"La entereza", un grotesco mayor
La entereza, el nuevo libro de Eduardo Rubinschik publicado por Paradiso Ediciones, es, según el escritor y traductor Américo Cristófalo, "un grotesco mayor, con detalles de comicidad burlesca, aliviadas con el parsimonioso movimiento de la prosa. La entereza se ríe de las costumbres literarias. Un ensayo surrealista, si no fuera porque no se trata de eso. Una versión radicalizada del grotesco Poe. Del grotesco argentino. El asado, el tango, la familia. Resonancias de Murena. De los Lamborghini, claro. De la comicidad seca de Macedonio".

Rubinschik nació en Buenos Aires en 1967. En 1987 publicó los cuentos de Trama en colaboración con Mariano Fiszman. En 1991 escribió Con las antenas puestas, obra de teatro para chicos estrenada ese mismo año. Participó en la producción y edición de La intrusa, revista de literatura (1997). También publicó Amor a las deudas (Paradiso, 1999) y Lisböe, o las partes del agua (Paradiso, 2004) y Las mutaciones del mal (2013) en colaboración con Luis Roffman y Paco Redondo.
En un artículo publicado por Infobae, titulado Buscar la verdad en el tacho del lenguaje, Rubinschik cuenta los entretelones y la "costura fina" de La entereza, que fue publicado por Paradiso Ediciones: "Estaba ante una nueva novela mía un poco loca, que se me había incrustado en la imaginación, buscando siempre escapar de la figura recalcitrante del escritor serio. La entereza además invertía la ecuación de aquel viejo modismo que alude al ingreso, aunque sea momentáneo, en la locura: Perder la cabeza. En este caso es el cuerpo lo que se pierde, y la cabeza se queda con el dominio, al menos, del relato".
Para el autor de El tiempo involuntario, "La entereza tiene cierto tono anacrónico que denuncia un procedimiento: disemina el posible anacronismo del tema, en su materialidad, en su lengua. Efectivamente, está hecha con una prosa del artificio a veces añeja, que vuelve un poco extraña la lectura".
Fragmento de La entereza
"Lo embosqué una nochecita, cuando volvía para su casa, que había sido mía. Caminaba casi flotando, la vereda parecía de algodón, hecha para que él pudiese, con su alegre ritmo involuntario, rebotar sutilmente, como si a cada paso dejara atrás el lastre de un pasado inútil, y estuviera impregnándose de una necesidad de presente absoluto: un ser leve, libre, agraciado y en una búsqueda bien orientada hacia la felicidad. Yo estaba seguro de que gran parte de ese lastre debía estar, para él, graficado en mi persona".
La entereza, de Eduardo Rubinschik
Paradiso
125 págs.
$248


