Canción de despedida a un prócer de Mendoza
Ay, Yapa querido, hubieras visto lo triste y dulce que fue tu despedida. Cientos y cientos de personas que llegaron con un nudo en la garganta a decirte gracias y que se fueron lagrimeando de lo lindo, atontados por tantos recuerdos. Y eso que en Villa Marini no somos de llorar. Decenas y decenas y decenas de niños , adolescentes y adultos que aprendieron de vos la maravilla social que es el fútbol, ese juego capaz de transformar la vida de los desgraciados y de enternecer los días de los más privilegiados.
Ya mismo te digo: has hecho por la armonía y por la seguridad comunitaria, mi hermano, más que cien batallones de policías, treinta manadas de rottweilers, mil kilómetros de muros de barrios privados, cien carnavales con serpentinas de púas y diez mil móviles tuertos con sus sirenas histéricas persiguiendo sombras de sombras. Has sido un inigualable prócer social, el mendocino más importante de los últimos 50 años en el oeste hostil de Godoy Cruz. Generaciones de políticos no te atarán ni los zapatos; clanes de empresarios, por tres milenios, no alcanzarán ni un diez por ciento de tu tesoro; dos mil años de curas no salvarán ni por asomo las almas marrones que vos salvaste en nuestros barrios; camionadas de sindicalistas, colectivos de artistas, ríos de intelectuales y periodistas, no lograrán acercarse ni por asomo a tu legado.
Lucio, Enzo y la tristeza.
¿Cómo mierda se te va a ocurrir morirte, mi hermano? ¿Sabés cómo los dejaste a todos..? Con el culo pal’ norte, con la gota escondida, con el silencio hondo que sólo tienen los obreros y los pájaros cuando agonizan, con las zapatillas mudas, las medias caídas y los arcos marchitos. Vos te moriste y te lo perdiste: yo vi a los niños en la canchita de tierra esperando tu cortejo, absortos, cascoteados, castigados otra vez, como siempre, pero ahora por el destino. Yo besé a tu Charo, tu mujer, y le apreté las manos; la vi secándose las lágrimas con una sola pregunta empapada. Vi a tus hijos, la Vero, la Vale y el Pablo, más tristes y golpeados que la mierda. No se me ocurrió más que abrazarlos y decirles un par de boludeces.
Vi también a tus otros hijos, cientos, miles de pibes que pasaron por tu club durante cincuenta años. Todos, todos, tienen mucho que agradecerte. Había por ejemplo uno que vino desde Costa de Araujo y contó que las primeras y únicas vacaciones de su vida las tuvo con vos. ¿Sabés a qué se refería? A esas escuelas de verano que hacías en el club YPF. ¡Hasta conseguiste que los dejaran entrar a la pileta! Imaginate, jugaron al fútbol en cancha de pasto y se metieron a una pileta gigante, tantos y tantos niños, por primera vez en sus vidas. A esas visitas al club, las llamaron vacaciones. Fueron felices con vos y con la Charo y mi hermana la Susi, tu comadre desde hace 35 años, que te acompañaron siempre, como tantos madres y padres. Cómo mierda te vas a morir, Yapita, ¿a quién se le ocurre tomarse el palo de esa manera?
Hace unos 35 años que sos parte de mi familia y la última vez que te vi, hace unos días, estabas haciendo lo que estabas haciendo cuando te agarró el derrame cerebral que te mandó al tacho: regando la canchita de tierra del Club Peñarol, en Salta y Luzuriaga, en el hospital El Carmen. Vos sabías que yo día por medio paso por ahí, cuando voy a morfar con mis viejos, la María y el Pocholo, y con mi hijo Eliseo, a la salida del diario. Estabas regando la canchita con una manguera de mierda y su chorrito pedorro, pero no te importaba: siempre laburaste muy, muy duro para que el milagro del pasto llegara a las canchitas. Algún día, seguramente, iba a ocurrir, porque así eras vos de obstinado con tus sueños.
