Homo profundis
Para vivir una vida desprendida, no debemos considerar nada como de nuestra propiedad. Buda Gautama.
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- Al verdadero hombre de entre los hombres, que sufre de sí y por sí, no le basta con auscultar en lo más recóndito de su espíritu; desea abonar parte de su yugo en las vastedades de otros parajes, pero por sobre todas las cosas, ansía abandonar el eterno letargo en que se halla sumido las más de las veces. No se contenta con los vanos placeres que se le antojan al común de sus coetáneos, sino que se exige a sí mismo más de la cuenta; hace todo lo posible por no perecer, y para sacudirse las migajas de mendrugo que atraen siempre a las malvivientes moscas con sus interminables asuntos, las cuales terminan por interrumpir la bonancible dicha de quien se halla jubiloso.Y en ello, mi estimado amigo, se cifra el derrotero de su existencia. -dijo con espíritu embelesado Nicanor. Sus pensamientos alzaban vuelo para luego descender desde lo más alto.
- En hora buena, mi estimado Nicanor. No se le puede pedir demasiado a aquel que no estila conocerse a sí mismo, tal y como ningún otro podría hacerlo. -atinó a responder el joven jurista y buen amigo de Nicanor, T. Mann, quien acababa de retomar sus funciones tras un largo viaje de placer por la paradisíaca península del Peloponeso.
- Eso me recuerda el día en que hube conocido a uno de esos míticos y entrañables personajes que se destacan de entre el resto. Tratábase pues, de un hombre cabal y solemne, sumamente virtuoso, y, por lo demás, digno de estima. Adoptaba para sí una actitud de venerable trascendencia, y en la contemplación de la naturaleza hallaba colmada la esencia de su espíritu. Entre sus muchos atributos, destacábase por su consumada pasión ante la vida, y por sus multifacéticos estados de reflexión interna. Era un hombre comedido con las palabras, abocado al desdeñado oficio de pensar; mal visto por algunos, y ejercido por otros pocos. Su modo de vida y su obrar, dejaban entrever todo cuanto se agolpaba en el fondo de su vasto espíritu, y en sus pensamientos elevados, cuyo valor resultaba inconmensurable para quienes le escuchaban deseosos por adentrarse en sí mismos, era capaz de nutrirse y de nutrir a otros. -las descripciones que propendía Nicanor, se asemejaban en estilo y en belleza, al trabajo de un pintor en su estado de máximo esplendor. No cabían dudas de que su dominio en el uso de la palabra, se hallaba en íntima ligazón y armonía con sus aptitudes para la escritura, en tanto que en su oficio de periodista, daba reiteradas muestras de los afanes que definen aun verdadero escritor.
- Por momentos pareciera que estuvieses refiriéndote a un iluminado. ¿Cuál era su filosofía de vida? ¿Su preocupación más honda? ¿Amaba la naturaleza, tal como has mencionado, por sobre todas las demás cosas de este mundo, o acaso hallaba su regocijo en un amplio abanico de posibilidades? Siempre me ha resultado interesante, y hasta cierto punto provechoso, el hecho de poder disponer de otros prismas con que observar el mundo que nos rodea. No todo es tan simple como se lo cuentan a uno, ni tampoco tan complejo como se lo quieren hacer creer otras tantas. -T. Mann hallábase al punto, por completo intrigado, y dispuesto a evocar con su imaginación la figura de aquel hombre que sólo podía asir con palabras, y que tanto hubo calado para sus adentros.
- Su filosofía se tornaba intocable, tal y como el postrero rayo del sol al amanecer. De espíritu austero, deponía los excesos que tienden a excitar el brío del hombre, y a enceguecer su obrar. Se mostraba insigne en sus enseñanzas, de las cuales podían extraerse los frutos más maduros y abundantes. Bastaba que alguien se acercase con sed a las inmediaciones de su finca, para que se dispusiera a ofrecer cuanta agua le fuese indispensable beber al pobre sediento. Tenía en gran estima a los hombres de bien, y se mostraba sumamente convencido de que un espíritu degradado, puede transformarse con tan sólo desearlo, y dar todo por ello; pues aseguraba que aun en los rincones más oscuros del ánima, es posible hallar siempre un halo de esperanza. En cuanto a su idea de una vida retirada, no se trataba más que de una especie de consagración por medio del encuentro con uno mismo, lo que según él, da lugar más adelante al abrazo y al regocijo fraterno con el otro. Defendía con tenacidad y ante todo el crecimiento personal, por lo que comparaba el cuerpo del hombre con una estatua divina, a la que se le debe el mayor de los respetos y cuidados íntegros. Llegó a comprender que el hombre que camina silente por los acantilados de su interioridad, se halla destinado a sentir en demasía, y a perecer de tanto en tanto. -las pinceladas de Nicanor causaban cada vez un mayor deleite en el espíritu de su amigo.
- Un hombre entrañable en verdad. Me pregunto qué pasaría si cada uno de nosotros estuviésemos aprestos a imitar su modo de obrar y de pensar. -dijo a modo de comentario T. Mann.
- Créelo, las cosas serían muy distintas. -se mostró emocionado Nicanor.
- ¿Y dices que lo conociste en...? -lo inquirió el otro.
- No tiene importancia. Hace poco viajé con el propósito de poder encontrarme nuevamente con él, y así alegrar nuestros espíritus con una amena conversación, pero mi sorpresa y congoja fueron tales, al advertir que sus ojos se hubieron cerrado para siempre. -el semblante de Nicanor se apagó sin más.
- Me apena mucho oír eso. De seguro que ahora camina por otros campos. -reparó T. Mann tras un breve silencio, en un intento por consolar a su amigo.
- No te preocupes, sus enseñanzas no han de morir jamás. -la mirada de Nicanor hablaba por sí sola.
- Así es, mi buen amigo. Los hombres magnánimos suelen partir de este mundo sin despedirse, como si con ello le evitasen un mayor sufrimiento al resto. Y hay quienes por otra parte, se hallan satisfechos por el porvenir de los que se han ido para ya no volver a regresar. -el tono afectado de T. Mann hubo tocado las fibras más íntimas de Nicanor.
- Regodearse por aquel que perece una y mil desventuras, no es sino, incurrir en un acto pecaminoso, y por demás reprochable. La rueda de la fortuna no conoce de espíritus nobles, cruentos o endebles. El destino bien puede jugarle al hombre una mala pasada, o hacer que se regocije en la mejor de las suertes. -sentenció Nicanor.
- Hay ciertas cosas que jamás van a cambiar. -dijo resignado el otro.
Un hombre, un hombre profundo se nos ha ido. -a continuación, ambos amigos intercambiaron miradas, y se despidieron el uno al otro.
Manuel Arias
