El artista vuelve a la vida
Puede que la muerte le hubiera impresionado y convencido por unos momentos de la futilidad de toda ambición. Bajo las ruedas. Hermann Hesse.
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"- ¡Oh, mis ojos ciegos e imberbes ya no lo son más! ¡El candor de la poesía puede continuar bebiendo del curso de la existencia! ¡Aquí y ahora comprendo el fulgor y la excelsa aflicción de los artistas! ¡Meritorias y arduas empresas han de llevar a cabo día y noche, sus fustigadas mentes que no cesan de hilvanar pensamientos, y sus muchos corazones que se hallan consagrados a la par en un único espíritu! ¡Infinitas horas de ensueño dedicadas a una pasión desenfrenada y a una austera vocación! ¡Qué no daría este miserable ser por sentir lo que ellos!
Tal era el estado de obnubilación en que se hallaba sumido L., o mejor conocido como El triste, como solían llamarlo en los diferentes círculos que frecuentaba, y en donde sus pinturas dieran irrefutables pruebas de sus magnificentes dotes artísticas. Pintor denodado, de carácter veleidoso, y huraño las más de las veces; romántico y cruento con sus enseres estéticos; su espíritu no podía detentar un mayor gozo posible que aquel que obtenía del misceláneo mundo de la pintura. Allí se cifraban sus más hondas aspiraciones y placeres. El mundo circundante, al que comparaba con una suerte de calamitoso infierno dispuesto por la furia de los dioses, parecíale por demás insulso, y hasta absurdo en sus vicisitudes, y es por ello que sentía quizá una fuerte inclinación por las artes. El simbolismo presente en sus pinturas, daba cuenta de su cosmovisión más profunda, así como también de los mecanismos que regían su extraña psicología. En cada una de ellas se atisbaba un verdadero sacrificio y entrega absolutos, a través del cual pretendía -sin contar quizá con una conciencia absoluta de ello- sacar de su embotamiento interno a aquellos seres menos avezados, y por otra parte, acostumbrados a aceptar el orden dado de las cosas, y que por lo demás, no llegan a exteriorizar ningún tipo de inconformismo o crisis propios de un ánima que se sabe pensante.Las vívidas e inequívocas imágenes que resultaban de su genio, se conjugaban armónicamente en idílicos lienzos, transportando al observador a otros destinos plausibles, a la vez que, beatíficos y trascendentales.
No obstante la estrella de su talento, así como también, el brío de su carácter apasionado al momento de hallarse obcecadamente concentrado y resuelto durante la ejecución de una nueva creación, contaba con la inmensa dicha que le proporcionara una esmerada y apacible compañera de vida, a la que le hubo destinado el mayor de los afectos de que era posible. Semejante beldad, no podía menos que exacerbar sus sentidos, y por lo demás, aguzar la paleta de sentimientos de que fuera dueño. La delicadeza de sus movimientos aletargados pero en sincronía; la verosimilitud de sus ojos negros abigarrados, y la honda impresión que daban de hallarse en otras latitudes;un cierto dejo de ironía al momento de expresarse, intentando por todos los medios posibles ocultar su ánimo alicaído valiéndose de subterfugios recurrentes; la manera velada con que diera a conocer su disconformidad para con los asuntos que atañían al mundo;la entereza de su ánima para hacer frente a los embates y azares propios de una existencia compartida; la suficiente virtud humana para secundar a un artista consagrado a sus ensueños; la delicadeza de sus manos ansiosas y sus brazos extasiados, acostumbrados a evocar un sinfín de imágenes de suficiencia; el abanico de afectos que desprendíase de su sensibilidad, y que armonizaba con sus ambiciones y sueños más pretéritos; las estrellas senescentes que intentaban ahondar en la gravedad de su mirada; el discurrir de sus pensamientos que no cesaba de mezclarse con aguas desconocidas; pero lo que es más importante aún, la candidez y la levedad de su espíritu para erigirse en la principal fuente de inspiración artística, sumían al pintor en un estado de éxtasis sin igual. Podría decirse que no existía cielo ni paraje en el universo de L.,que pudiera equipararse a los encantos de su amada, y que únicamente con su presencia podía apaciguar las impetuosas tormentas que tenían cabida en los puntos más ciegos de su espíritu. Cuando por momentos, debido quizá a una fuerza errática del carácter que pugnaba por ensombrecer su ánimo, se mostraba hierático y hasta tosco en su trato conyugal, su fiel compañera entregábase sin mayor dilación al silencio, y