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Angustia, luego existo

Sus aportes son en verdad meritorios, y dan cuenta del arduo y concienzudo estudio que se estila de trasfondo.
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La angustia es la disposición fundamental que nos coloca ante la nada. Martin Heidegger.

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- El trabajo de Buddenbrook es por demás notable, no tiene desperdicio alguno.Sus aportes son en verdad meritorios, y dan cuenta del arduo y concienzudo estudio que se estila de trasfondo. Me pregunto si es que acaso su pensamiento se ha visto influenciado por las teorías nihilistas de Medard y de J. Collins. A mi parecer, el capítulo tres de su última obra es digno de todos los honores. Resulta envidiable su manera de hacer asequibles aquellos fenómenos que se presentan como algo lejano para el entendimiento común. -ponderó con sapiencia el célebre naturalista Victor F.

- ¿Se refiere a su último libroMetafísica de la angustia y otras sapiencias? (Victor F. asiente). Pues, es indudable de que ha hecho un buen trabajo, nadie lo puede negar, no obstante hay ciertos puntos que considero que se han descuidado, y otros tantos en los que se debería haber profundizado un poco más. -las observaciones de S. dieron inicio a un largo y acalorado debate.

- Creo que nuestras apreciaciones en torno al trabajo de Buddenbrook distan de parecerse en lo absoluto, pero ello no debe ser motivo de impedimento para intercambiar nuestros puntos de vista. Cuando Buddenbrook compara a la angustia con"olas que rompen como furiosas en el mar, y olas que descansan apacibles a intervalos intermitentes", lo que hace no es sino, expresarse en términos metafóricos para poder arrojar luz a sus ideas y dotarlas de verdadero sentido. La angustia del hombre sólo es plausible de ser comprendida si estamos dispuestos a examinar a fondo nuestra propia angustia. Sería un equívoco el suponer que se puede llegar a un conocimiento acabado de un fenómeno, sin haberse adentrado antes en los inagotables parajes de uno mismo.Cualquier razonamiento a que se intentase arribar, carecería de los elementos sustanciales de que se haya compuesta toda teoría que pretende explicar una parcela de la realidad. Pero volviendo a la afirmación de Buddenbrook; creo que lo que intenta expresares que la angustia carece de forma alguna, puesto que se torna intangible desde su misma génesis, más allá de que luego podamos hablar de la presencia de cierta consistencia en su contenido todo, lo que permite vislumbrar una de sus tantas cualidades. Dicho esto, las olas sirven para ejemplificar el comportamiento de la angustia, o si se prefiere, su influjo en el estado anímico del hombre, ya que cuando esta se hace presente, arremete con todas sus fuerzas, y otras veces, no se tiene registro alguno de su existencia. -sentenció con maestría Victor F.

- Cuando nos invade la angustia, deseamos por todos los medios posibles mantenernos ajenos a dicho estado, pero son contadas las veces en que alcanzamos este cometido, y el hecho de no poder lograrlo nos paraliza aún más. Pero a decir verdad, creo que es preferible sentir, a no sentir nada. La nada misma puede más bien eclipsar el espíritu del hombre, y apagarlo sin más. -dio a conocer su opinión Nicanor, quien tras una honda reflexión hubo decidido al fin formar parte en el debate, sin reparar en los rostros inertes de los que se hallaban allí presentes.

- ¿Qué puede decirnos acerca de los hechos desafortunados a los que debe hacer frente el hombre? ¿Cree que son la causa principal de que se vea inmerso luego en semejante estado de desdicha y pesadumbre internas? ¿No existe acaso una angustia innata en todo ser humano, incluso antes de nacer, que nos envuelve desde el momento en que somos pensados y colmados de afecto y expectativas por nuestros progenitores? -inquirió con tono despectivo Victor F. a Nicanor.

- Me hallo convencido de que los infortunios que tienen lugar en el transcurso de toda una existencia, no necesariamente devienen en un estado de angustia o desazón. No basta con que el espíritu se halle amedrentado, ya que ello no es causa suficiente para que se quebrante del todo. La verdadera angustia se experimenta cuando ya no se concibe posibilidad alguna de transformación en uno mismo, es decir, cuando el espíritu se vuelve prisionero de un perpetuo estado de incertidumbre y enajenación, en el cual todo lo que se refiere a su presente y devenirse halla desprovisto de un sostén.El propio mundo interno sufre vastas transformaciones, y todo aquello que en algún punto se creía conocer, se torna desconocido y entra en conflicto con los distintos derroteros del mismo. Puesto que el espíritu del hombre se halla compelido a enfrentar el caos que mora en su fuero interno, y que su determinación al momento de tener que salvaguardar su propio yo se halla bajo el influjo de sus más hondos pensamientos y actitudes, es que el entramado de su existencia resulta por demás complejo y muchas veces no se alcanza a comprender del todo. -sus apreciaciones fueron bien recibidas por el resto del grupo.

El viejo sapiente, Victor F, hubo escuchado atentamente y con sumo deleite las observaciones de Nicanor. En sus palabras hallaba lo que no podía apreciar en otras cosmovisiones, y ello le producía un profuso regocijo interno. Le llamaba poderosamente la atención el hecho de que alguien pudiese expresarse con tal naturalidad, y explicar con suma prestancia un fenómeno tan complejo, y estudiado de manera insustancial las más de las veces. Hallábase convencido de haber encontrado en la figura de Nicanor a un hombre entendido en los asuntos del espíritu, y su estado de embelesamiento hubo calado más hondo tras haberse hecho a la idea de que en ese momento, nadie más podía compartir ni experimentar la dicha de contar con su presencia. Por su parte, Nicanor hallábase sumamente complacido ante el hecho de verse rodeado por aquellas gentes, pues solamente allí podía pensarse a sí mismo y al resto. Sus convulsionados e inagotables pensamientos cercaban su existencia de a ratos, y es por ello que se veía en la imperiosa necesidad de transmutarlos al ponerlos en palabras. Su espíritu hallábase entregado a los afanes de una existencia que se le presentaba colmada de asperezas e irremediables momentos de dicha. Era todo angustia, más la angustia era su todo.

Manuel Arias