Con una pequeña ayuda de mis amigos
El feriado largo empezó para mí de la mejor manera posible, fluyendo sobre una bicicleta en el pedemonte. La mejor creación del hombre -ese aparejo veloz, eficiente, atractivo-, aplicado a la mejor creación de la naturaleza: nuestros cerros ásperos, de esa belleza que no es de maqueta símil Suiza (no te enojes Bariloche) sino difícil, plena de vida secreta entre las piedras y las espinas.
era una de esas jornadas en las que todo fluye: el cuerpo entra en sincronía con el esfuerzo y con el entorno, los sentidos permanecen en el presente absoluto. La bici ultraliviana y silenciosa entrega su mejor desempeño. Y uno logra ingresar en el delgado equilibrio en el que la dificultad del terreno, la velocidad y la capacidad de manejo están parejas. (Algunos autores lo definen como "estado de flow", o "estar en la zona").
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Pero la tarde de un jueves bastante santo dio un giro infernal en pocos minutos. Mientras pedaleaba desde los circuitos de Chacras de Coria hacia mi casa en Maipú, un gordo en equipo de gimnasia me agarró del cuello, me amenazó con una supuesta arma (que ni siquiera vi) y en segundos se llevó mi posesión terrenal más preciada. Pasé de ser el jinete de un pura sangre de fibra de carbono a ser un peatón con casco y zapatos con fijaciones, absolutamente inhábil para caminar. La infelicidad hecha carne y hueso, un maldito muñeco de torta parado en la mitad del Carril Gómez.
Voy a ahorrarles, queridos lectores, las peripecias del regreso y la denuncia. Las y los agentes de policía fueron amables. Escuchar por unos minutos la frecuencia oficial me dio un indicio de lo salvajes que pueden ser los atardeceres de feriado, en mundos menos afortunados que el que me toca. Me refugié en mi casa y en mi familia.
Así llegó el viernes, el Día Después, y con él la verdadera dimensión de la pérdida, y el nudo de este relato. De repente estaba diez casilleros para atrás en el juego. La bici tenía cuatro meses y todavía la estaba pagando. Había sido el resultado de años de prueba y error, de restarle recursos a la economía familiar. Sentado en la cama masticaba comparaciones: la mitad de un auto, un viaje con la familia. Mi mente proyectaba una y mil veces la película del atraco, con sus precuelas (y si hubiera elegido otro recorrido... y si hubiera entrenado a las 5:30AM en lugar de a la tarde...) y sus finales alternativos (si hubiera tenido la madre de todos los aerosoles de gas pimienta...).
Y, lo peor, adios a los entrenamientos y a la competencia, a pocos días de una carrera en Chile para la que nos habíamos estado preparando mucho.
Se que la actitud con la que uno aborda los problemas no cambia la realidad concreta, pero sí condiciona qué aspectos de esa realidad selecciona nuestra cabeza. Sin embargo, no lograba salir de esa inercia cuesta abajo. En un acto de autoflagelamiento, me salí de los grupos de Whatsapp relacionados con la actividad.
¿Cómo torcer el rumbo? Pensé en las historias de lucha contra la adversidad que tienen nuestras montañas. Como la de Henri Guillaumet. En el invierno de 1930, este aviador francés volaba entre la Argentina y Chile, Pero su Potez 25 falló y tuvo que aterrizar en la Laguna del Diamante, cubierta de hielo y nieve. Guillaumet empezó a caminar hacia Mendoza. Pero en medio de un temporal, cayó rendido en la nieve. Pensó que si se quedaba en el lugar, nunca encontrarían el cuerpo y por lo tanto su familia tardaría años en cobrar la pensión. En cambio, si se arrastraba hacia una gran piedra a unos 50 metros, podría sentarse allí y su cadaver sería más visible. Así que se levantó y logró dar un paso hacia la roca, y luego otro: y así siguió caminando por varios días y noches, hasta que encontró a un joven puestero que lo auxilió. Es conocido el relato de Guillaumet a su amigo Antoine de Saint Exupéry: "Lo que salva es dar un paso. Luego otro paso. Y es siempre el mismo paso que recomienza".
También recurrí a un artículo sobre el entrenamiento en situaciones adversas, del preparador físico y autor Chris Carmichael, que me ha ayudado a subir a la la bici en más de una mañana helada. El texto se refiere a ejercitar la "dureza" -"toughness", en inglés, que se puede traducir también como rigor-. Para Carmichael, este concepto "no tiene nada que ver con ser agresivo o rudo", sino que es "tu capacidad de absorber el trabajo duro y manejar las condiciones adversas, y al mismo tiempo permanecer enfocado en tu objetivo y con la cabeza estable". Como atleta, "la clave para endurecerse es aceptar que nunca las cosas van a ser perfectas", y aprender a manejar la incomodidad y la incertidumbre.
Pero la verdad es que nada parecía cambiar mi realidad de un penoso viernes santo: aunque me automachacara con la autoayuda, aunque cambiara mi nombre a Don Incómodo Incertidumbre, seguía siendo un gaucho sin caballo.
Y ahí empezó a sonar el celular. (Ok... las primeras llamadas fueron el mismo jueves a la noche. Sepan disculpar, me dejé llevar por la narración). Primero el profe del grupo de entrenamiento, Fede Santoni: y los compañeros con los que había acordado correr en Chile. El celular y el whatsapp no paraban. Se sumaban otros del grupo, con los que había tenido menos trato... En cuestión de horas, se acumulaban los apoyos y los ofrecimientos. Varios provenían de gente a la que conocía hacía unos pocos meses. ¡Me ofrecían desde sus propias bicicletas para ir a correr a Chile hasta prestarme por tiempo indeterminado las que no usaban, incluso ayuda económica para comprar una!
Siempre me había sonado un poco a frase hecha aquello de que los deportes enseñan cosas para la vida. Hasta este fin de semana. Creo que lo que intento decir es que por cada gordo cogotero ladrón de sueños ajenos, hay cinco o diez personas capaces de bajarse de la bici y pasársela a un amigo.