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Nicanor: Confesión final

De nada servirán tus plegarias, nada somos ni nada seremos. Si piensas que alguien allí arriba te escuchará, con más razón mereces la muerte.
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La iglesia estaba vacía, como de costumbre, sólo una mujer, joven, esbelta, ligeramente encorvada, que llevaba puesto un sombrero de verano, blanco y vistoso, y un vestido delicado que congeniaba con su silueta, se encontraba allí, haciendo sus genuflexiones diarias y rezando frente a la imagen de Cristo. No estaba sola, a pocos metros se hallaba un pequeño que miraba todo a su alrededor y se impacientaba al ver que nada extraordinario ocurría en aquél lugar. Era su hijo, tal vez el menor de ellos, si es que acaso tenía otros. La madre del niño parecía estar sumamente concentrada, por lo que a él no le quedaba más alternativa que esperar a que terminara. Esto ocurría en el extremo derecho de la iglesia, en el otro, sentada en un rincón bien apartado, se encontraba una señora mayor, al parecer sin compañía, cuchicheando en voz baja y que se sentía más sola que otra cosa. La arquitectura del lugar no tenía nada que envidiarle a las otras iglesias, la iluminación por las noches era algo digno de ver en verdad, las sombras se alzaban al unísono con el fuego de los candelabros, las estatuas transmitían mensajes divinos, el silencio que reinaba tranquilizaba a las almas, cualquiera sea la cruz que llevasen, las prominentes paredes, con sus detalles misceláneos, le daban un aspecto particular, difícil de recrear con palabras. Pero todo eso pertenecía al pasado, no quedaba más que un mero resquicio de todo lo que había llegado a ser antaño. La iglesia había sufrido el paso del tiempo, como le sucede a la mayoría de las personas. Los fieles que se congregaban dominicalmente ya no eran tantos, pero lo que resultaba extraño, y nadie podía responder con certeza, era cómo se había mantenido en pie todos esos años, puesto que el lugar amenazaba con caerse a pedazos desde hacía tiempo. Poco antes de que el padre oficiara la santa misa, Nicanor ingresó al templo y, con todas las dudas que lo aquejaban, se dirigió al confesionario, dispuesto a confesarse, o al menos intentarlo.

Sacerdote: ¿En qué le puedo ayudar hermano?

Nicanor: En nada. No le encuentro el sentido a esto.

Sacerdote: ¿Desea encontrarle un sentido? Tal vez, si continúa con su búsqueda, pueda obtener uno.

Nicanor: No. Cada vez que lo encuentro, algo sucede y todo vuelve a empezar, sin más. Quedo en la nada misma. Mejor me ahorro tanto trabajo.

Sacerdote: Pues bien, si esa es su postura, me temo que no puedo hacer nada por ayudarlo.

Nicanor: No comprendo, ¿no debería darme palabras de consuelo? ¿Intentar animarme siquiera?

Sacerdote: Palabras de consuelo. ¿De qué le servirían?

Nicanor: ¡Pues no lo sé! No me corresponde saber eso, es su obligación brindar cuanta ayude uno esté necesitando.

Sacerdote: Se equivoca, no estamos aquí para eso.

Nicanor: ¿De qué habla? Se deben al prójimo, sin él, nada serían.

Sacerdote: No puedo ayudar a quien no se deja ayudar. Hasta que no logre entender eso, en vano serán mis acciones.

Nicanor: No deberían de llamarle sacerdote, no es más que un blasfemo.

Sacerdote: No soy más que un humano. Y aunque cueste creerlo, también he estado en su posición.

Nicanor: Cuántas mentiras juntas promulgan ustedes, los servidores del señor. Y sin el menor de los escrúpulos.

Sacerdote: En algo tiene razón, mentimos, y seguiremos haciéndolo, pecamos y nos arrepentimos como todos, pero nuestras mentiras no se hallan referidas a cuestiones tan graves como estas, lejos están de relacionarse con semejante farsa.

Nicanor: Sólo quieren convencernos a toda costa de que debemos ser bondadosos, alejarnos del hedonismo, ser personas de bien y entregarnos al otro. Son puros inventos, engaños que sirven a sus propios fines.

La cosmovisión de Nicanor respecto de la Iglesia y las relaciones que mantenía con ella siempre habían sido de lo más antagónica. No era partidario de la doctrina que se promulgaba allí, el mundo de lo divino y lo esotérico, no se le presentaba más que como una quimera creada para engañar a cuantas almas agonizaran.

