Nicanor: Tan sólo un sueño
Era ya de madrugada, cuando un impetuoso ataque de tos obligó a Nicanor a levantarse, hecho que lo irritó un poco, debido a la ensoñación en la que se hallaba sumido mientras descansaba apacible en su cama. Al principio, no se trataba más que de una tos común, y sin importancia alguna, que se presentaba cada tanto, pero con el paso del tiempo, el asunto fue adquiriendo mayor gravedad, los ataques se fueron tornando cada vez más violentos y reiterativos. Cada vez que expectoraba, su pecho se estremecía con fiereza, era una tos convulsa, pero a pesar de esto, su salud parecía no doblegarse jamás. Tal estado de cosas, se debía a un viaje que había emprendido hacía unas cuantas semanas atrás, con destino a la ciudad de Nuuk, en Groenlandia, en donde, producto de las bajas temperaturas del lugar y la falta de un abrigo conveniente que lo protegiese con probidad de las ventiscas de la región, mientras se encontraba paseando en una de las tardes más gélidas, enfermó sin más. Allí, le prescribieron unos antibióticos que hicieron su efecto, y le aconsejaron reposar unos días, hasta su completa recuperación. Al regresar a su ciudad natal, su salud se encontraba formidable, los síntomas habían cesado, o así lo aparentaba su cuerpo. Fue entonces, que al segundo día de su vuelta, la tos volvió a aparecer, no obstante esto, decidió no recurrir al médico –“ya pasará, ya pasará”-se decía a sí mismo. Hacía todo lo posible por rehuir la ayuda que otros le pudieran brindar, el hecho de no poder llegar a valerse por sí mismo le disgustaba sobremanera. La salud, según su teoría, mejora sin la necesidad de que intervenga alguien, y para esto, hay que dejar que el cuerpo haga su trabajo, que lleve a cabo su propósito, de la forma más natural. Quienes lo conocían, habían insistido en vano para que acudiese al médico, aunque más no fuese para tranquilizar a aquellos que lo estimaban y apreciaban, pero tras varios intentos fallidos, terminaron resignándose. No había quién lo pudiera convencer para hacerlo entrar en razón, defendía sus ideas con gran ahínco, como siempre lo había hecho, por lo que no daba el brazo a torcer.
Es así que, antes de que la perspicuidad del día se alojara en el interior del cuarto, filtrándose a través de las cortinas diáfanas, y de que el último acceso de tos perturbara a Nicanor, un sueño estrambótico se le figuraba casi tan real como la vida misma, como suele acontecer cada vez que soñamos. La Iglesia, la venganza y la muerte, se habían erigido como los símbolos oníricos que conformaban el entramado principal del sueño, y el deseo, estribaba en hallar una respuesta a aquello que lo angustiaba tanto: el desorden en sus pensamientos.
Mientras ordenaba su cuarto, se hallaba meditabundo y aun somnoliento, intentando hilvanar cada uno de los matices que se le habían presentado en el sueño, pero al cabo de un rato, tuvo que abandonar eso porque alguien llamaba a la puerta.
Nicanor: Un momento, ¿sí? ¿Quién es? –pese a la desidia y a la tos que lo aquejaba desde hacía un momento, se acercó con pasos sosegados a la puerta para responder al llamado.
Francisco: Vamos, abre hombre, soy yo. Sabes que me molesta que me hagan esperar tanto. –era su mejor amigo, cada tanto lo visitaba para hablar sobre sus asuntos, y si quedaba algo de tiempo, escuchaba lo que tenía para decir el otro. Nicanor, siempre lo hacía esperar afuera unos minutos antes de hacerlo pasar, por lo que su amigo se impacientaba y refunfuñaba, recriminándole lo mismo una y otra vez.
Nicanor: Ah, eres tú, ya te abro, espera un momento a que acomode este desorden. Esto es un verdadero desastre. –en cierta manera, lo regocijaba escuchar cómo su amigo, del otro lado de la puerta, se enervaba con el recibimiento que le propendían.
Francisco: Déjate de idas y vueltas, la última vez que… -y de repente, la puerta se abrió.
Nicanor: No entiendo por qué te pones así, si tan solo te decidieras a esperar en silencio, las cosas serían de otra manera. Debes aprender que en esta vida, se espera, no sólo al amor o la felicidad, sino también a los amigos. –Francisco, lo miraba extrañado, no comprendía muy bien aquellas alusiones.
Francisco: No necesito de tus consejos, a la larga, uno les presta la suficiente atención, los intenta comprender, y nunca los pone en práctica. Hoy, no tengo demasiado para contar, sólo que tengo un dolor de cabeza horrible. Me haría muy bien un té, y tú, ¿Qué cuentas? Está helando aquí adentro, ¿Aun no te has hecho ver esa tos? Qué obcecado eres. –Nicanor lo escuchaba a medias desde la cocina mientras preparaba el té encomendado. Francisco, se había acomodado en unas de las sillas dispuestas en la sala principal.
Nicanor: Es sólo una tos, el cuerpo es sabio, dejaré que se encargue de ella. Aquí tienes tu té, ten cuidado, aún está en su hervor. En cuanto a mí, estaba en medio de un sueño extraño hasta hace un momento, hasta que la tos me obligó a desistir de él, y tuve que levantarme, en contra de mi voluntad. Además de eso, pensaba, y mucho. –la mirada que descubría al decir esto, era la de un hombre perdido, falto de respuestas. Luego de ponerlo al tanto del sueño que había tenido, volvió a la cocina por un poco de agua, ya que su amigo no había hecho caso a la advertencia acerca de la infusión.
Francisco: Otra vez, piensas más de lo que vives. Te empecinas en querer encontrarle un sentido a cada uno de los eventos que componen tu existencia. Te diré algo, cuando uno cree que al fin ha logrado desenmarañar el meollo de una cuestión que lo turba, y que acapara todo su interés y esfuerzo, descubre que se encuentra con una pared que le detiene el paso, y que lo que se ha hecho no es más que apreciar el asunto con otra determinación, diferente a todas las otras que se venían concibiendo.
Respecto al sueño, creo que sólo se ha tratado de eso, un sueño. Hay quienes dicen que se pueden interpretar, pero eso ya no me incumbe, no poseo las facultades requeridas para ayudarte en ese sentido. Tengo un concepto idílico en relación a los sueños, pienso que son breves intervalos que nos van acercando de a poco al cielo que anhelamos, a ese cielo que no compartimos con nadie, y que no debe ser descubierto. Es donde sucede todo, y a la vez no sucede nada, donde somos lo que somos, y a la vez somos otra cosa, donde encontramos aquello que se asemeja a la felicidad, y la vez perdemos aquello que hemos encontrado. –luego de que compartiese todo esto con Nicanor, el cual se mostraba impasible y profundamente obnubilado por todas aquellas palabras, éste le agradeció profundamente con un gesto de complacencia que se vislumbraba en su rostro.
Nicanor: Has puesto en palabras lo que llevo dentro. Me siento tan bien en este momento, me hallo redivivo, y eso es más de lo que puedo pedir. –estaba emocionado, y su viejo corazón daba cuenta de ello.
Francisco: Deberíamos salir un rato, dar un paseo, hace un día espectacular, y a nuestra edad, como a cualquier edad, no se debe desaprovechar un solo día, aun cuando nubes oscuras quieran hacernos pensar lo contrario. –agarró su abrigo, y se dirigió a la puerta, donde se detuvo a esperar a su amigo.
Nicanor: Sí, es preciso que salgamos. –y así, ambos salieron.

