Presenta:

Cuestión de tamaño

La escritora mendocina María Luz Malamud explica cuáles son los logros y desafíos que afronta la literatura infanto-juvenil.
Foto: Nini Malamud - El Viajero Indeciso
Foto: Nini Malamud - El Viajero Indeciso

Muchos consideran a la literatura infantil y juvenil como una literatura menor, en pañales, que tiene que crecer y tomar vitaminas o ponerse en puntas de pie para estar a la altura de esa otra literatura "en serio", patrimonio exclusivo de los adultos.

¿Cuáles son las razones para que la literatura infantil y juvenil haya recibido esta etiqueta? ¿Dejará en algún momento de ser considerada una literatura "infantil"? ¿Cuál es el camino que habría que transitar para que esto ocurra? ¿Es realmente un problema de tamaño? Vamos a intentar desenmarañar estas cuestiones.

En sus primeros pasos, la literatura para chicos estuvo al servicio de la pedagogía y la didáctica, abundaban los libros con moraleja donde se educaba a los lectores en temas como el cuidado del medio ambiente, la convivencia en familia o ciudadanía responsable. Libros abarrotados de valores pero con Cuestión de tamaño una literatura pobre, cuya intención era educar. Libros que, con la excusa de preservar "la inocencia" de los lectores, evitaban hablar de algunas cuestiones como la guerra, el hambre o la muerte. Libros políticamente correctos, tanto en la propuesta estética como en el contenido. Libros que obligaban a los niños a pensar y actuar bajo determinados cánones sociales.

Años más tarde, la literatura infantil y juvenil en Argentina alcanza un nuevo sentido con las obras de María Elena Walsh, Laura Devetach y Elsa Borneman. Estas autoras, a través del humor, la poesía y el juego, se atrevieron a cuestionar a la autoridad.

Lamentablemente, con la llegada de la dictadura de 1976, la literatura para chicos retrocedió varios pasos. Libros, como Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Borneman, fueron prohibidos y quemados por ser considerados peligrosos.

Si bien en años de la democracia se pudo desarrollar una literatura más libre y descontracturada (los temas tabú como la sexualidad, la pobreza, la identidad atraviesan las historias), hoy la situación es bastante parecida a los comienzos. Los valores siguen tiñendo los contenidos de los libros, ya no por el deseo de transmitir ese "deber ser", sino porque la educación en valores se ha vuelto una estrategia de venta para gran parte de la industria editorial. La escuela es el gran comprador de literatura para chicos e incluyen en su currícula la educación en valores. Sucede que muchas editoriales crean libros a medida de la escuela, en los cuales se resigna la calidad literaria en provecho de los contenidos curriculares. Estos libros comparten algunas características: brevedad, lenguaje sencillo, escasos recursos literarios, temáticas livianas, formatos sencillos y finales felices.

A esto se le agrega el tema de la censura. Muchos adultos se interponen entre los libros y los chicos, de esta manera "seleccionan" aquellos que les parecen adecuados para sus valores o intereses. Deciden sobre qué tema es bueno que conozcan y sobre qué tema no. Qué libro es apropiado para determinada edad y cuál no. El pretexto para algunos es que ciertos contenidos pueden volverlos malos o hacerles mal. Entonces, en lugar de protegerlos de los verdaderos peligros o males que los rodean, los protegen de los libros, cuando son justamente esos libros los que pondrán en situación de búsqueda a los lectores para encontrar en ellos las herramientas para enfrentar la vida.

Es por eso que muchas editoriales ni siquiera se arriesgan a apostar por temá- ticas comprometidas o estéticas revolucionarias.

El resultado de esto es que en el campo de la literatura para chicos exista una suculenta producción de libros con una mirada edulcorada, libros que no dejan huella, ni trazan caminos, ni abren puertas ni interrogantes, libros que se olvidan en un parpadeo.

Otro punto a discutir es la expresión "literatura infantil", ya que en ella subyace una idea de infancia ñoña. En cambio, se cree conveniente hablar de una "literatura para chicos", que pone el acento en los pequeños lectores y es capaz de ver con sus ojos, sin menospreciarlos.

Pero no todas son espinas en este campo. Así como están las editoriales que fabrican catálogos en molde con contenidos pedagógicos, han surgido como resistencia, un puñado de editoriales pequeñas que se la juegan a publicar una literatura de calidad. Esa literatura capaz de interpelar al lector, que no rehúye al conflicto, que pretende descolocar, movilizar, inquietar, cuestionar y hacer pensar, en primera instancia a los chicos, pero también a los adultos que cada vez más la consumen. Una literatura que desafía con sus propuestas estéticas y habilita para el asombro y la conmoción, que ofrece productos novedosos y estimulantes que no subestiman la inteligencia de los chicos. Una literatura preocupada y ocupada en hacer libros que sean capaces de quedarse para siempre en el corazón de los lectores.

Gracias a este tipo de producciones es que hemos recogido, en el último tiempo, importantísimos premios internacionales, como el Astrid Lindgren, que se le otorgó a Isol (foto) o el Hans Christian Andersen, que consiguió María Teresa Andruetto. Como también prestigiosos reconocimientos que año tras año alcanzan editoriales como Pequeño Editor o Calibroscopio.

Sin embargo, a pesar de estos buenos intentos, todavía falta llegar más alto. En la medida en que se experimente con nuevas temáticas, estructuras y argumentos se podrá ganar altura. En eso debiéramos estar comprometidos padres, bibliotecarios, docentes, narradores, escritores, editores y Estado.

Por María Luz Malamud para la revista "El Viajero Indeciso"