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Niños abusados: Qué hizo la Iglesia y qué siente el católico

Por qué hubo y todavía hay religiosos abusadores. Qué hizo bien y qué hizo mal la Santa Sede. Y por qué el Arzobispado habla de "dolor, angustia e indignación".

Ese 30 de abril de 2001 pudo cambiar la historia. Ante una cúpula clerical que prefería minimizar el reclamo de un grupo de obispos estadounidenses que fueron a Roma a reportar el escándalo de los abusos sexuales de religiosos de su país (del que se hizo eco los informes de Boston Globe), el papa Juan Pablo II -que 7 días antes se había reunido con esa comitiva de religiosos estadounidenses- resolvió que la Santa Sede empezara a dar la cara por el holocausto underground que estaban viviendo - a través del abuso sexual de religiosos- chicos y jóvenes de distintas diócesis del mundo. Y encargó esa misión al único cardenal de la curia vaticana que expresó dolor, angustia e indignación por los testimonios de horror a 7.300 kilómetros de la plaza de San Pedro: el alemán Josep Ratzinger. A partir de ese día, el polaco declarado santo en abril de 2014 derivó a la Congregación de la Doctrina para la Fe (CDF)  los casos de abusos cometidos por religiosos. Hasta ese momento era un asunto que lo resolvían cada una de las diócesis del mundo por su cuenta, sin reportar a la Santa Sede. Y esto dio lugar al encubrimiento y al traslado de religiosos con prontuarios. Un documental del servicio informativo católico Rome Reports le puso nombre y apellido a esto: manzanas podridas. En los siguientes 10 años, Ratzinger -a cargo de la CDF- recibiría unas 3.000 denuncias, de las que una de cada 10 terminaron con la expulsión de religiosos del clero. En muchos otros no se avanzó porque ya habían fallecido los denunciados.

Inadecuada selección de los candidatos al sacerdocio, insuficiente formación espiritual y moral en los seminarios; tendencia social a proteger a sacerdotes y obispos -y con ello- a no sancionarlos para así evitar los escándalos conformaron el diagnóstico hecho en 2001 por el quien sería cuatro años después elegido en la cónclave de cardenales para suceder de Juan Pablo II.


Sin embargo, ese primer paso que dio San Juan Pablo II en 2001 tenía que ser un antes y un después. Y no lo fue. Tampoco las acciones precisas y contundentes que emprendieron los dos siguientes pastores de la iglesia católica, Benedicto XVI y Francisco. Ninguno pudo desactivar las dos bombas  que estallaron en forma gradual en distintas diócesis del planeta en los años siguientes y que llevarían a la iglesia católica a su peor crisis desde la división por el protestantismo (siglo XVI): la poca exigencia de los seminarios en la admisión y formación de candidatos a sacerdotes entre los años 50 y 80 (algunos lo atribuyen a la revolución sexual), y los casos encubiertos por las diócesis afectadas. ¿Por qué? Porque de aquí se desprenden dos constantes, corroboradas por los que estudiaron los casos de abusos en el mundo, y que se repiten hasta hoy: la primera, que 9 de cada 10 religiosos condenados por abusos se formaron entre los años 50 y 80, y la segunda, que la mayoría de las denuncias y casos comprobados empezaron a ocurrir antes del 30 de abril 2001.