Mientras Nicanor y el sacerdote intercambiaban ideas, ingresó al templo un hombre robusto, desaliñado, con los ojos inyectados de rabia y al cual parecía no importarle en absoluto lo que aquel lugar significara para el resto. Llevaba un saco negro y zapatos en punta, una barba de tres días, y su rostro turbado denotaba malicia. Tras su llegada, el ambiente se tornó más pesado, silente, ya no era el mismo. La joven madre y su hijo habían abandonado el lugar hacía ya un tiempo y la anciana moribunda tampoco se encontraba allí. Cuando Nicanor y el sacerdote se voltearon para observar a aquel hombre, este no tardó en acercárseles y dirigiéndose al sacerdote vociferó:

Hombre: ¡Estoy aquí para vengar la memoria de mi hijo! Esta será la última vez que sus ojos cruentos vean la luz del día.

Sacerdote: ¡¿Quién es usted?! Se está equivocando de persona, no recuerdo haberlo visto.

Nicanor: ¡Por favor! Suelte el arma y guarde la compostura, no querrá ser apresado por un arrebato de locura. Cualquiera que sea su motivo, no es este el medio más propicio para resolver sus asuntos. –el hombre, había desenfundado un revólver y lo sostenía mientras apuntaba al sacerdote.

Hombre: ¡Usted no se meta! Esto es entre él y yo. Qué osadía, afirmar con tanta soltura que no me recuerda. No es más que un vil mentiroso, además de…

Nicanor: ¿Además de qué?

Sacerdote: ¡Oh! ¡Dios! ¡Soy inocente de todo cuanto se me quiera acusar!

Hombre: ¡Mentiras y más mentiras! Ahora que lo observo de cerca, alcanzo a vislumbrar en su rostro el infierno. Sí, por fuera, en apariencia, no es más que un devoto, un animal creyente que despierta admiración en los demás; pero, por dentro, en lo más hondo de su ser, se encuentra agazapado un espíritu perverso y ruin. –parecía estar muy seguro de lo que decía.

Nicanor: ¿Por qué dice tal cosa?

Sacerdote: ¡Haga lo que tenga que hacer! ¡Pero hágalo ya! Rey celestial, me encomiendo a ti. –el sacerdote rezaba como nunca antes.

Hombre: De nada servirán tus plegarias, aquí y en el cielo, nada somos ni nada seremos. Si piensas que alguien allí arriba te escuchará, con más razón mereces la muerte. Incontables son las veces que he implorado pidiendo por la salud de mi niño, y para qué. Ahora ya no está, se ha ido demasiado temprano de este mundo. Si tan sólo hubiera obrado de otra manera, quizás aún seguiría con vida. ¡Confiesa! ¡Quiero que te avergüences en tu casa, que te humilles ante tu Dios!

Nicanor: ¿Qué es aquello tan urgente que debe confesar padre?

Sacerdote: ¡Ay! ¡Qué me lleve la muerte ahora mismo! Antes de partir he de expiar mis pecados, así podré purificar mi alma o lo que queda de ella. Confesaré, puesto que no hay un día en que no me arrepienta de lo que hice. Ese niño… qué adorable era, con su rostro risueño y sus mejillas como porcelana, no conocía el mal, todo en su existencia era bien.

Nicanor: ¿Qué le sucedió a aquella criatura al parecer tan inocente?

Hombre: Una injusticia, mi pequeño fue víctima de una terrible injusticia.

Sacerdote: Cómo iba a saber que la medicación que le proveí con la mejor de las intenciones no era la adecuada para su tratamiento. Sólo quería aliviar un poco sus dolores, fue entonces que me hice con unos remedios caseros que conseguí, pensando que tal vez podrían producir alguna mejora. Se los di sin más, pero su cuerpito no supo asimilarlos…

Hombre: En vez de hacerle un bien, empeoró las condiciones de su salud, lo que lo llevó a la muerte mucho antes de lo esperado.

El hombre sostenía el arma con manos temblorosas, dubitativo, y tenía los ojos lacrimosos. Estaba lleno de espanto por lo que iba a hacer, no era un asesino, tampoco quería serlo, pero el desgarro en su corazón era insostenible, el vacío se había apoderado de él. Ya no podía esconderse de la realidad, en adelante, no habría más que dolor, sombras oscuras habían profanado su alma. Entonces, raudamente, la tranquilidad de la iglesia se extinguió y parte del piso se tiñó de rojo, a causa de la bala que se alojó en las sienes del sacerdote, provocándole la muerte instantánea. Acto seguido, el hombre se fue con él. A Nicanor, no le quedó otra cosa que hacer más que pensar en la muerte.

Manuel Arias