Presenta:

Las nubes y el viento que Dios cría y el Diablo amontona

De cómo mirar al cielo y encandilarse a terminar en una carpa de balneario con una señora afecta al Bellini y de cómo lo que parece igual siempre es distinto.
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Una de las grandes novelas de Juan José Saer lleva como título "Las nubes". Es una extraordinaria historia acerca de un grupo de locos que emprenden un viaje delirante guiándose por el movimiento de las nubes. Que este resumen no desanime al lector que desea leer un libro inolvidable, en varios aspectos.

Walter Benjamin, en un libro muy relajado ("Denkbilder, epifanías en viajes"), apunta lo "difícil que puede llegar a ser encontrar las palabras para lo que se tiene ante la vista. Pero cuando finalmente se encuentran, golpean contra lo real con sus pequeños martillos hasta que repujan la imagen como si la realidad fuera una planchuela de cobre".

Pensaba en esto mientras me encandilaba con el resplandor del cielo y observaba las nubes en las cercanías de la playa. 

El cielo estaba diáfano y de pronto comenzaron a asomarse desde el continente hacia aquello que llamaríamos lo profundo, el macizo oceánico.

En cualquier edad hemos jugado a descubrir las formas de las nubes y hasta obsesionarnos con paralelos que ponen a prueba parte de nuestra imaginación como ejercicio lúdico. 

Todo es lícito en la libre contemplación. Desde "ver" nubes que se acomodan en modo de animales a rostros ocultos, del rastro de una pisada en la nieve virgen a helados de limón o ananá exuberantes.

¿Serán las nubes la reunión de todas nuestras fantasías? ¿Logramos dibujar allí nuestros pensamientos más ocultos?

Abro y cierro los párpados (otro juego), hasta encandilarme, al punto de experimentar cierto mareo. Apenas si alcanzo a distinguirlas para recortarlas vanamente en una fotografía. 

El sonido es el del mar apacible, medio similar al que colocan en las películas cuando uno o varios personajes pasean por una playa.

Sin bajar la vista en las nubes oigo voces próximas. Es una nueva capa de sonido. No pasan ni dos minutos para darme cuenta que han acampado cerca mío una mujer divorciada con dos hijos, entre 8 y 12 años, y un señor que parece ser el hermano mayor de la mujer (no estoy tan seguro pero es lo más probable). Lo más atractivo es que en ese tiempo, en el que puedo oírlos con total nitidez, gracias al viento, que en otra capa de la naturaleza impulsa con capricho a las nubes, nace un suspenso.

El aspecto latente es lo que me concentra y es lo que confina a las nubes al segundo plano, aunque no despego los ojos de ellas, fascinado o seducido (¿qué fue primero, en los tiempos en que vivíamos en cavernas: ¿la fascinación o la seducción?). Todas las personas mencionadas están a la espera de algo. Y yo también, a esta altura. Y me siento parte de una expectativa tan casual como curiosa.

Finalmente me entero que el suspenso se relaciona con la llegada de una señora mayor al sector ocupado por mis vecinos. Es la madre de la mujer divorciada, la abuela de los chicos, posiblemente la progenitora del señor. Cuando la señora llega al círculo todos sus familiares aplauden. Suena a señal de desafío cumplido. Oigo su voz. Es transparente. No gastada sino agobiada. Y de su boca escucho claramente:

- Dejen de aplaudirme. Qué horror el viento. ¿Viste la arena, que se te pega?- reclama.

Silvina Ocampo, musa aunque más sirena

Me hace tanta gracia que es imposible no bajar mi mirada para conocerla. Entonces veo a una señora de 75 años con un sombrero a la Charlotte Rampling, zapatos blancos impecables, zoquetes más impecables aún y un vestido de verano del 42. Si la viera Silvina Ocampo ya le hubiera escrito un cuento. O una carta. O jugarían juntas al buraco.

Sus familiares intentan convencerla que la intemperie es la moda actual. Sin embargo, como familia venida a menos, no es demasiado agudo suponer que han querido evitar pagar una de las carpas del balneario. No es tan sencillo desembolsar 1500 pesos para pasar un día de playa, que se presenta como genial en jornada completa.

La señora está a disgusto. Claramente. Es la misma claridad de las nubes que se reflejan en su atavio de playa. Me desentiendo y prosigo con las nubes. Más tarde me desentiendo de las nubes y me voy a refrescar al mar. Me desentiendo del mar y de nadar en una nube de agua. Y me desentiendo cuando marcho a una de la duchas para sacarme tanta, tantísima sal del cuerpo.

Regreso a mi metro cuadrado de playa escogido, a mi tierra prometida, si quieren ponerlo en otros términos más místicos. Debo pasar por el sector de las carpas. Y para mi sorpresa diviso a la señora en una de ellas. Está a la sombra. Feliz. Guarecida. Me confunde con alguien del balneario:

- Joven, joven- me dice. ¿Sería tan amable en traerme un Bellini?

Me hace más gracia que nunca. Incluso ese trago es de mis preferidos. Le explico la situación. Ella se ríe por la confusión. Y no queda más remedio que ofrecerme a buscarle a alguien del balneario que la ayude. Acepta la propuesta. Y antes de ir en busca de alguno de ellos me sorprende:

- Si usted sabe lo que es un Bellini no me molestaría que compartiéramos una charla- propone.

Y el mediodía me encuentra en charla franca con la señora, al compás de un Bellini. A veces relojeo el cielo: las nubes siguen allí, en movimiento perpetuo. Y si hubiera que ponerle un fin a esta historia, nada mejor que las palabras de la señora acerca de las nubes:

-  Lo más divertido es que nunca son iguales. Comos los seres humanos.