El religioso Nicola Corradi (Instituto Próvolo) fue trasladado de Verona a la Argentina en 1996. Ya tenía denuncias desde fines de los 50 hasta 1984. El caso del diácono Jorge Luis Morello -descripto esta semana por MDZ-  datan de 1990, 1991 y 1992 (según los documentos publicados en la nota). Los delitos sexuales cometidos por el fundador de Regnum Christi, el mexicano Marcial Maciel y por el que fue condenado pasaron en 1997. John Geoghan, el cura estadounidense que abusó de 130 chicos, se retiró en 1993, fue denunciado en 1996, condenado a prisión en 2002 y asesinado en la cárcel por otro preso en  agosto de 2003. Fueron casos resonantes que recorrieron todo el mundo y que ocurrieron antes de esa fecha clave en que la Santa Sede decidiera que la Congregación de la Doctrina de la Fe tomara cartas en el asunto. De este modo, las diócesis con problemas se valieron del encubrimiento y de los traslados de religiosos afectados para directamente sacárselos de encima. ¿Un obispo o representante de una diócesis estaría dispuesto a un "no" de otro para recibir en su comunidad a un religioso con prontuario? ¿Qué hubiera pasado si el obispo de Verona recibía una negativa de la diócesis de La Plata para acoger a Corradi? Si nos remitimos al contexto de la época se puede decir que aún  no se conocían casos de abusos hechos por religiosos en Argentina y quizás tampoco en Italia. Entonces  ¿quién estaría dispuesto a poner la otra mejilla y blanquear el primer escándalo? Por falta de experiencia y de antecedentes a nivel local, la iglesia no estaba preparada para eso. Una mala praxis que con el tiempo, perduró por adentro y puertas para afuera se lo empezó ver como algo más que una mala praxis. En la última semana, el Vaticano ya pidió explicaciones a la diócesis de Verona por una decisión tomada hace 20 años. ¿Allí quién era el obispo en ese entonces? A la vez, ¿hasta qué punto el jefe de la diócesis de Verona durante 1996 puede aportar algo? El procurador de la Corte, Alejandro Gullé, se hace estas preguntas, a la atenta espera de la respuesta que pueda llegar desde Italia. Nicola Corradi no era cura diocesano. Al igual que los jesuitas, dominicos, franciscanos y salesianos que están en Mendoza y en todo el mundo, responde a los superiores directos de la congregación. Su congregación se llama Hermanas de la Compañía de María, fundada por el padre Antonio Próvolo (en la instancia de venerable en el  proceso de canonización) en 1841. Su sede central está en Verona, Italia y en Argentina tiene personería jurídica desde el 5 de enero de 1943. En la iglesia católica, las congregaciones (como las que integra el instituto Próvolo), las órdenes y movimientos no reciben un peso del Arzobispado y menos de la Santa Sede. En cuanto a dinero, sí reciben fondos del gobierno cuando tienen a su cargo colegios secundarios o primarios (como es sabido, las escuelas privadas no se autofinancian completamente). Los responsables directos de los curas Corbacho y Corradi son los superiores de la congregación a la que pertenecen, ¿qué le compete a la diócesis de Mendoza? Un arzobispo es responsable directo de sus parroquias e instituciones, pero en lo que respecta a órdenes y movimientos religiosos, sólo se limita a la vigilancia pastoral. Esto integra un formato administrativo que difícil de explicar en el contexto de lo que pasó en las últimas semanas a la opinión pública. Vigilancia pastoral es custodiar la fe de la comunidad y de la doctrina católica en estas congregaciones, órdenes, movimientos y parroquias. "Sean pescadores de hombres". Para eso Jesucristo los mandó al mundo. La iglesia no forma policías. "A partir de ahora esto cambia. El Arzobispado tendrá vigilancia pastoral y de policía", admitió el vocero de la diócesis de Mendoza, el padre Marcelo De Benedictis. 

Uno de los periodistas más prestigiosos del mundo en asuntos católicos, John Allen, lo sintetiza así: "En los lugares donde no se haga limpieza, las manzanas podridas seguirán haciendo daño a nuevas víctimas y dañando la imagen de los sacerdotes".

...y hablando de limpieza

Desde hace al menos 15 años, en Mendoza los curas y seminaristas tienen su "examen psicofísico". En el seminario de Guaymallén, antes de ingresar hay un año de seguimiento del aspirante a seminarista. Y si la vocación para el sacramento del orden sagrado (sacerdocio) no va de la mano con la integridad psicológica, ese aspirante queda afuera. En el seminario mayor de Buenos Aires, este filtro también se aplica, al punto que sólo ingresan el 40% de los aspirantes a sacerdotes. 

"El 70 % de los casos de pedofilia se producen en el entorno familiar o vecinal. Hemos leído crónicas de chicos abusados por sus papás, sus abuelos, sus tíos, cuando no por padrastros. O sea, son perversiones de tipo psicológico, previas a una opción celibataria. Si hay un cura pedófilo es porque lleva la perversión desde antes de ordenarse. Y tampoco el celibato cura esa perversión. Se la tiene o no se la tiene. Por eso hay que tener mucho cuidado en la selección de los candidatos al sacerdocio. En el seminario metropolitano de Buenos Aires admitimos aproximadamente al 40 % de los que se presentan", dijo en 2010 el entonces cardenal de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, en el libro "El Jesuita".

  Una investigación hecha en Estados Unidos, The nature and scope of sexual abuse of minors by catholic priests and deacons in Unites States (Naturaleza y alcance del abuso de menores por sacerdotes y diáconos en Estados unidos) realizada entre marzo del 2003 y febrero del 2004 con encuestas a 195 diócesis descarta cualquier hipótesis que vincule al celibato con la personalidad del cura abusador. Entre las conclusiones: el 32% de los religiosos acusados de abuso sexual tenía problemas sicológicos y de conducta; el 7% había sido violado de niño y el 17% tenía problemas de alcohol o drogas. 

