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Maldiciones argentinas

La última novela de Claudia Piñeiro entrelaza los viejos y nuevos paradigmas de la política con leyendas de embrujos y los planteos de la paternidad.
Foto: labalandra.com.ar
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"Cada hombre, cada mujer, carga con su propia maldición". Con esa frase tan contundente como atemorizante y reveladora, comienza Las maldiciones (Alfaguara), la nueva novela de la escritora Claudia Piñeiro, que describe una historia donde la política muestra su perfil más pragmático y oscuro, pero a la vez reluce un pasado nostálgico plagado de idealismos y valores, poniendo esas dos visiones en permanente tensión y cruzándolas con lo maldito y lo sobrenatural. También pone el foco en la paternidad como fuente de una sociedad signada por la incertidumbre, el engaño y las ambiciones de los dirigentes.

La obra comienza con la huida de Román Sabaté, un joven santafesino que, en un momento de su vida en el cual se creía emocionalmente perdido, había conseguido trabajo años atrás como secretario privado de Fernando Rovira, un empresario inmobiliario con una ascendente carrera política lanzada desde su plataforma partidaria Pragma. En su escape Sabaté se lleva a Joaquín, el pequeño hijo de Rovira, y se refugian en la casa del tío Adolfo, un veterano militante radical que recuerda de memoria todos los discursos de Ricardo Alfonsín.

A su vez, Rovira encara su ambicioso proyecto: dividir la provincia de Buenos Aires en dos nuevas jurisdicciones para sortear el único escollo hacia la Presidencia argentina: la "Maldición de Alsina", que supuestamente impide a los gobernadores bonaerenses ser los máximos líderes institucionales del país. Detrás de esa escabrosa y misteriosa historia está la periodista Valentina "China" Sureda, quien busca escribir un libro sobre la maldición.

Desde el inicio, en Las maldiciones se respira un aire enrarecido, que se enturbia a medida que Román se interna en el engendro político de Pragma y el matrimonio de Rovira con su esposa Lucrecia Bonara. Los contrastes entre la ‘vieja' y la ‘nueva' política se hacen evidentes: por un lado, una construcción político-partidaria basada en los ideales utópicos, los valores humanos y la necesidad de cambiar el entorno, tan característico del pensamiento de la Argentina posdictadura; por otro, una estructura eminentemente pragmática y marketinera, donde lo visual predomina sobre el contenido discursivo, con un vaciamiento de la dialéctica en sustitución de argumentos superfluos y finitos. Esa tensión está representada en las figuras de Rovira, líder de la "nueva política", y Adolfo Sabaté, ese tío solitario que le recuerda a Román el glorioso pasado de la UCR, no sin una nostalgia recurrente y hasta contestataria del nuevo orden: "Raúl no tiene ni un punto de comparación con ninguno de éstos [...] Hoy no le llega nadie ni a la suela de los zapatos".

"La maldición de Alsina", aquella leyenda que cuenta que, en los albores de la fundación de La Plata, una bruja apodada "La Tolosana" lanzó un embrujo para que ningún gobernador de Buenos Aires pueda ser presidente, profundiza en la idea de lo maldito y ofrece otro sustento entretenido a la trama principal. Aunque parte de una base política, el concepto excede ese marco primario y se extiende a la vida en sí misma, como si las acciones y decisiones de los personajes estuviesen atravesadas por designios ultraterrenales que los exceden.

Algo de eso, aunque no en el sentido estricto de una ‘maldición', queda sutilmente plasmado en el abordaje de la paternidad, otro eje fundamental de la obra. A lo largo de la novela, ello se manifiesta en las relaciones entre Joaquín, Román Sabaté y Rovira, intentando responder lo que significa ser padre: si es una cuestión meramente biológica o sentimental, si nace o se construye, o todo junto. Lo paternal, como sucede con muchos conceptos en este texto, trasciende el campo personal y la autora lo traslada a lo político-social: la fuerte impronta paternalista de la sociedad argentina, esa aparente necesidad de contar con líderes fuertes que nos protejan, apañen y aconsejen, pese a que estamos expuestos a las falsedades y mentiras que la clase política suele utilizar en favor de sus intereses.

Con Las maldiciones, la autora condensa en una suerte de road novel diversos elementos relacionados con la novela política, la policial y la histórica, y sostiene un equilibrio útil entre lo dramático y lo humorístico, que sumado a una amalgama de recursos narrativos, resulta en una lectura ágil, entretenida y atrapante. Tal como ha demostrado a lo largo de sus obras literarias, Piñeiro vuelve a captar la dinámica social y actual que nos rodea.

Nicolás Munilla