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Canción de amor y despedida a Mario Mátar

Partió el mejor guitarrista de rock de la historia de Mendoza. Dueño de un inconfundible estilo, de una sonoridad propia, fue maestro de guitarristas y maravillosa persona. Aquí, la despedida de un amigo.

Yo sabía que, en estos días, iba a tener que sentarme, otra vez, a decirte gracias y a decirte que te quiero mucho y que tengas buen viaje. Mientras regaba el jardín, me enteré de tu partida y debí finalmente asumir lo inevitable. 

Hace unos meses, estuvimos más juntos que nunca; vos sabías que debíamos vernos con la urgencia de la muerte que venía galopando: me elegiste para contarme tu vida, porque te gustaba como escribía y porque te habia hecho llorar, cuando escribí sobre la muerte de nuestro Carlitos Córdova. Querías que escribiera sobre vos, sobre tu vida y tu música. Tenías muy en cuenta que la Parca venía por vos, porque te ovillaba con tenacidad; venía, como viene por mí y por todos, y te interesaba dejar en limpio tu enorme legado: la música que hiciste. 

Nos hicimos un plan de trabajo: charlar, charlar mucho, para recuperar todo lo que se pudiera de tu vida y que yo hiciera algo con eso: especialmente presentar los siete discos de tu carrera solista que, con toda justicia y dedicación, prepara la Secretaría de Cultura para homenajearte y, también, después, encarar un documental sobre tu vida, para que los pibes que no te vieron con una viola encima, supieran de tus prodigios, de esos sonidos que hicieron que lograras algo único: tener un estilo, un Estilo Mátar (cuando te lo decía, agradecías, con tu voz finita: "Uh, gracias, loco, viniendo de vos..." y yo te devolvía el piropo  "uh, gracias, Marito, viniendo de vos" y nos reíamos de buena gana y pasábamos las tardes como tórtolos charlatanes chabacanos, primero, en tu casa de Godoy Cruz, después, en el jardín de la clínica, en la que los enfermeros te trataban con mucho cariño y con la misteriosa devoción que les provocaba presenciar que eras objeto de veneración, aunque jamás te hubiesen oído tocar la viola. 

En una de aquellas ocasiones, cuando te dije que dejabas como legado un "Estilo Mátar", una sonoridad inconfundible, llorisqueaste como nena y me dijiste: "Gracias a Dios que me lo decís; te juro por Dios, ante la enfermedad, ante todo, es... gracias, por lo que me decís. El sueño absoluto de mi vida era lograr un estilo mío, una sonoridad mía. El Natalio Faingold también me lo dijo, el Javier Segura también me lo dijo. ‘Morite tranquilo Mario que esa la lograste', me dijo el Javier. Bueno o malo, 'lograste un sonido tuyo, esa la lograste'. Qué bueno que me lo decís vos también". 

Fuiste excesivamente humilde y tímido, Mario; extrañamente, siempre te costó creer en vos; por eso, siempre fue mejor que hablara tu guitarra.  

 

Ahora que te fuiste, vuelvo a decírtelo: gracias por regalarme ese valiosísimo tiempo de tu vida, capo; gracias por abrirme la puerta de tu vida y por haber tocado la guitarra. Trataré, quién sabe, de convertirlo en algo que, de fondo, tenga tu música, esa banda sonora de tantos de nosotros. 

Así fue que empecé a ir a tu casa, en la que con tanto amor te cuidaban tu mujer Patricia y tu hija Yamila. Lo primero fue acostumbrarnos a convivir con el hecho de que, físicamente, ya no eras ni la sombra de lo que eras: aquel Gordo Mátar que todos conocimos, ahora podía ser levantado de modo relativamente fácil por mis brazos y así acomodarte para seguir charlando. Esa enfermedad de mierda que tenías asumida, liberaba tu cabeza de todo mal y se ponía a mil, a mil de bien en la conversación, tan detallista en los recuerdos, tan encantada con los encantos, tan llena de música: escucharte hablar y ver tus preciosas manos, ya torcidas como alambres viejos, fue un arcano a descifrar, una potente metáfora de la consumación.