Cinco años después y al frente del Vaticano, el papa nacido en el barrio porteño de Flores implementó una serie de protocolos y guías con acciones concretas para que la justicia canónica vaya de la mano con la justicia penal de cada país en los casos de religiosos denunciados por abusos, al punto que se llegó a quitar en forma temporal el estado clerical -o bien suspender la actividad- de sacerdotes con denuncias falsas (en Mendoza hubo dos casos en 2015). También otro en Chile, en el que la justicia del Vaticano fue más dura que la justicia penal.  El sacerdote chileno Fernando Karadima fue declarado inocente para la justicia chilena y culpable para la Santa Sede. Este religioso también integra ese "9 de cada 10" que se formaron entre los años 50 y 80. Así y todo, a Francisco y a su antecesor Benedicto XVI (Josep Ratzinger) se los acusa de no colaborar con la investigación de casos puntuales. Uno de ellos, el del cura Corradi en La Plata, con denuncias llevadas a cabo por la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico.

Cómo procede la Iglesia ante un caso de abuso


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Caso Próvolo: así lo perciben los católicos

"Es una pena, pero probablemente siga pasando hasta que se limpie a fondo lo que haya que limpiar". "Cosas como éstas me parten el alma". "Comparto la tristeza del arzobispo, pero si no sirves para servir y te sirves del que te sirve, no le sirves a mi padre". "Es imposible que no hayan sabido nada". "Tristeza, tristeza pero más oración por los buenos sacerdotes, que aunque son muchos más, los malos son los que hacer ruido". "Tiene que saberse y también si el obispo sabía de los antecedentes de los curas. No pueden tapar el sol con las manos". "La iglesia es más que unos curas pedófilos". Esto es lo que se dice, aunque lo mejor que define una situación es lo que se siente. Hoy en la comunidad católica de Mendoza hay sentimientos de "dolor, indignación, vergüenza y humillación. 

Se siente muy cerca el peso de la cruz de los 22 de ese grupo de 90 pequeños que atravesaron -a metros del Acceso Sur- el infierno más ninguneado durante décadas.

"Durante años existía la cultura de proteger el buen nombre de la iglesia. Significaba mantener el abuso escondido. Había una moralidad tribal en el clero porque su deber más importante era mantener a salvo a los miembros del club en peligro, lo cual significa olvidarse de los derechos de los niños, de sus padres y de la iglesia entera. Hoy la situación es completamente diferente . Si llega una acusación creíble contra un sacerdote católico en cualquier lugar del mundo sucederán dos cosas: primero, el obispo retirará del ministerio al sacerdote y dos, será denunciado ante la justicia", dice John Allen en "Manzanas podridas". Es que todo lo hecho resultó incompleto. Una auditoría de los religiosos trasladados por las diócesis del mundo antes de que la CDF empezara a llevar los casos de abusos habría reducido o quizá hasta extinguido el fuego del infierno silencioso de las víctimas, al menos en los últimos 15 años. Es lo que faltó para que el antes y el después haya sido  realmente ese 30 de abril de 2001. Una minoría oculta, silenciosa y perversa (de 0,3 a  0,7%, no más que eso) que expande la plaga del prejuicio elaborado con la imagen que el espejo muestra de ellos al 99,3 ó 99,7% restante (del 100% constituido por los 415.792 sacerdotes y 5.237 obispos católicos del mundo, cifras del Anuario Pontificio 2016) que día a día trasciende por su amor y servicio a Dios, a la iglesia, a los más débiles y a la comunidad en general. La mala praxis en diócesis involucradas, sobre todo antes de 2001, más el daño hecho por esa minoría que ante los más pequeños e inocentes predicó el horror han hecho que a partir de ahora en Mendoza -y quizá, con el tiempo, en más lugares- el 99,5 ó 99,7 restante se someta a la incómoda tarea de vigilancia pastoral/policía. Un pescador de hombres no es eso. Ahora tendrá que serlo. ¿Y la fe? Dos días después del domingo en que MDZ difundió la primera noticia del escándalo en el instituto Próvolo, el mensaje del Evangelio de ese martes  (San Mateo 7,21.24-27)  increpó, cuestionó, desafió y hasta puso en prueba el nivel la fe y de esperanza de todos los involucrados en el caso y de la comunidad cristiana en general, en estas horas de desierto, dolor, tristeza, indignación y vergüenza.


"Todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca. Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande".