ver más

En aguas profundas

Los motivos ocultos que conducen al artista a vérselas con determinadas peripecias internas, dan cuenta de los avatares más velados que se agolpan en su excelsa e insatisfecha espiritualidad.

Vivir es desviarnos incesantemente. De tal manera nos desviamos, que la confusión nos impide saber de qué nos estamos desviando. Franz Kafka.

------------------------------------------------

Los motivos ocultos que conducen al artista -entiéndase a este como una voluntad consumada, y en lo demás, colmada de símbolos inequívocos en los que se cifra su existencia- a vérselas con determinadas peripecias internas que hacen eco en su persona toda, dan cuenta de los avatares más velados que se agolpan en su siempre tan excelsa e insatisfecha espiritualidad. Su destino -aciago y tortuoso las más de las veces- se forja sobre la base de un bien común buscado para su ánima, a saber, el deleite y la trascendencia internos.Insospechados y sinuosos son los caminos que debe explorar dicha personalidad -de por sí majestuosa-, la cual se halla compelida a los designios de una veta artística que pugna por exteriorizarse con una determinación inusitada, y por echar raíces que resulten fructíferas a su cometido: la ventura de saberse transformada una y otra vez en algo distinto de lo que hubo sido antes. Naturalmente, la más lúgubre obscuridad tiende a precipitarse sobre la voluntad creadora del artista, dando lugar a toda clase de declives y desórdenes internos, que en el mejor de los casos, suele ensombrecer la expansión de su espíritu transido, y menguar su denodado impulso inventivo. Se suscita así una alternancia entre los deseos exacerbados que se aúnan en la interioridad de dicho ser, y la extenuante actividad psíquica que se dispone a corroer toda férrea determinación. Todo ello recala en la intimidad de sus más aguzados pensamientos, y por lo demás, le confiere un sinsentido a su propia concupiscencia que, arrobada como por instinto de conservación, procura enaltecerse a sí y para sí misma. Tal es el entramado del hombre que se aviene al elucubrado mundo del arte, y si no fuese porque un espíritu estoico se halla elidiendo los vaivenes anímicos de los que suele ser presa, sus motivaciones bien podrían ser otras o perecer sin más.

Tal hubo sido caso del ascético Nicanor. Sus batallas internas hubieron de agolparse con el transcurrir de los años, cubriendo así de sombras una voluntad cada vez más resquebrajada. El viraje de sus proyectos artísticos -de un hombre cuyo destino hallábase consagrado al afable mundo de los libros- tornábase veleidoso e inescrutable las más de las veces, hasta el punto de llegar a socavar su entusiasmo y teñir de honda amargura su recalcitrante determinación. Su cosmovisión acerca del mundo etéreo del arte, distaba de hallarse en consonancia con la de sus coetáneos, puesto que la acostumbrada contradicción de su espíritu condicionaba el acervo de sus impresiones. Creía observar en la figura del artista, a un hombre sapiente, obcecado en su trabajo, y con un halo de tristeza de trasfondo, lo cual venía a ser su materia prima por antonomasia. No podía hacer mucho ante las fuerzas impetuosas que pugnaban por menoscabar su integridad moral y psíquica, y aun cuando ello lo condujese a un estado de desgarramiento interno al punto de desfallecer, intentábase explicar a sí mismo cómo es posible que alguien pudiera hallarse envuelto en las más escabrosas tinieblas día y noche, y si es que acaso existiere algún medio de purgación para el alma. Era proclive a experimentar toda suerte de altibajos anímicos, y por otra parte, hallábase consciente -o al menos así lo creía para sus adentros- de que el estado calamitoso al que sucumbía de modo errante la mayor parte del tiempo, no podía tratarse de otra cosa más que de una encarnizada lucha entre lo que era, y aquello a lo que aspiraba ser. Lo que en un principio se perfilaba como el trabajo más prometedor, convertíase de un momento a otro, en el mayor de los suplicios, y no tardaba en devenir una lastimosa angustia que se instalaba en lo más hondo de su corazón, y que le hacía desistir en sus esfuerzos por realizar toda empresa a la que se hallase abocado. Desconocía, como suele suceder con la mayoría de los asuntos que afectan el sosiego espiritual del hombre, a qué motivaciones profundas respondía la periodicidad de dicho malestar, y para suplir la falta de respuestas que arrojasen algo de luz a sus discernimientos, refugiábase en la solemnidad de las artes, buscando aplacar así su tristeza más perenne. La música y la literatura hacían de bálsamo para su desdicha, y cruento agotamiento espiritual, pues sus únicos intereses se cernían sobre estas dos musas divinas que a tantos hombres hubieron embelesado a lo largo de la historia. La primera, evocaba recuerdos inmarcesibles que afloraban en su mente activa y creadora, y que le permitían experimentar un abanico de sentimientos bondadosos y colmados de afecto, mientras que la segunda, convertíase en la fuente de toda inspiración exultante y venerada por la exacerbación de sus sentidos. La música que anidaba en la intimidad de su ser, le demandaba unas veces la composición de grandes melodías literarias, y otras, lo sumía en un estado de enajenación tal, que no podía atisbar más que la grandeza de sus virtudes, y la vanidad de sus enseres artísticos. Ello veíase profusamente reflejado en la pervivencia de sus libros; todo lo que hacía a su existencia, entendida esta como el cúmulo de vivencias plausibles y alteradas por una ducha imaginación, se volcaba en aquel entramado de palabras que daban cuenta de la afectación de su espíritu. Sus personajes, entristecidos por el hecho de tener que vérselas con una existencia vana y miserable, y a su vez, taciturnos y entregados con suma vocación a las pasiones emanadas de su anima aeternum, encarnaban los elementos de su persona. En sus diálogos y cavilaciones se conjugaba el mundo de sus pensamientos, y a su vez se dejaba entrever el cariz de su carácter. Al navegar en aguas profundas, tal y como lo hacía cada vez que escribía, Nicanor, quien desconocía el paradero de sus fórmulas literarias, se entregaba con sumo deleite y renovado éxtasis a dicha tarea, pues, no sabía de otro amor que no fuese el de la escritura, y esta a su vez, no podía saberse existente sin un alma pródiga que la creara y la amase como a ninguna otra cosa.

Manuel Arias