Al alcance de un suspiro
¿Qué podían importarle ahora el arte y la virtud frente a las ventajas del caos? Calló, pues, y se quedó. La muerte en Venecia. Thomas Mann.
Te puede interesar
Estudio Aguinaga, cómo fue el festejo por sus 100 años
Te puede interesar
Internaciones y guardias de PAMI: qué cubre y cómo cambiar el prestador
-----------------------------------------------------
Dispuesto a hacerle frente a los embates anímicos que trastocaban su espíritu, y a renunciar temporalmente a la extenuante pero siempre tan placentera labor de escritor, que tras una larga batalla de idas y vueltas pudo al fin acometer, no sin antes sortear ciertas dificultades inherentes que se les presentan a aquellos que acostumbran a hacer uso de su propio intelecto, y a desnudar sus más hondos sentimientos como si en ello se les fuese la vida, Nicanor decidió abandonarse al descanso veraniego en las paradisíacas playas de Venecia.Su propósito, que si bien se hallaba circunscripto al hecho de poder hallar una fuente propicia de inspiración, y más aún, de salubridad espiritual, rebasaba toda pretensión mundana que pudiese llegar a excitar o a dominar el ánimo de cualquier otro hombre. Comprendía que las vicisitudes internas que lo compelían en lo inmediato, requerían de una entrega absoluta y sin igual, y para ello, debía procurar alejarse por completo de la mirada crítica e inquisidora de su círculo habitué, y de quienes se encargan de elogiar o sepultar los esfuerzos y el trabajo denodados de un artista ya consumado, para sacar el mayor provecho posible a sus días de reposo y divertimento poco habituales para un hombre de su talante. Deseaba perderse en el entramado del anonimato, ora por unas semanas, ora para siempre. En su fuero interno hallábanse conjugados por un lado, una impetuosa necesidad dequerer examinar los motivos más profundos de su actual estado crepuscular, y por otra parte, el deseo manifiesto de poder experimentar cualquier cosa que no estuviese destinada a perecer, y que se hallase en consabida armonía con las disímiles sensaciones que anidaban en su interioridad. Como toda personalidad enfermiza, presa por el ímpetu y las ansias de poder conquistar las creaciones más sublimes, y que tiende a oscilar en sus estados anímicos, como resultado de todo cuanto se yergue en su interioridad, para que a continuación, pueda hallar una vía de expresión a través de las artes u otros derroteros existenciales, Nicanor, no podía verse desprovisto del influjo de sus pensamientos, y mucho menos de los matices que colmaban su espíritu.Con el correr de los años, y tras haberse erigido como un ecuánime testigo de su convulsionada existencia, en donde las más de las veces llegó a experimentar una suerte de embotamiento y desencanto internos, hubo calado en los parajes más insondables de su espíritu, un sentido de profundidad tal, que le confirió el entendimiento de sus deseos y propósitos más arcaicos.
Cierto estupor del ánimo, por lo demás insoslayable, y cuanto menos lindante a aquel estado febril que acomete la voluntad del artista que se halla pronto a culminar con su obra maestra, lo obligaba de momento, a abandonar la afanosa actividad en que se hallaba inmerso fatigosamente y sin descanso desde hacía un largo tiempo. Ante tal estado de cosas, Venecia se le presentaba como la primera y única opción plausible para intentar salvaguardar su espíritu desbordado por el éxtasis y la ferviente entrega.Allí, según su propio discernimiento, podría pensarse a sí mismo de otro modo, quizás con unos parámetros menos severos y autocríticos, lo cual suponía cierto alivio para su persona toda. El sólo hecho de imaginarse en otra parte, congregado con otras gentes, y exento de tener que cumplir con los ineludibles requerimientos de su obra, le producía un sentimiento de regocijo interior que resultaba en extremo cautivador y propicio para su espíritu. Estaba al corriente de los efectos que la tranquilidad de la playa, el reposo y el anonimato podían ofrecerle a un ser que se halla sumido en sus propios asuntos la mayor parte del tiempo, pero por sobre todo, con un pensamiento tan complejo como el suyo, el cual se hallaba compuesto por múltiples aristas. Debía partir de inmediato, sin mayores dilaciones, y a los efectos, así lo hizo.
