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Descensus ad inferos

Preciso es que se den a conocer los más hondos motivos que condujeron al buen Nicanor, encontrándose aún este en la edad de la flor.
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La vida es una serie de colisiones con el futuro; no es una suma de lo que hemos sido, sino de lo que anhelamos ser. José Ortega y Gasset.

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Y así se dispusieron las cosas. Preciso es que se den a conocer los más hondos motivos que condujeron al buen Nicanor, encontrándose aún este en la edad de la flor, y con miras a un porvenir por delante, a sopesar el complejo entramado existencial que atañía a su silente vida interna, y todo lo que ello significa para alguien que es dueño de un espíritu grave, y por lo demás, resuelto y etéreo. Cabe destacar que el camino que le hubo significado más adelante un consabido reconocimiento en el elitista círculo literario, y sumo prestigio en todo el orbe, con el agregado de un profuso regocijo para su alma toda, lejos estuvo de hallarse exento de encrucijadas y contracorrientes que bien podrían poner a prueba el valor y la entereza de cualquiera que se jacte de poseer una voluntad de hierro, y que se apreste a adentrarse en el mismo. Las vicisitudes a que se vio enfrentado cuando hubo recorrido dicho camino, convirtiéronse por un lado, en el aliciente necesario para ir en búsqueda de sus más inmanentes deseos, y por otra parte, aun cuando la resistencia de su espíritu se viera afectada por ominosas tribulaciones que pronto acabaron por irrumpir en las inmediaciones de su espíritu, en la causa principal por la cual pudo entrever con una mayor agudeza, todo cuanto acontecía en su fuero interno. Todo ello no podía resultar de otra manera, pues pese a sus reiterados intentos por querer ignorar un asunto que no cedía en fuerza ni tampoco en su tesitura, y que en lo demás, se circunscribía en toda su extensión a su persona, se vio compelido a desistir ante su evidente renuencia, y a aceptar que debía responder al exasperado llamado proveniente de los rincones más inexplorados de su ser, fuere o no de su agrado la situación en la que se veía inmerso y de la que era protagonista. Ante tal estado de cosas, Nicanor, que con el correr de los años hubo descifrado toda suerte de enigmas en torno a su existencia, pudo advertir que su intemperancia por aquel entonces, y muchas veces el súbito sentimiento derrotista que acometía su raciocinio y templanza, no se trataba más que de una serie de acertijos que pugnaban por ser develados.

Así y todo, un intermitente choque de fuerzas en oposición que discurría en los albores de su espíritu, le provocaba las más de las veces un entumecimiento a sus sentidos, y toda clase de luchas internas a las que debía hacer frente de manera tajante. Alicaído algunas veces, y revitalizado otras tantas, no podía evitar sentirse derrotado y resquebrajado en mil pedazos a causa del estado en que se hallaba. El embotamiento anímico en que se hubo visto afectado su sano juicio, se correspondía con el enquistado sentimiento de indiferencia que detentaba para con el resto de las cosas que lo rodeaban, y que no alcanzaban a satisfacer del todo sus más pretéritos deseos.

Mucho antes de que tuviera que enfrentarse a las tempestuosas fuerzas demoníacas que irrumpieran con estrépito y sin clamor en las profundidades de su endeble y veleidosa interioridad, su espíritu hallábase colmado y sosegado, o cuanto menos, no aquejaba tantas angustias como sí lo hubo hecho tiempo después. Su existencia hubo adoptado un rumbo incierto y sin miramientos, desde el momento en que dichas fuerzas -proverbiales, y a su vez humanamente reveladoras- hubieron cercado su voluntad, y lo que en un primer momento parecía hallarse en completa armonía con lo que se suponía era su razón de ser, hubo claudicado sin más aditamentos, para a la sazón divorciarse luego de dicha verdad, con el propósito de darle lugar a otros estamentos de su espíritu que reclamaban de forma drástica su propio espacio. Pero para poder llegar a comprender mejor las tribulaciones que se hubieron agolpado en el fondo del alma de Nicanor, debe aceptarse el hecho de que en ningún momento, aun cuando muchas veces hubo deseado con verdadera afectación desaparecer sin más del mundo circundante, se precipitó ante tales infortunios, y lo que se figuraba como un descenso a la más oscura de las perdiciones, luego se hubo convertido en la máxima expresión de un nuevo acaecer espiritual. Tras un inagotable continuum de idas y vueltas debatiéndose en sus más hondos pensamientos, y bajo el influjo de severas impresiones que pugnaban por emerger, Nicanor, que acostumbraba asopesar de manera exhaustiva cada una de las espinosas vertientes que se le ofrecían en sus vastas reflexiones, pudo vislumbrar, no sin cierta resistencia, el verdadero valor de todo cuanto lo motivaba a permanecer en aquel estado de embelesamiento interno, que en lo demás, actuaba como una barrera psicológica que lo salvaguardaba de un posible declive mental.No podía permitirse claudicar, ni mucho menos hacer oídos sordos al llamado interno que se hacía escuchar cada vez con mayor ímpetu, por lo que hubo aceptado abierta y tajantemente cada uno de los misteriosos símbolos que se le hubieron presentado a modo de incógnita. A duras penas pudo sobrellevar la carga de su trastornado espíritu, pues, a decir verdad, un proceso de auscultación semejante, y que en lo demás, se halla colmado por un sinfín de interrogantes que no buscan otra cosa sino, que se les descubra el velo que las protege de toda discordancia, no suele dar tregua al alma una vez que se hubo iniciado, ni mucho menos compadecerse delas convalecencias que tienen lugar en el derrotero interno.

Nicanor, cuyo espíritu hallábase componiendo una música muy diferente de la que otrora hubo compuesto, no pudo advertir en un primer momento el alcance que le comportaba la sumatoria de todos los elementos que hacían a su trascendencia, y experimentaba un gozoso deleite, al punto de detentar una pasión por demás exacerbada, y que a todas luces se elevaba hacia latitudes desconocidas, que hacían las veces de reservorio emocional.Desde entonces, no pudo concebir otro modo de estarse en el mundo si no era escribiendo, y fue allí cuando llegó a encontrarse a sí mismo como nunca antes, a la manera de un filósofo al que se le ha revelado la sabiduría de la naturaleza, y por consiguiente, del espíritu que mora en esta. Se apercibió de que en lo sucesivo, su existencia debía cifrarse en la voluntad de escritor que hubo emergido en su persona, ya que ello entraría en consonancia con su verdadera vocación, y además, nada podía hacer ante tales designios, puesto que una vez que se desciende a los infiernos, nos encontramos solos y desamparados, y cualquier intento por escapar de allí se torna imposible. 

Manuel Arias