"El estereoscopio de los solitarios", de J. R. Wilcock
Juan Rodolfo Wilcock no pasa indiferente. Considerado uno de los escritores más importantes de la literatura argentina e italiana, dado que vivió sus últimas dos décadas en el país europeo, Wilcock dejó un legado admirable en su calidad narrativa, su inventiva poética, su mirada peculiar sobre las sociedades y la propia existencia humana, y su expresión ecléctica, pero a la vez mordaz y turbadora.

En El estereoscopio de los solitarios (La Bestia Equilátera), obra publicada originalmente en italiano en 1972 y traducida al español por Ernesto Montequin, Wilcock plasmó más de sesenta relatos breves protagonizados por personajes que experimentan la soledad en sus múltiples facetas, dentro de mundos oníricos y decadentes, que bordean lo crítico y absurdo.
Un centauro que pinta naturalezas muertas; un millonario que regala toda su fortuna a los pobres, pese a que éstos están descontentos con el reparto; un hombre que detesta la luz solar y solo vive en una oscuridad apenas matizada por fosforescencias; un astronauta abandonado en el espacio profundo; una gallina cuyo único trabajo es leer manuscritos para editoriales y despedaza aquellos textos que no le gustan; un matrimonio que decide vivir como Robinson Crusoe dentro de su pequeño departamento; una sirena que vive en un río contaminado y no puede acabar con su desgracia; un joven que es encerrado en una pedrera y se transforma en un animal; todos ellos son seres que describen a los hombres de una manera brutal, pero a la vez compasiva y comprensiva, ya sean víctimas o victimarios, encerrados en sus propias profundidades y situados más allá de las certezas y vacilaciones.
Para Wilcock, la soledad es parte de nuestra propia existencia, y de hecho es lo que nos visualiza y materializa como seres humanos: "La soledad nos hace hacer, porque de lo contrario corremos el riesgo de caer en la inexistencia".
Al igual que su libro gemelo La sinagoga de los iconoclastas, El estereoscopio de los solitarios refleja aquello que radica en nuestro interior y nos vuelve seres peculiares, una soledad a la que nadie puede estar exento. También desliza severas críticas al funcionamiento social y la perspectiva que las comunidades objetan sobre lo solitario.
Nicolás Munilla