Así fue como pusiste el relato de tu vida en mis manos y me hiciste recuperar parte de la mía, con tu música de fondo. Y, sí, escuchamos un montonazo de tu música y salieron a cuento tantos músicos queridos por vos: algunos, los más queridos y constantes, te visitaban en tu pieza y también aprendieron a moverte de la cama y fueron a la pieza de al lado, donde tenías la computadora con todas tus canciones y te vieron mover el mouse con tu mano malherida y escucharon tus solos de guitarra y volvieron a admirarte, mientras los tarareabas. No voy a nombrarlos para no olvidar a ninguno, porque todos te quieren mucho y, ahorita, todos andan ahora llorando por los rincones, igual que vos hacías llorar a tu guitarra. 

Bueno, mi hermano, me voy yendo; entenderás que tengo que seguir viviendo lo que me quede, poco o mucho. Acá abajo dejo aquel prólogo presentación de vos y de tus discos que escribí para el box de tus siete discos y que tanto te gustó. 

Estarás en mi corazón lo que dure mi dudosa, endeble eternidad, querido Gordo Marito Mátar. Si Dios acaso existe -y vos creías y confiabas mucho en él y en Jesucristo- ha de haberte recibido ayer con una colección de guitarras y un pedido, más bien una orden, de que toques algo para él. Descansá, Marito, tu solo terminó y ahora queda soplando en el viento, como "Frigio 16", ese tema que grabaste con el Facundo Guevara en percusión en 1988 y que, siempre, fue uno de tus preferidos...

 

El santo padre de las guitarras 

Mario Mátar nació en San Rafael en el 30 de setiembre de 1957 y a los diez años su familia se mudó a un estupendo piso, en pleno centro de la capital mendocina. Nada en la vida de aquel muchachito hacía prever que se convertiría en el mejor guitarrista de rock de la historia de Mendoza. 

Hijo de familia acomodada, alumno de escuela privada, a Marito nunca le faltó dinero para comprarse montones de discos y revistas de rock y vinilos de jazz y remeras Fred Perry y Penguin; y siempre le faltó voluntad para someterse a una dieta: ese exceso fue su histórico calvario, pero también una llave tortuosa hacia su versión de la maravilla. 

Mario y su hija Yamila

Un espíritu inquieto, un carácter naturalmente tímido, un placer por la exquisita intimidad de su cuarto y sus kilos de más, lo acercaron a su primera guitarra, a principio de los '70. Y fue amor a primera vista y, desde entonces, una y otro, comenzaron a tejer abecedarios auditivos, hasta nuestros días. 

Desde la formación de la emblemática banda Altablanca, en 1976, su carrera corre, a lo largo de 40 años, de la mano de lo mejor de la historia del rock del oeste de Argentina. La citada Altablanca y otras bandas como Raga, Neptuno Club, Salsa Blanca y Zonda Project, dan sobrada cuenta del asunto. Además, menos conocida hasta ahora, no hubo año en que no echara mano a su espléndida carrera solista y que, a la vez, no diera clases de guitarra, sin guardarse nada, a los más sobresalientes violeros que en su tierra se pueden conseguir. 

Aquí, gracias a la Secretaría de Cultura de Mendoza, finalmente salen a la luz siete discos solistas ineludibles de este enorme violero: "La llave del sendero", "Aún creo en el paraíso", "Neptuno Club", "A través del gran arco", "Attesa silente", "Aldea" y "Aeropuerto de pájaros", su primera experiencia en solitario, en 1986. 

Se trata de una decisión fundamental para la cultura de Mendoza: poner en valor a uno de sus máximos artistas, alejado para siempre -por una severa enfermedad- de las guitarras, pero devenido en productor musical de exquisitez manifiesta. 

Mario Mátar tocó en sus guitarras todo aquello que debió tocar y muy buena parte lo dejó registrado en su estudio: incontables horas de registros dan cuenta de ese tesoro, aún no descubierto totalmente. Ahora, de un saque, nos pone delante del hocico siete discos repletos de belleza, de búsqueda, de recuerdos, de emociones y, fundamentalmente, de su talento. 

Fundados desde un estilo propio y reconocible, de una sonoridad que ineludiblemente nos remite a su nombre, Mario Mátar nos ofrece aquí su legado, la banda sonora de sí mismo, una fuente inagotable de inspiración para toda generación futura. Disfrutarlos, será poco; crecer bebiendo de ellos y correr el riesgo de reinventarlos para reinventarnos, los desafíos necesarios que nos impone la íntima belleza que supo brotar de sus manos y que, ahora, abandona para que nos hagamos cargo de trascenderla. 

Ulises Naranjo.