In crescendo
"(...) con uno de esos amores pasionales que asaltan una existencia y la arrasan como un huracán, dando cuenta de la voluntad, la razón y los humanos respetos". J. M. Eça de Queirós. Los Maia.
-
Te puede interesar
Llega el Festival del Alfajor: cuándo y dónde será
----------------------------------------------------------------------
Cándidos cielos se agolpaban en torno a las inequívocas circunstancias del enamorado Nicanor. Hallábase presa de ardorosos y tiernos sentimientos que no daban tregua, mas nadie estaba al tanto de su estado espiritual, pues se conservaba para sí, procurando con ello aumentar su propio regocijo interno. Su corazón de Romeo se colmaba ante los devenires amorosos que le deparaba su actual existencia. Las más de las veces, creía y descreía de todo cuanto se le puede llegar a atribuir a aquella pasión rebosante que ataca a los corazones bienaventurados, haciéndolos convalecer en la más honda pena, y que la mayoría ha convenido en llamar Amor. La naturaleza de su carácter, por demás encaprichada con los asuntos del alma, y acostumbrada a experimentar los estados de ánimo más intemperantes, lo sumía en una profunda tristeza cada vez que su imaginación procuraba deleitarse con la imagen risueña de aquella almita que hubo agenciado su corazón. Tal y como si se hallase perdido en los Campos Elíseos, y sin nadie que lo guíase en aquel fatigoso recorrido, Nicanor, no podía entrever el destino que le deparaba aquella existencia en sumo caótica e incierta. Su única esperanza era abonar aquellos complejos sentimientos que le arrebataban el alma, y rendirse a los pies de un Cupido que veía consumarse en el regocijo de los mortales el suyo propio. Serio y taciturno en sus maneras, ahora veíase transformada toda su persona. Podía jurarse ante los cielos sempiternos que aquel hombre que antaño hubo cerrado su corazón ante la menor posibilidad de una existencia humana compartida, ahora hallábase perdidamente enamorado de una muchacha que con sus encantos y con tiernas muestras de afecto, supo quitar la maleza que se encontraba obstruyendo los sentimientos más beatos del huraño escritor.
Odiaba la idea de tener que abandonar la tierra cuna de Borodín y Dostoievski; ambos alma máter y fuente de inspiración divina de un sinnúmero de artistas, que tal y como ella, pretendían consagrarse en el estrafalario mundo del arte. Y al igual que Nicanor, su alma penitente sufría con todo ello, pues en su corazón anidaban sentimientos semejantes a los del escritor enamorado. Su falta de interés ante los reiterados obsequios e impúdicos cumplidos de que era objeto por parte del séquito de adonis que la acechaban a diario, era una muestra cabal de su lealtad y entrega absolutas. Por mucho que intentasen llegar a su alma con promesas de dicha infinita, el abanico de sus pensamientos le pertenecía ahora a un único hombre, y todo el afecto de su ser sólo podía consumarse en la persona de aquel perenne romántico.
Pero al cabo de unas semanas, la tierna y exultante muchacha hubo arribado a su país de origen, y lo más que pudo atesorar de aquella musa inspiradora, no fue sino el recuerdo de sus pequeñas y delicadas manos al momento de ejecutar el piano, y la reencarnación de la inocencia y la pasión que descansaban en aquel rostro decorado con los detalles más hermosos que alguien pudiera poseer en la tierra. Nicanor, como buen conocedor del alma humana, y aun cuando se hallase medio muerto, caminando sobre un mar de lágrimas, sabía muy bien que la música que residía en su interior, desde ahora sólo podía continuar in crescendo...
Manuel Arias