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A paso de tortuga

¿Por qué? Era la pregunta que asomaba sus narices, y de forma solapada, por las elevadas planicies que conformaban los voluptuosos pensamientos de Nicanor.
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"Zaratustra sonrió y dijo: A muchas almas no se las descubrirá nunca a no ser que antes se las invente". Así habló Zaratustra. Friedrich Nietzsche.

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¿Por qué? Era la pregunta que asomaba sus narices, y de forma solapada, por las elevadas planicies que conformaban los voluptuosos pensamientos de Nicanor. ¿A cuento de qué un hombre podría recluirse en la más perpetua soledad, y sin ánimos de volver a reunirse con sus congéneres? Lo que a unos amordaza, a otros los libera, pensaba gravemente para sus adentros. En suma, preguntábase a sí mismo acerca de los más sublimes estados que pueden agolparse en el espíritu del hombre; de un hombre tal vez derruido y trastocado por todo lo que hace al devenir, o en su defecto, de un hombre incomprendido para sí y por el resto, y que pugna por adentrarse en las formas más puras de su existir, y salir airoso del vasto camino escudriñado, o cuanto menos, con la piel mudada, a la manera de un insigne y experimentado camaleón. Sus interpelaciones no resultaban en vano, al menos no para su persona, puesto que le permitían sondear, y si las cosas llegaban a buen puerto, expandir también el grado de conocimiento que detentaba el corpus de su ánima. Si aquel viejo y huraño pensador, echado a menos por las caprichosas dolencias que hacen a la vejez universal, y por lo demás, llamado maestro por todos aquellos que alguna vez hubieron tratado con él, no hubiese decidido ser uno con la montaña, quizá los interrogantes que se le presentaban a Nicanor, habrían pasado a formar parte de la debatible no existencia; de la nada oscura e incorpórea. Pero tal y como la tierra fértil se acomoda sin pedir permiso, del mismo modo se hubo sacudido su espíritu. Al igual que él, o quizá procurando hallar otras respuestas, las gentes de aquella pequeña comunidad que profesaba unas costumbres en sumo arraigadas, y cuya existencia giraba en torno a la naturaleza y al encuentro con un Dios al que amaban sin recelo, demostrándole su devoción por medio de ciertos sacrificios que a sus ojos eran bien vistos; se preguntaban acerca de los motivos humanos que hubieron conducido a aquel erudito de barba milenaria a internarse en las vastedades de una severa y colosal montaña. Desde el momento en que este hubo anunciado su partida, y hasta que alguien comenzó a preguntarse sobre el estado de aquel sempiterno viajante, nadie creyó oportuno reparar acerca de la conveniencia o no de dicho destino. A veces, la fuerza de un hombre puede conquistara la de cientos, o al menos así lo creía Nicanor, quien no podía evitar pensar en las vicisitudes de semejante empresa: el hombre y su encuentro consigo mismo, o lo que vendría a ser lo mismo, el hombre y su íntima comunión con la naturaleza.En cierto modo, sentíase identificado con el quehacer transmundano del viejo profeta. Sabía que dicha determinación sólo podía resultar en una cosa y no en otra, a saber, en la vivificación de un espíritu que brega por conocerse, y que en última instancia, se siente sumamente aturdido en lo que respecta a su existencia, y es por ello que desea sosegarse con los elementos que componen la sabia naturaleza. Y aun cuando lo asaltasen un sinnúmero de dudas en torno a la realización de dicho cometido, comprendía que no existía nada más reconfortante para el espíritu del hombre, que hacerse a su propia suerte, sabiendo de antemano que las más de las veces el camino es aciago, y que se halla colmado por derroteros inciertos. Albergaba un profuso respeto por todo lo que representaba la figura de aquel asceta en la madurez de la edad, cuyo ser hallábase atravesado por un destino fundante, en tanto que su obrar entraba en consonancia con este.El viejo, quien antes de partir no se hubo despedido de nadie, excepto de los árboles y de los animales que se hallaban en su humilde granja, sólo se dignó a sonreír y a levantar los brazos hacia el alto cielo, a modo de alabanza. Su viaje, en cierto modo, había comenzado mucho antes en el interior de su alma; es por ello que a nada temía ni a nada habría de temer en lo sucesivo. Sentíase a gusto consigo mismo, mas deseaba multiplicar su regocijo una vez que hubiera arribado con la fuerza de su espíritu, y con la abundancia de su corazón, a las elevadas y misteriosas montañas. Deseoso se hallaba por entablar un contacto íntimo con la inveterada naturaleza, que se presentaba a todas luces como lo único verdadero y trascendente. Si acaso existía un propósito oculto que escapara a los ojos de los mortales, estaba convencido de poder dar con él en la más absoluta soledad. Y así fue que de un momento a otro se hubo adentrado en los parajes de una experiencia sin igual, en donde lo substancial era conquistarse a sí mismo, más allá de cualquier otra cosa.

