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Desventuras de una porteña que cruzó la cordillera

El relato de la académica Clara Klix Berrotarán a MDZ, tras sumarse a la ola de argentinos que descubre Chile.
Foto: Gentileza lector MDZ
Foto: Gentileza lector MDZ

Clara Klix Berrotarán vivió en carne propia el trajín de viajar en micro hacia y desde Santiago con base en Mendoza. Aquí, a su retorno, abordaría el avión que la llevaría a Buenos Aires, su lugar de residencia.

Académica, docente de Letras de la Universidad Tres de Febrero, supo decirlo con las palabras correctas y, fundamentalmente, la impresión de quien cruza la cordillera en forma no habitual, qué se siente y qué pasa. 

Su mirada sobre la ola "compradora", sin desperdicio:

Decidí tomar el ómnibus de la noche para evitar cualquier posibilidad de llegar tarde al aeropuerto. Había costado arrancar. Una maraña desordenada de baúles, cajas, paquetes y valijas multicolores se amontonaban en la vereda de la estación. Abrumados, los empleados intentaban ubicarlos a presión. Hacía mucho calor, habría unos treinta grados. En Santiago todo el día había sido ardiente y lo disfrutamos. Paseos por avenidas de edificios posmodernos, una visita a la Plaza de Armas y un almuerzo en el restaurante giratorio nos habían mostrado la mejor cara de la ciudad. 

Apenas comenzó el recorrido, el sonido de los celulares horadó, como en un tiroteo, el relax incomparable en el que íbamos a caer. Una señora repantigada con su teléfono, en un tono cada vez más alto, iba desarrollando un relato pormenorizado de hechos mínimos vividos por ella en Chile, con el detalle de cada una de las compras que había efectuado. Al parecer, lo que más la regocijaba era imaginar cuánto le hubieran costado esos productos en la Argentina. Varias mujeres seguían la charla lanzando carcajadas y otras, como en eco, la reproducían con ligeras adaptaciones. Los hombres, aturdidos o embelesados por el parloteo femenino, iban en silencio. Algunos se revolvían, inquietos, o chistaban. Esperé que al perderse la señal, se acallaran los listados, pero su desaparición se demoraba. Al fin ocurrió. Con alivio intenté descansar, pero ni bien había empezado a adormecerme, una gran caja de cartón se desplomó a mi lado desde el portaequipaje. Un chico mendocino la levantó, y en lugar de acomodarla, con orgullo comenzó a desplegar objetos inverosímiles. Los pasajeros cercanos los elogiaban a gritos y, a su vez, exhibían los suyos. Mi compañera de asiento, una chica gitana de veloces ojos negros, sacó de su bolsa un par de tapones de siliconas y se los colocó en los oídos. El ómnibus continuaba su cruce a una velocidad media. Con el balanceo del viaje yo iba recobrando mis recuerdos y mi calma. En el trayecto de ida había podido apreciar, bajo la intensidad azul del mediodía, la gloria de esas montañas grandiosas y austeras, que en algunas curvas se veían doradas y en otras, cubiertas de sombras. En el Paso de Uspallata, el mítico resplandor del sol de los Andes imponía al entorno algo tan majestuoso que parecía irreal. 

De repente, nos detuvimos. Serían las tres de la mañana. Me sorprendió que el clásico ronroneo del colectivo continuara. No hubo informaciones y, curiosamente, tampoco ninguna pregunta. Todavía hacía calor. Había transcurrido ya una hora cuando intenté mirar hacia el exterior pero los vidrios, transformados en espejos, sólo reflejaban el cubículo del micro con sus ocupantes que iban y venían trajinando con jugos, mates, comida y otras yerbas. Deduje que estaríamos cerca de la frontera. Cuando estaba por cumplirse la segunda hora, pude ver desde la puerta una interminable columna de camiones y buses. Debíamos haber quedado a varios kilómetros del paso, sin que pudiera saberse a cuántos. Cada viajero conservaba su posición: uno roncaba, otro abría paquetes derramando líquidos y olores, una madre amamantaba a su hijo, todo un mundo inmovilizado. La forzada quietud hizo que me sintiera como dentro de una cápsula llena de vahos. La espera resultaba agobiante. De a ratos, el sonido del motor, o de lo que fuera, probablemente para mantener encendida la ventilación, permitía creer que nos movíamos. Con tristeza comprobé que lo que producía la ilusión del movimiento, junto con el ruido, era el profundo y frustrado deseo de avanzar. Aunque no me faltaba el aire, comprendí lo que debían sufrir los claustrofóbicos. A punto de concluir la cuarta hora de encierro, todos los olores se habían mezclado en el olor de la espera. 

Fue entonces cuando un hombre uniformado, que bien podía ser el conductor, porque ahí todas eran conjeturas, subió a nuestro segundo nivel para decirnos que bajáramos con los documentos. La posibilidad de abandonar aquel artefacto me reconfortó y salí con un entusiasmo que cesó drásticamente. Al costado del ómnibus, una hilera de viajeros, como presos, tiritaban en las sombras. El contraste climático había sido muy brusco. Un fuerte viento nos empujaba. Apenas abrigada por una campera liviana, me ubiqué detrás del último ser tembloroso de la fila. A más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, con varios grados bajo cero, las ahora oscuras moles de los Andes habían adquirido un aspecto amenazante. Pero no éramos héroes ni sobrevivientes, sino tristes compradores de baratijas, insignificantes bagayeros, bajo el cielo estrellado, cargando sueños incumplidos. 

Cuando la patética caravana comenzó a avanzar hacia la aduana, la luminosidad del sol de los Andes que yo tanto había admirado había sido sustituida por la de unos pálidos reflectores viejos. Temblando de frío y de sueño, llegamos a unas ventanillas donde nos controlaron los documentos. Tuvimos que volver a subir y volver a bajar porque en una segunda etapa, requirieron el equipaje pero, curiosamente, no lo revisaron. Quise ir al baño. Las instalaciones, destartaladas y fétidas, carecían de lo elemental. Cuando mi precaria fortaleza empezaba a tambalear, vi la mano de una de mis compañeras de viaje, que me ofrecía un jabón y unas servilletas de papel. Hay ángeles desaliñados, gordos y lúcidos, pensé, que tardamos en reconocer. Diez horas transcurrieron antes de que el ómnibus pudiera correr ya sin dificultades. Cuando llegué a Mendoza, mi avión estaba por salir y no había margen para demoras. El hall de El Plumerillo, con sus mármoles relucientes, fue como un oasis. Me imaginé despegando. En menos de dos horas estaría bajo la ducha tibia de mi baño. Ansiosa, me acerqué al mostrador para hacer el check-in. Casi sin asombro escuché cómo el despachante informaba que, por razones técnicas, el vuelo a Buenos Aires había sido cancelado hasta nuevo aviso.