El miedo a los hijos
Por Carina Saracco y Mauricio Girolamo
Educar y criar hijos es algo que trasciende, por mucho, el mero hecho de ostentar el título de ser padres. Hoy se pone de manifiesto una situación que desborda a muchas familias. Y no es algo menor, pues la realidad muta, cambia y se transforma de manera vertiginosa.
Estos cambios muchas veces no suelen ir acompañados de manera paralela por las familias. En ocasiones, estas modificaciones sociales son extremadamente rápidas y los jefes de familia se ven sobrepasados por circunstancias que no saben, a ciencia cierta, cómo resolver.
Nombremos algunas situaciones para dejar explícitamente expresado a qué nos referimos, en cuanto a comportamiento de los hijos y el proceder de los padres: abuso de alcohol, vida sexual dentro del hogar, consumo de marihuana, uso de las redes sociales, las "previas", los cumpleaños de "15" y "18" (y sus modas dominantes), etc. Para citar sólo algunas situaciones que constantemente sorprenden en cada hogar, con una demanda imperativa de parte de los menores, que ponen en jaque a sus progenitores y sus decisiones.
Para ser realistas, es muy cierto que son situaciones difíciles de esclarecer. ¿Los dejamos apartados de la realidad si les quitamos todos estos "beneficios"? ¿O deberíamos ejercer rígidamente nuestra autoridad porque en "nuestra época no pasaban estas cosas"? ¿Qué les pasa a los jóvenes, que no pueden vivir sin pasar por encima los límites? ¿Tendríamos que ser padres modernos y cancheros, ajustándonos a la "vida actual"?
Un buen punto de partida sería el valernos del"sentido común": los extremos nunca son buenos. Es decir, ni la rigidez extrema de los padres de antaño, ni la liviandad paternal del "padre amigo". Años atrás, existía una distancia enorme entre hijos y padres, en la que el "temor reverencial" hacia alguno de ellos, hacía obedecer sin el más mínimo cuestionamiento y sin pedir una comprensiva explicación. Hoy, esta distancia se achicó demasiado. Padres que, en pos de estar cerca de sus hijos, se han convertido en pares. Y erróneamente, justifican conductas de los menores aduciendo que ellos, de chicos, también hacían esas mismas cosas o peores. Y esto es un error. Porque la realidad de hoy no es la que vivieron los padres a sus edades. Claramente estamos ante otro contexto y son otros los riesgos.La sociedad cambió y por ende sus peligros. La exposición es otra a la de ayer. Antes podía estar representada en el "qué dirán". Hoy, los menores se ven sobre expuestos en las redes sociales de una manera exageradamente audaz y con consecuencias. Antes, abusar del alcohol era una verdadera transgresión. Hoy es casi un ritual de fin de semana.
Pero no todo tiempo pasado fue mejor. Sencillamente es diferente. Es decir, las escenas cambian. La vida cambia. Y por lo tanto, las reglas familiares necesitan ser modificadas y ajustadas a estos nuevos escenarios. Pero esto que estamos diciendo no es una tarea fácil. Los padres se encuentran en una verdadera encrucijada, pues ellos son los que reciben las presiones de sus hijos quienes les hacen saber que la mayoría de sus amigos tienen el permiso o la "tolerancia familiar", para volver a determinada hora un sábado a la noche, para dormir con su novia en su propia casa (y habitación), o para llegar ebrios tras algunas salidas.Resistir semejante embate, en ocasiones, es ir en contra de lo que la "supuesta mayoría" hace. Pero "mayoría" no siempre significa que sea algo bueno, sano o normal. Quizás tener caries sea algo que la mayoría padezca, pero definitivamente no es sano.
La negociación entre padres (con sus reglas, valores, criterios y anhelos) e hijos (en su contexto actual), tiene que ser una herramienta ineludible, que no puede faltar en cada hogar. Criticar en extremo la vida de "los jóvenes de hoy", es desaprobar el presente en el que ellos viven, hasta incluso dejarlos apartados del momento actual al que pertenecen.Por el contrario, ceder abatidos, desesperanzados e impotentes ante el avance constante de situaciones que NO consideramos propias del entorno familiar, no es un camino de solución sino de empeoramiento, caos y desidia familiar.
Tomando por título el libro de Jaime Barylko, El miedo a los hijos, puede parecer una frase demasiado grande en el vínculo entre progenitores y sus herederos, pero no lo es. Quedarnos paralizados frente a conductas que criticamos como poco propicias es, por poco, casi un acto de abandono. Dejar en manos de los demás (padres de amigos, docentes, sociedad, incluso psicólogos, etc.) lo que nos corresponde como padres es, cuando menos,falta de compromiso. Por consecuencia,asumir el costo de enfrentar el miedo a ser criticados por nuestros hijos, en el rol de padres (a veces con cruel severidad), es sinónimo de presencia, responsabilidad y dedicación. Un costo que vale la pena pagar y siempre será mucho más beneficioso, antes que penar las consecuencias por ser demasiado tarde.