Presenta:

Solas en las playas en un mundo líquido

¿Un relato sobre la soledad? ¿Un homenaje al sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman? Estamos solos, amigos, pese a toda esa gente hablando a tu alrededor.
762953.jpg

- En este mundo impredecible, siempre sorprendente y obstinadamente desconocido, la posibilidad de quedarse solo puede resultar espantosa. Podríamos citar numerosas razones para concebir la soledad como un estado sumamente desagradable, amenazador y terrorífico. Sería tan injusto como estúpido culpar sólo a la electrónica de lo que le sucede a la gente nacida en un mundo entretejido de conectividad por cable o inalámbrica.

- Para empezar, ya no es necesario estar solos. En cualquier minuto -veinticuatro horas al día, siete días a la semana- basta con pulsar un botón para que aparezca la compañía, como por arte de magia, de entre una colección de seres solitarios. En ese mundo online, nadie está lejos nunca, todos parecen estar constantemente a nuestra "disposición".

Falleció el lunes. Fue una voz crítica respecto a los cambios introducidos por la tecnología en las relaciones humanas contemporáneas.

- Con este tipo de dispositivos en la mano, es posible, si se desea, estar solos en medio de un rebaño en estampida; y de forma instantánea, en cuanto la compañía resulta demasiado agobiante y opresiva. No juramos lealtad hasta la muerte, y cabe esperar que siempre haya alguien "disponible" cuando lo necesitemos, sin tener que soportar las desagradables consecuencias de estar constantemente "disponibles" para los demás

- Al huir de la soledad, se pierde la oportunidad de disfrutar del aislamiento, ese sublime estado en el que es posible "evocar pensamientos", sopesar, reflexionar, crear y, en definitiva, atribuir sentido y sustancia a la comunicación. 

"Pero entonces, al no haber paladeado su sabor, uno nunca sabrá lo que se ha perdido, la ocasión que ha dejado pasar..."

2) Soledad Malena

La veo todos los días, al pasar por esa playa. Ella siempre está sola, con la misma reposera, la misma bikini y es infalible: con el celular enre sus manos.

¿Leerá? ¿Escribirá? ¿Esperará algún mensaje especial? ¿Redactará una y mil veces un recado que no se anima a enviar a destinatario?

Yo no me he acercado a ella más que como un fisgón inofensivo. La gente sola se atrae en las muchedumbres. Me parece que tiene cara de llamarse Soledad Malena. Incluso deben decirle, sus íntimos, Sole. Si me llaman de IBOPE lo aseguraría en un 72 %.

Además de verla en absoluta soledad lo impresionante es que cada día que la encuentro no hay casi nadie en las proximidades de la playa en la que se instala. Hace 15 días que la escena es similar: luego de trepar una duna muy empinada, desde la cumbre diviso todo (pero todo-todo) el mar. Y cuando piso la arena la veo a ella, a Soledad Malena. O a la Sole, si prefieren.

Da un poco de idea la repetición de este suceso, tan inusual que ya se ha transformado en doméstico. A veces creo que es encantadora la situación, pero otros días me invade cierto terror. ¿Y si ella no existiese? ¿Será muda? ¿Cuál será el tamaño de su tristeza o de su indiferencia?

Ella, en cambio, ni se inmuta. Vive dentro suyo y hasta puedo percibir su felicidad, su ensimismamiento orgulloso. No le importan las multitudes y hasta pienso que ha creado una coraza invisible, como aquel cono del silencio del Super Agente 86.

Eso sí: jamás la he visto sin su celular. 

¿Habría que considerar esa opción como su salvación, como su antena y radar?

Me ha pasado que mientras escalo la duna infinita pienso que algún día la encontraré acompañada. Lo único más o menos cercano a este hecho fue que el segundo día en esta secuencia involuntaria observé el acercamiento de un perro, que caminaba junto a sus dueños al borde de la playa.

¿Qué habrá olido en ella, para arrimarse y atravesar el cerco de Sole?

Lo ignoro por completo. No soy perro.

Ayer, en un calor digno del Sahara, hice lo mismo de todos los días. El mar estaba planchado. Y cuando me acerqué no la vi. Ella no estaba. Pasaron dos horas y no llegó.

Posiblemente se haya tratado de un fantasma, un espejismo o algunos de mis inventos de verano. Y lo peor es que me confundo cuando, caminando por la playa, encuentro un celular perdido.