Variaciones en torno a un vampiro
Estas líneas se interceptan como haces de luz en el interior de una caja negra. Se desplazan en busca de una superficie porosa donde aferrarse. Quien las lee, quien busca con ardor descifrarlas, está actuando en la piel de un antiguo personaje de la hermenéutica. Encarna al Gran Intérprete que, finalmente y cuando todo parece estar a punto de desbarrancarse, logra atisbar un significado en la pila de deshechos. Entonces, y sólo entonces, puede afirmar que ha entendido algo. Puede fotografiar su verdad y mostrar cómo de ella surge un producto acabado. Pero esa victoria no prospera, es efímera y se pierde. Desaparece.
Su presencia me incomoda. Siento una oscura amenaza latiendo detrás de sus movimientos. Estoy atrapado entre dos paredes mohosas. La luz artificial no alcanza a atenuar la sensación de aislamiento y soledad que experimento. Primero pide que me quede quieto y deje de respirar. Acato sin dudar sus órdenes. Quiere que sea un objeto más en esta habitación atiborrada de libros. Yo sólo pienso en las arañas que habitan el rincón de la biblioteca y en qué pasará con sus crías cuando llegue el invierno. Si morirán de forma lenta y minuciosa o serán destruidas por algún agente químico. Existe un contraste entre su aspecto frágil y ligero del comienzo, y la violencia que emana de ella al disparar. Me pregunto si será consciente de eso, y si no me verá como a una presa demasiado fácil de atrapar. En fin, un hombre ridículo y vanidoso aquejado del melancólico vicio de la lectura. Ejerce la vieja gramática del poder, la fotógrafa: se inmiscuye en mi rostro, penetra en mi carne como si manipulara un filoso escalpelo. El resultado será un retrato vagamente parecido al mío. El retrato de un muerto, de un vampiro.

(Foto Gentileza Pauline Vignaud)
La caja negra es un instrumento ritual y en su interior se produce una serie de procesos alquímicos. La luz y la sombra se transmutan y el orden del mundo –por decirlo de algún modo- se invierte hasta revelar un trasfondo perturbador. Desaparecen las certezas, el sentido naufraga, y las premisas fundamentales que aseguran, hasta cierto punto, nuestra supervivencia, se ven alteradas. Nadie puede pasar por alto el hecho de que las imágenes fotográficas han modificado en gran medida la forma en que percibimos y encaramos la experiencia contemporánea. Personas, cosas y situaciones se pierden o desaparecen al quedar fuera de campo. Nada ni nadie existe si no es absorbido antes por la mirada escrutadora. Un cono de sombras cae abrupto sobre el transgresor, sobre el réprobo que desea pasar desapercibido dentro del universo explícito. En su coto de caza, el fotógrafo es un tirano que se impone a fuerza de intuiciones fulgurantes.
Podría afirmarse que la naturaleza del hombre al que le ha sido enajenado el rostro, es ficticia. Que este vampiro nos es más real que su imagen capturada en la caja negra de la cazadora. Y que vistos desde cierta distancia, la fotógrafa y el hombre que escribe son la misma persona.
¿Por qué leer, entonces, precisamente este texto en la inauguración de un laboratorio analógico de fotografía? ¿Por qué tendría que involucrar mi escritura con una forma de expresión que muchas veces me ha parecido hermética? La respuesta no puede ser más previsible. Un día una cazadora que portaba una pequeña caja negra decidió fotografiarme y desde entonces tengo la certidumbre de que yo ya no escribo. En mi lugar quedó un fantasma monologante. Una cabeza sin rostro.

Tengo que defenderme de algún modo. La desnudez es un lujo que no me puedo dar. Desnudez del rostro. Desnudez de las intenciones. Desnudez del pensamiento. Todo queda a la vista por la acción de un mecanismo perverso: escribir, fotografiar. Mientras la fotógrafa me apunta con su caja negra, le saco una foto. Es un disparo al azar, producto de un raro momento de lucidez. Si ella se ha adueñado arbitrariamente de algo mío que desconozco y temo, voy a intentar retener su figura en alguna zona intacta de mi memoria. Invertiré los términos de nuestra relación. El escalpelo, como rara vez suele suceder con el poder, cambia de manos. Es una suerte de compensación por haberme hecho partícipe directo de este extraño rito en el que somos, paradójicamente, aliados y feroces adversarios. Me he adueñado de su rostro al que ahora vacío de toda emoción humana. Voy a escribir superponiendo mi caligrafía a su imagen enigmática. Será una venganza perfecta. Escribiré: (Foto Gentileza Pauline Vignaud)
Pablo Grasso


