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Lanata y las drogas: "¿Por qué las tomamos?"

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 En una columna publicada el sábado por el diario Clarín, el periodista Jorge Lanata puso en valor los alcances del trabajo realizado por la Comisión Global de Políticas sobre Drogas cuya integrante Ruth Dreifuss, expresidenta de Suiza, habló con MDZ en forma exclusiva.

- El trabajo más serio escrito en el mundo sobre el tema es Historia General de las Drogas, publicado en 1998 por el profesor español Antonio Escohotado. Allí describe lo bueno y lo malo de cada una, su historia, y ayuda a disipar los mitos. La muerte reciente de cinco chicos en Costa Salguero volvió a poner a full el motor de la hipocresía social; manos golpeándose el pecho, o dedos señalando responsables en medio de una enfermedad con la que convivimos a diario. El sentido común –como en tantos otros casos– parece no servir para esta discusión: la mejor manera de combatir las drogas es preguntándonos qué lleva a las personas a consumirlas. El problema de encontrar esta respuesta es que abarca al gerente que se toma tres whiskies de más, a la señora que duerme con su Lexotanil, al chico que vive frente a la pantalla, al fumador, a todos los que a diario intentamos, en vano, escapar del vacío. Una escena posible: el papá que juega en el casino y la mamá que toma ansiolíticos instan al nene a no fumarse un porro. Se dirá, entonces, que todo es cuestión de medida; puede ser, pero el estereotipo de “medida” excluye, en ese caso, a las drogas demonizadas por el sistema. Escohotado, como buen científico, consumió todas las drogas que describe (como lo hizo Freud en sus “Escritos sobre la cocaína”, o los poetas beatniks de los 60).

- Por qué algunas personas se drogan con marihuana y otras con la televisión, es una pregunta de una generalización imposible. Deberemos reducirnos a la experiencia personal: yo tomé cocaína entre los treinta y los cuarenta años, luego quise dejarla, hice un tratamiento y nunca más volví a drogarme. Tengo mi pequeña teoría: algunas personas somos más débiles para soportar el mundo, nos cuesta más, nos duele más y lo acolchamos con sustancias que nos permiten salirnos de él. Sé que las drogas hacen mal y no le recomendaría a nadie que se drogue, pero también sé que no puedo hacer, en lo personal, nada para evitarlo, incluso con mis hijas. Me pondría inmensamente triste que lo hicieran, pero espero haberlas educado para que sepan cómo salir de ahí. En estos días mi generación asistió a una discusión pública entre Pergolini y Petinatto. Mario sostuvo que “no es la música, no es la fiesta electrónica”, y Roberto dijo “¿El cine viene con pochoclos? Bueno, la música electrónica viene con pastillas”. Los dos están hablando de buena fe, pero creo que le asiste razón a Petinatto, aunque ahí caigo en un precipicio generacional: me dicen que, de algún modo, las pastillas “completan” la experiencia de la música electrónica. Si esto es así, estamos en un problema.

- En esta enumeración falta un dato: la inmensa mayoría de las muertes por drogas no se produce por sobredosis; se debe a lo que se llama “el corte”. ¿Qué es el corte? La interminable lista de porquerías químicas que los narcos le agregan a la droga pura para estirar su rendimiento. ¿Y si todas las drogas –estas y las legales– se vendieran en las farmacias controladas por el Estado? ¿Creen sinceramente que existe un problema de acceso? ¿Alguien cree que es difícil conseguir cualquier droga en esta ciudad o en cualquier otra? En un punto recuerda a la cándida discusión cuando, en los ochenta, se aprobó el divorcio. Quienes se oponían lo hacían convencidos de que eso iba a terminar con millones de familias felices separadas.