Sueños son
(...) que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son. La vida es sueño. Pedro Calderón de la Barca.
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- Ha de ser sumamente trágico, para un espíritu harto creativo, el hecho de tener que despojarse de sus noches de ensueño. Su estela, se refugia siempre allí donde nadie pueda encontrarla. -opinó con suma afectación uno de los allí presentes.
- En vano es que se intente apagar el espíritu bienaventurado de aquel que vive en sueños, ¿no lo crees así, estimado Nicanor? -dijo la consorte de Mr. Chamberlain, dirigiendo una mirada de complicidad a Nicanor, quien se hallaba un tanto distraído, cavilando en sus propios asuntos.
- Pues, estimo que así debe ser. Creo que los momentos más felices en la vida de un hombre, se dan en los sueños. Fuera de estos, todo resulta insulso y falto de sentido. Alguien me dijo una vez: pueden matarse los sueños, mas no al soñador. -los convidados escuchaban con sumo deleite el discurrir de Nicanor.
- Bonita frase, pero no es más que eso. -prorrumpió con desdén otro de los invitados.
- Tenga a bien explicarse, Mr. Byron. -propuso una de las damas, quien se encontraba prendada de la conversación, al igual que varios de los otros personajes.
- Bien; pues no creo que sea posible afirmar que eso sea del todo cierto. Los hay quienes socavan por completo al soñador y a sus sueños. Les molesta y asusta sobremanera, la existencia de dicho género, puesto que no pueden comprenderlo. -la mayoría de los congregados dejaban entrever su conformidad con dicha opinión, pero otros tantos, daban claras muestras de estar en desacuerdo.
- Cierto, pero así y todo, aquella estirpe de hombres que sueñan, no podrá erradicarse ni ahora ni nunca. Tienden a resurgir y a perseverar en sus anhelos, pese a los obstáculos que muchas veces se interponen entre ellos y sus más profundos cometidos. -comentó con un dejo de zozobra, un viejo de aspecto abnegado que con vanos esfuerzos, había intentado unirse a la conversación desde hacía un largo rato.
- Es una quimera, pensar que un hombre puede vivir a costa de sus sueños. Preciso es que se le saque cuanto antes de su desvelo, de lo contrario, su vida ha de figurársele demasiado corta.-atinó a decir Mr. Byron.
Mientras sucedía todo esto, Nicanor, a la manera de un nefelibata consumado, sentíase profundamente dichoso por formar parte de aquel grupo de hombres que no temen soñar. Su corazón se hubo ensanchado como nunca antes, a un ritmo inusitado, al caer en la cuenta de que en su mundo sólo cabía lugar para los momentos de ensoñación, y los caprichos harto justificables de su espíritu.
A la sazón, experimentaba un profuso sentimiento de regocijo, el cual se expandía a través de todo su ser. Sus ideas se transparentaban en la afectación de sus palabras, las cuales evidenciaban el estado de su fuero interno; y todo cuanto pudiese nutrir su interioridad, era bien recibido por su persona toda.
- La vida siempre hubo sido breve para aquellos espíritus que cifran su existencia en sueños. Y es que no se puede prolongar demasiado, pues, como todas las cosas bellas que nos rodean, tiende a extinguirse de un momento a otro. -Nicanor se mostraba reflexivo, como si se encontrase buceando en un mundo de ideas y pensamientos.
- ¡Ah! ¡Con que tenemos a un pensador entre nosotros! Un punto de vista interesante, pero, entonces, ¿para qué dedicarse a soñar, si al fin y al cabo, nada hay que puedan hacer por nosotros los sueños? -interpeló Mr. Byron a Nicanor. Su acostumbrada tendencia a rivalizar con los demás, hacía que su carácter fuese difícil de descifrar, ocultando en él, el mayor de los recelos hacia sus contemporáneos.
- Sería inapropiado de mi parte, adjudicarme dicho título. Sólo soy un hombre al que le complace el estudio del espíritu humano. ¿Qué sería de la vida sin los sueños? He ahí la pregunta que deberíamos de hacernos. Considero que los avances y las transformaciones más importantes de la humanidad; en otras palabras, la historia, así como también, las creaciones artísticas más sublimes de todos los tiempos, son fruto de los sueños que moldean la acción del hombre en un primer momento. Toda obra humana, se cimenta sobre las bases de un sueño que busca ser alcanzado. Si estamos vivos, es porque soñamos; de lo contrario, nada tendría sentido alguno. -sentenció con ímpetu Nicanor.
- ¡Acérrimo! ¡Exquisito! ¡Siempre tan culturizado e instruido a la hora de hablar! No me extrañaría que el día de mañana, ocupes un puesto importante en el senado. Oh, lo sé, no eres partidario de ello, pero es que necesitamos personas de tu talla. Piénsalo mejor, quizás más adelante, por qué no, cambies de parecer. -se dirigió con algarabías a Nicanor un prestigioso funcionario.
A continuación, una parte de los agasajados cogió sus abrigos de piel, y se dispuso a partir. Nicanor, quien se hallaba animoso y de excelente humor, observaba con ojos embelesados a una de las damas ubicada al otro extremo del salón. Se preguntaba a sí mismo, cómo podría ser posible que una criatura como aquella no tuviera sueños. Y entonces se respondía: quien nunca ha soñado, no conoce el alcance de lo que se sueña. Pensaba en todos los hombres que hubo conocido a lo largo de su vida, y siempre arribaba a la misma conclusión; que no se puede esperar mucho de aquel que trata a los sueños como una enfermedad que debe ser erradicada, antes de que sea demasiado tarde para el que la padece. El mundo del cual era partícipe, distaba de parecerse siquiera a aquel que anhelaba en lo más hondo de su ser. Alcanzaba a vislumbrar cuán dormidos se hallaban los hombres de su época, y ello, afectaba a su corazón sin consuelo. Así y todo, albergaba la esperanza de que en un futuro cercano, cada quien se animase a alzar su voz, para gritar sin temor a los cuatro vientos: ¡heme aquí, soy un soñador!
Manuel Arias