con suma devoción procuraba corresponder a la disposición de su humor.Pero los días risueños del flemático pintor cesaron sin más de un momento a otro, pues su musa inspiradora lo hubo abandonado de manera trágica e imprevista, tal y como suele suceder con aquellos espíritus alados a los que no les convencen los límites dispuestos por el mundo, y a continuación, deciden emigrar hacia destinos inciertos e inaccesibles para muchos.Con la partida de su estrella predilecta, vino el ocaso del artista, o más bien, el ocaso de un espíritu. Aquellos días nutricios y colmados de eternas alegrías, se vieron trastocados por perennes períodos de tristeza y honda amargura. Todo el amor y el júbilo que alguna vez se hubo agolpado en su pecho como su mayor conquista existencial, se transformaron pronto en las ruinas de un pasado vivo sin ningún asidero en el presente muerto. Sus pinturas, a la par que su interioridad, se tornaron sombrías e insulsas; el afanoso e inagotable entusiasmo con que trabajara durante día y noche en sus horas más prolíferas, hubo desaparecido como la idealización que enceguece a los enamorados en sus años mozos. El hecho de saberse solo y moribundo, a la manera de un ciego que se halla desvalido y a la intemperie en el desierto, minaba cualquier ambición que pudiese llegar a albergar para el porvenir, a la vez que lo sumía en una profunda desazón de la que su alma no hubo tenido antes registro alguno. Del árbol de la vida, que otrora fuese manantial de las mayores delicias y placeres, quedaban tan sólo frutos secos y desperdigados. El desencanto ante la vida adquiría cada vez mayor fuerza, y su memoria atrofiada por lo acaecido, evocaba aquellos recuerdos lindantes en que hubo sido un otro distinto; un otro lleno de vida y bienaventurado. En su corazón anidaban cuervos hambrientos y una malsana oscuridad, mas ello lo invitaba a perecer las más de las veces, y a alejarse de la vida en comunión con otros seres. En sus muchas cavilaciones, cuestionábase a sí mismo por la flaqueza de su espíritu, y comenzaba a entrever la posibilidad de volver a fundirse en un abrazo eterno con su difunta amada, mas un arraigado instinto de conservación y amor propios, repelían toda esperanza de muerte, y al punto, desistía de su cometido de emprender dicho viaje sin retorno. Frente a la imposibilidad de poder levantarse espiritualmente, es que hubo decidido cifrar sus últimas esperanzas en la religión. Pero los confines de dicho mundo le resultaron vanos, pues su tristeza no daba tregua, a la vez que sus pies se hallaban cansados y lastimados de tanto caminar sin un rumbo claro. Su mente se esforzaba por llegar a entrever el sentido de un pasaje bíblico que, por algún motivo particular, y, por lo demás, desconocido, hubo calado en el albor de sus pensamientos: Uno es en la medida en que no es aquello que es.El misticismo que encerraban aquellas palabras, alimentaban sus deseos de hallar una respuesta que pudiese calmar su turbación más honda. Pensaba que si lograba conquistar el significado certero oculto detrás de aquel entramado dotado de sentido, podría dar con una especie de bálsamo para su devenir existencial.La dificultad de dicha sentencia estribaba en las trabazones con que se encontraba al momento de tener que delimitar su uso y aplicabilidad en un espíritu transido e improductivo como el suyo. Deseaba volver a ser el mismo de antes, pero ello le resultaba en gran medida imposible, puesto que aquello que hubo sido en un tiempo pretérito, yacía ahora entre las sombras de su ser, y no había nada que pudiese hacer para recuperar los elementos desperdigados de su otro yo ya desfallecido.
Tras un denodado esfuerzo humano, y con la fuerte convicción de haber alcanzado el súmmum de sus aspiraciones internas, L. pudo culminar su última gran obra: El artista vuelve a la vida. A continuación, sus pinturas se oscurecieron, al igual que su cuarto, y su infausto corazón dejó de latir".
Fin.
Y con los ojos bañados en lágrimas, Nicanor se dispuso a cerrar el libro. Otra existencia que se refugiaba en las inmediaciones de su ánima; las vicisitudes de un artista que bien podrían ser las suyas algún día. Uno es en la medida en que no es aquello que es. En su mente resonaban aún aquellas palabras que hubieron asediado al protagonista de la historia, y para Nicanor, ello sólo podía significar una cosa; no se puede ser dos cosas a la vez, puesto que en un momento determinado se debe decidir en qué lado queremos permanecer, si en el de la vida o en el de la muerte.
Manuel Arias