Nicanor, quien por su oficio como periodista, y también por su aguzado olfato de escritor experimentado, se hubo puesto al tanto acerca de todo el asunto, no pudo evitar ir al encuentro de aquel magnánimo espíritu. Acompañado por un montañés nativo de la comunidad, quien con vocación altruista se hubo ofrecido como guía, pudo dar con el vetusto caminante, el cual se hallaba viviendo en una especie de pesebre. Ya solos, cada cual a su manera, abrieron sus corazones:

- (A la manera de un Zaratustra). ¿Quién eres o dices ser? Preséntate, servil hombre. Preguntas y más preguntas te dirás a ti mismo, pero has de saber que nada seríamos sin ellas (con ojos graves y meditabundos). ¿A qué se debe vuestra visita? -dijo con aire sosegado el viejo profeta.

- (Algo contrariado por las palabras que hubo empleado el viejo). No pretendo interrumpir su morada aquí, ni mucho menos. Me llamo Nicanor, y soy periodista. Mis fuentes me hubieron informaron acerca de su existencia, y decidí verlo con mis propios ojos. ¿Le molestaría si le hago algunas preguntas? -el viejo parecía hallarse en otros parajes, pero a continuación, asintió con la cabeza a modo de acuerdo.

- Pues, ya que has tenido a bien presentarte, creo conveniente hacer lo mismo. Allí abajo me llaman el loco, o a veces el viejo que nada sabe, pero lo cierto es que poseo un nombre, y es Saíd. Con los años, y muy a mi pesar, me he hecho de cierta fama. Mi vida austera y mi excéntrico comportamiento han contribuido notablemente a ello. No me quejo, pues nada podría obtener que me beneficiase al hacerlo. Siempre hube dejado que las cosas siguieran su curso sin más, y es por ello que me encuentro hoy aquí, en comunión con la naturaleza, la más sabia de entre todas las cosas que componen el universo. -sentenció gravemente el octogenario.

- (Abstraído por el pensamiento de aquel nefelibata). Me gustaría entender un poco más el asunto, y es por ello que quisiera preguntarle cómo es posible que un hombre, que por naturaleza tiende a construir vínculos con un otro, pueda despojarse de todos sus bienes, y aún más, de su existencia en comunión con otros seres.

- He conocido a muchos hombres que decían vivir, pero a pocos que en verdad lo hacían (alegórico y cabal).

(Silencio).

- La gracia de uno es la miseria de otro, nunca lo olvides, estimado Nicanor. Es debido a las necesidades que inquieren a mi espíritu el que me halle hoy aquí. Cuando un hombre ha vivido lo suficiente como para darse por satisfecho, es preciso que se aparte del resto. Allí estriba el verdadero sentido de todo cuanto uno puede llegar a precisar con palabras. La razón por la cual hacemos lo que hacemos, no es sino un misterio que pocas veces se nos devela. Y el camino que hemos de tomar en esta tribulada existencia, se yergue en nuestro propio ser. Es por ello que he decidido aislarme del mundo circundante. Si uno desea asirse a su propia voluntad, necesario es despojarse de los bienes materiales y demás placeres que perturban la tranquilidad del espíritu.

- Parece hallarse muy convencido de lo que piensa. -señaló, seguro de hallarse ante uno de esos seres especiales que moran en la tierra y que se dan a conocer sólo muy de vez en cuando.

- Mis ojos, que en paz descansen, puesto que se han apagado para sí poder observar mejor con mi espíritu, han visto desfilar a muchos indolentes a quienes nada les satisfacía por completo. Su moral, o más bien la falta de ella, los cegaba, y no había forma de que pudiesen quitarse la venda de los ojos. Atiende bien a esto; aquel que posee menos, en realidad es el que posee más.

- (Embelesado por semejante muestra de sabiduría, evitaba interrumpir al maestro).¿Cree que al distanciarse del resto puede llegar a alcanzar cierta trascendencia espiritual?

- ¡Oh! Mucho más que eso, mi estimado amigo. -el tono con que hubo dicho esto, daba a entender que las preguntas de Nicanor le procuraban un goce infinito.

- (Expectante). ¿Y de qué se trata todo este asunto entonces?

- (Como agradecido por la pregunta). Se trata de todo y de nada al mismo tiempo. Al levantar una piedra, en realidad lo que estamos haciendo es dar a conocer nuestras debilidades. No se pueden levantar todas las piedras del mundo, como tampoco se puede pretender hallar refugio en los mismos lugares de siempre; cuando en realidad nada es seguro, y todo tiende a transformarse perpetuamente.La trascendencia espiritual, tal y como has dado en nombrarla, es sólo una de las tantas formas en que podemos alcanzar la temperancia interna. Pero para ello, el hombre debe adquirir nuevas alas, más fuertes y el doble de resistentes, puesto que el viaje es largo, y nadie se halla preparado para ayudarle. Es la eterna lucha del hombre consigo mismo. -dijo el viejo, mientras sus ojos tocaban el cielo.

(Endeble, y atravesado espiritualmente por las enseñanzas de Saíd, Nicanor se mantuvo en completo silencio).

- No te preocupes, querido Nicanor, ya lo entenderás a su debido tiempo; a tu tiempo. No por caminar más rápido se llega antes. Hay quienes desean apurar su paso, cuando en realidad la única que se apura es la muerte. Y en lo que a mí concierne, seguiré yendo a paso de tortuga...

Y a continuación, el viejo se dispuso a dormir, perdiéndose de vista en su caparazón.

Manuel Arias