Tras su llegada a la eterna Venecia, se hubo alojado en el Hotel Intercontinental, el de mayor renombre en la ciudad, y el más elegido por los turistas. Tiempo atrás, en otras circunstancias y con un propósito muy diferente del actual, hubo permanecido por varias semanas en el tal afamado hotel, disfrutando de los placeres mundanos y de la camaradería ofrecida a las personalidades distinguidas. Pero de momento, sólo deseaba aclimatarse lo más pronto posible a los cambios que había sufrido la ciudad, y renovar sus energías tras un largo viaje, para así poder regodearse en las playas venecianas.
Al día siguiente de su llegada, desayunó temprano en el comedor con los demás huéspedes, leyó con cierto recelo el diario matutino, y a continuación, se dispuso a ir a la playa más cercana al hotel.Las calles, los transeúntes, e incluso la bóveda celeste que se dibujaba a sus anchas, aún conservaban su verdadera y más íntima esencia. En este sentido, Venecia seguía siendo la misma de siempre. Los hombres y mujeres venecianos, trabajadores incansables y almas inquietas por naturaleza, se mostraban reacios a los cambios sociales inusitados que tenían lugar en la cotidianeidad, y que de por sí transforman y moldean la existencia del hombre, puesto que cabía la posibilidad de que las viejas costumbres pasaran a ser un mero recuerdo y se extinguiesen sin más. Se respiraba cierto aire melancólico en cada uno de los rincones que atravesaban la ciudad, y por más que se esforzase, Nicanor no podía evitar amalgamarse con dicho contraste. Tras una breve pero reveladora caminata, llegó por fin a la playa.
Bajo el primer albor de un cielo asequible y prometedor, se dispuso a contemplar todo cuanto se ofrecía a la sazón para su deleite. Hallábase en un estado de arrobamiento y trascendencia absolutos, lo cual contrastaba con la armonía de su espíritu. Las olas rompían con furia en el mar, y a la par, las gaviotas se zambullían en los acantilados con gran determinación, como si no tuviesen nada que perder. Una ventisca incipiente que provenía del norte, se colaba de a ratos, y la inmiscuida insolación afectaba a más de uno. Quizás a causa de un sueño profundo y por demás placentero, difícil de abandonar a semejantes horas, o a ciertos contratiempos que suelen corromper el itinerario de los mortales, lo cierto es que se avistaba un reducido número de personas, hecho contrario a otras veces en que Nicanor hubo visitado aquellos parajes en dicho horario. Tenía todo lo que cualquier otra alma pudiese desear, al alcance de un suspiro: inmensidad y profundidad. Sus pensamientos hallábanse concatenados con el esplendor de aquel vasto momento, y sentíase un hombre renovado por el candor de los aconteceres que tenían lugar en torno a su persona.Todo ello hubo alcanzado su punto culmen, cuando en un abrir y cerrar de ojos, divisó a lo lejos la figura de una muchachita mucho más joven que él. Tratábase de una flor protegida por su crisálida, a la espera de que alguien la contemplase con ferviente deseo, para así poder florecer como las de su propia especie. En sus hombros y espaldas, podía apreciarse una serie de manchas producto de los efectos colaterales del sol. Sus cabellos ensortijados a los costados, y el flequillo cuidadosamente peinado que reposaba en su frente, la hacían pasar por una muchacha de mucha más edad. Dejaba entrever una sonrisa sólo muy de vez en cuando, quizás por propia vanidad o por la presencia de ciertos escrúpulos ante la mirada del otro, pero cuando lo hacía, Nicanor se sonrojaba a la vez que experimentaba un profuso sentimiento de complacencia y admiración. Imaginaba cómo sería el porvenir de aquella muchachita, de momento tan frágil e indefensa; si acaso estuviese destinada a la dicha, o por el contrario, a padecer los peores infortunios que la vida puede ofrecerle a una criatura tan delicada y dueña de una gracia divina sin igual. Todo parecía indicar que se trataba de un espíritu bondadoso y puro, que caminaba al compás de los sentimientos, y a juicio de Nicanor, con ello bastaba para hacerle frente a los afanes del presente y del porvenir.
Manuel Arias


