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Gloria (Juan Martín Del Potro y tres más, que son millones)

El tenista es una clase de argentino del que deberíamos abrevar, más allá de su rutilante desempeño deportivo. ¿Encierra una verdadera metáfora para aprender? Sí.

Del latín gloria.

1. Reputación, fama y honor extraordinarios que resultan de las buenas acciones y grandes cualidades de una persona.

2. Gusto o placer. Da "gloria" verlo.

3. Persona o cosa que ennoblece o ilustra en gran manera a otra u otras.

4. Majestad, esplendor, magnificencia.


Argentina ayer jugó su quinta final de la máxima competencia del tenis del mundo, esto es, la Copa Davis. Y cuando la serie era más que adversa (el equipo estuvo a un set de perderla) y hasta el team alistado no ha sido el más brillante en términos deportivo, consiguió, al fin, lo que ya parecía nunca conquistarían: alzar la ensaladera más célebre del deporte como campeones.

Argentina podría haber sido campeón de la Copa Davis en cualquiera de las otras cuatro oportunidades y en algunas el sabor de lo inmerecido -hasta hoy- sabe más poderoso que el honor de estar entre los mejores equipos del planeta. Hemos estado mucho más cerca, incluso en la final disputada aquí en Argentina, pero el sueño se escapaba, como un sinfín. 

Esquiva, altiva y desafiante: eso era la Davis.

Fue el 27 de noviembre de 2016, en Croacia, y como visitantes, que la troupe liderada por Juan Martín Del Potro rompió todos los pronósticos, de especialistas y hasta de público, un público seguidor como en pocos deportes, gozador de tantos buenos momentos vividos por el tenis argentino y fiel pese a las reiteradas frustraciones, claro. 

Ayer, muchos de ellos sintieron el alivio de la tarea realizada. El romance del sueño concretado. La historia hecha realidad camino al mito


El New York Post, a principios de septiembre, comenzó a dar cuenta de lo que todos habíamos visto en el año: "Juan Martín del Potro está viviendo un milagro absoluto en el US Open". El título estaba acompañado por una descripción americana del tribunero "Olé olé, olé", que asombró a los presentes en el Arthur Ashe, cada vez que el argentino alzaba las manos en dirección a las tribunas. Nadie allí podía pensar que este coloso había pasado cuatro cirugías y que durante un largo tiempo pensó en retirarse.

Juan Martín Del Potro primero tuvo que superar una operación en su muñeca derecha. Luego vendrían las otras, aunque en su izquierda. Comenzó esta serie de reveses (nunca mejor aplicado para un dotado en esta técnica deportiva), a principios de 2014, que acabarían pronto con sus planes de consolidarse en la élite del tenis. El resto de operaciones también arruinaron su 2015. Y aquí, el tandilense, a los 27 años, empezó a creer que lo mejor era dar las hurras.


Delpo es un acabado ejemplo para los argentinos de hoy. Su paso olímpico, hace escasos meses, mostró que el fin nunca es tan emocionante como el mientras tanto. Y que para triunfar los fracasos suelen dar una lección: nada de soberbia, mucho de perseverancia. 

La vida no es fácil, especialmente, pero cuando es más ruin e inexplicable o injusta, más humildad y esfuerzo se requiere para salir adelante


Hay una clase de argentinos que cree que triunfar es un llamado para ciertos privilegiados. Son los peores fracasados: no suelen discernir entre el talento y el talante, entre la gloria y la fantasía. No sólo es el Estado el que miente. También las personas que creen a sabiendas del embuste, aquellas que prefieren el canto de sirenas a la ola rompiendo en algún muelle.

Hay una clase de argentinos que ante la realidad, miente (se miente), se refugia en cualquier torre de sueños (que más parecen bostezos, al final) y grita más alto, como si eso les diera una razón para escapar hacia adelante, como fugitivos sin sosiego. Hay otros, en cambio, como Delpo, que confiesan sus debilidades, sus temores, sus dudas: ponen claridad allí donde otros prefieren las tinieblas.

Hay una clase de argentinos que conjuga el "yo me salvo", y bajo ese pretexto se excusa ante la responsabilidad, el compromiso, la ley, la ética, la civilidad, el respeto, la convivencia. En general, el que intenta el "yo me salvo", termina siendo un solitario angustiado, aunque aparezca rodeado de miles, cientos o tres gatos locos. 

Si hay algo que el héroe deportivo del año en Argentina ha sembrado es todo lo contrario: solidaridad, trabajo en equipo, simpleza en su actitud y mentalidad. No nos confundamos: los campeones  no siempre están obligados a ganar, aunque, es cierto, los verdaderos campeones también ganan sus objetivos propuestos.

Delpo es de la clase de argentinos que desafían la noción dominante del éxito en Argentina. Solemos entender por éxito vivir en un barrio privado, tener un coche importado, hacerse el cheto y hacerlo notar (los verdaderos chetos ni se preocupan por esto), mentir para confundir, juzgar sin mirarse a uno mismo, insultar, denunciar, esconderse. Podríamos inventar el verbo "farabutear".

El tenista, en cambio, el flamante artífice de que Argentina tenga la Copa Davis en casa, no aparenta, no simula, no exhibe, no ostenta. Vive una vida apasionante, a su manera, sin joder al de al lado, sin denostar al rival o a sus compañeros, sin herir a quien tiene mucho o poco, sin menospreciar ni subestimar.

En mi barrio Delpo es un héroe, de hoy, un tipo al que respetamos y al que nos sirve admirar

  

"Cada vez que uno debe retirarse por una lesión es decepcionante, por supuesto. Tengo grandes recuerdos de 2009, pero ahora mi persona es completamente diferente. Estoy disfrutando aún más cuando llego a las canchas que hace años", confesó en la nota del New York Post. "Mi vida es diferente. Tengo un juego diferente. Estoy envejeciendo. Todo es nuevo para mí. Es como una nueva carrera pero estoy disfrutando mucho de esto".

Eso es el cambio, más allá de una consigna o alianza política.

Cambiar es superarse, mejorar, corregirse, quererse, respetarse.

Cambiar es tener dos dedos de frente y no usarlos para masturbarse (o al menos intercalarlos con otras actividades).

Cambiar es ganar.

Y para ser campeones tal vez sea necesario hasta cambiar el juego, como lo ha debido hacer Juan Martín Del Potro.

No tiene gracia el truco sin mentiras, pero tampoco tiene mucha gracia únicamente mentir para ganar, porque, al final, nadie gana allí, sino que todos pierden, Incluso la oportunidad de ganar en buena ley.

27 de noviembre de 2016, Croacia. Día histórico. Esto es lo que me quedó del primer equipo argentino en ganar la Copa Davis. 

Les aseguro que no es poco, amigos.