de una nueva localización. Para 1903 todo rastro de la antigua estructura había desaparecido y al año siguiente se inauguró el monumento a San Martín, que a la postre forzó el cambio de nombre de la plaza.

Monumento a San Martín en la plaza homónima, 1908. (Archivo Los Andes)

Finalmente el reloj fue donado a la Orden Franciscana con el objetivo de instalarlo en la torre mayor de la basílica de San Francisco. Mientras tanto, la pieza central y sus componentes permanecieron resguardados en grandes cajones dentro de un apartamento situado cerca de la esquina de 9 de Julio y Sarmiento, lindero a la parroquia de San Nicolás.

Pero la reubicación del reloj en la basílica, que ya venía retrasada por la inestabilidad del edificio, quedó absolutamente descartada tras comprobar la existencia de severos daños en las dos torres y el campanario de la iglesia. Tras los terremotos del 27 de julio de 1917 y 17 de diciembre de 1920, esas estructuras aéreas fueron demolidas, quedando la San Francisco con su fisonomía actual.

Nuevo sitio, revitalización y silencio

Durante varios años el reloj permaneció en el olvido y sin destino, pese a que hubo intentos de colocarlo en algún edificio público, como la Casa de Gobierno. Recién este problema se destrabó en 1915 con la intervención del entonces director general de Escuelas, Manuel Pacífico Antequeda (1914-1916), quien se preocupó por asignarle un emplazamiento definitivo y ponerlo en funcionamiento.

Así logró que el viejo reloj fuese reubicado en la escuela Patricias Mendocinas, situada en calles Gutiérrez y P. Mendocinas y que había sido inaugurada el 10 de mayo de 1915.

Como había ocurrido cuatro décadas atrás, surgieron inconvenientes en el armado del reloj por su complicado mecanismo, hasta que el padre teniente cura Donato Seligrat, alojado en la parroquia de San Nicolás durante una misión evangelizadora, aplicó sus conocimientos en relojería para montar el carillón.

El reloj en el patio principal de la escuela Patricias Mendocinas, hoy.

El reloj quedó instalado sobre una torre en el ingreso al emblemático colegio, por Gutiérrez, y estuvo allí durante gran parte del siglo XX. Su peculiar forma de marcar el tiempo bajo el tañido de sus campanadas, dispuestas de manera tal que una de ellas hacía música de fondo y las otras recorrían la melodía del pentagrama en un sonoro arpegio, se convirtió nuevamente en un símbolo local, ganándose el afecto de los vecinos y estudiantes.

Aunque su fama recobró vitalidad, el histórico reloj pasó por etapas de silencio debido a sus recurrentes desperfectos y su falta de mantenimiento. Sin embargo, a partir de la década de 1940, el señor Juan Alberto Loyola puso su voluntad y aprecio al servicio de la estructura durante más de treinta años, sosteniendo con esfuerzo y escasos recursos la imponente estructura de relojería.

La etapa final del gran reloj comenzó poco después de la finalización del ciclo lectivo de 1981. Al año siguiente, a raíz de serias deficiencias edilicias, las autoridades gubernamentales tomaron la drástica decisión de demoler el antaño inmueble escolar con la torre incluida, en medio de una enorme oposición que intentaba demostrar la necesidad de proteger ese invaluable patrimonio mendocino, idea por aquellos años muy lejana. El reloj fue desmontado provisoriamente mientras era construido otro sitio para su funcionamiento dentro del mismo predio.

El paso de los años hizo que los vidrios de la torre se opacaran, quedando el reloj oculto detrás de la "polarización".

Tras la inauguración del nuevo edificio de la escuela Patricias Mendocinas en diciembre de 1983, el gigantesco reloj fue otra vez montado con sus campanas y su estructura completa en una flamante torre modernista de hierro y vidrio, ubicada en los canteros del patio central; curiosamente, solo sobrevivieron tres de las cuatro circunferencias originales. Aunque sus melodiosas y estruendosas campanas retumbaron unos años más, para inicios de la década de 1990 el reloj guardó silencio definitivo y se convirtió en una pieza inerte pero majestuosa, que aún reposa a la espera de su próximo destino.