Yo te vi desde mi auto y volví a admirarte, como siempre te he admirado, mi hermano. Y ahora resulta que paraste la pata, Yapita, promediando el segundo tiempo y con el partido ganado 5 a 0 y paseando a los rivales…
Venías de Tupungato y trabajaste una pila de años en YPF. Ibas al almacén de la Canderola, al de Don Carmelo, a la Angélica y a varios otros y siempre les pedías “la yapa”, una galletas redonditas con confitura color rosa o algún caramelo. De eso, al apodo, no hubo más que un paso. Empezaste con tu gigantesca tarea social y deportiva cuando perdiste a tu padre, a los 16 (mirá lo que son las cosas, ahora tu hijo el Pablo aprendió lo que es perderte y él tendrá que recoger la manguera para regar el baldío y levantar de media asta la bandera del club, porque hay montones y montones de familias con un agujero en el pecho. Igual, vos, mi hermano, tranca, descansá en paz, porque lo van ayudar, escuché decir a varios padres que lo iban a ayudar a sacar adelante el club).
José Daniel "El Bocha" Ponce.
Te estaba diciendo que los memoriosos recordarán que vos empezaste cuando crepó tu viejo. El había fundado el Club Peñarol, junto con don Ramón Alvarez, y vos lo heredaste. Es, lo sabemos, uno de los dos más grandes clubes aquellas barriadas. Yo era de los rivales, del Club Amistad. Recuerdo aquellos clásicos jugados a cara de perro, en aquel potrero, junto al zanjón y la viña de los Tossi, donde ahora hay un Corredor del Oeste. Yo me acuerdo -y no mucho- de apenas de una de las versiones del Peñarol de adultos. Ustedes tenían un equipazo, tenían, dejame acordarme, aunque seguro me equivoco porque tengo una memoria del orto y capaz que confundo nombres: el Flaco Costilla o El Mochilero al arco, de 10, el Miguel Gutiérrez, un exquisito, ¡mi espejo, mi ídolo!, hasta que lo mataron de un tiro en el pecho en el billar de Salvador Arias y Groussac, ¿te acordás? Estaban también el Luquitas, el Mario Gómez (qué admirable habilidad tenía para pegar codazos), el Pedro Mairán, el Chiquito Castro, el Canasta, qué sé yo cuántos más.
Club Amistad, el niño de azul es Neri Cardozo.
Me dicen -porque yo no me acuerdo- que también, en otros momentos, estuvieron en el club el “Tito” y el Miguel Magallanes, el “Bocha” Ponce (otro ídolo mío, un jugadorazo, que del Tomba se fue a Estudiantes y a Boca y llegó a la Selección Argentina y vivía a la vuelta de mi casa, en la calle Falucho) y también el gringo Nicotra y hasta el Nery Cardozo, que nos veía jugar desde la orilla y se ponía para las fotos.
En fin, todos buenos pibes, buenos para el fútbol, para el escabio y para las piñas. Todos capos que alimentaron mi infancia y me ayudaron a hacerme hombre y a entender que hay una sola forma de mirar el mundo: desde el barrio. En ese equipo de Peñarol, de central, jugaba mi hermano, el Oscar, que por entonces se debatía entre seguir en Gutiérrez Sport Club (club con el que salió campeón con la primera) y meterse de lleno con Medicina, la carrera que había empezado a estudiar y por la que todos en el barrio, desde el primer día de clases, siempre le dijeron y le dicen “Doctor”, desde sus 18 años, hasta ahora que tiene 58. Ahora, vos lo sabés, Yapita, el Oscar es un pediatra de puta madre, pero muchos en el barrio siguen extrañando a aquel soberbio defensor central que era, así, estilo Perfumo, con su juego de cabeza, sus cambios de frente y su pegada de fuera del área.
Yo, en cambio, elegí ser del Club Amistad. Eramos más nuevitos y mi sueño era, claro, superar a los maestros de entonces. Creo que sólo una par de veces conseguimos ganarles, pero, eso sí, varias veces les hice goles, lindos goles. De hecho, ahora que lo pienso bien, creo que los goles más importantes de mi vida, se los hice a ustedes y fue como tocar el cielo con las manos, mienras mis maestros se quedaban hociqueando mal y mirando el piso del potrero.
Yo tenía 14 o 15 años y jugaba contra los grandotes, entre ellos, mi propio hermano, y tenía una desfachatez insólita, la misma que he tratado de tener para vivir y que me ha hecho pagar mis precios. Un año o dos después de los clásicos, mi hermano empezó a dejarme jugar con esos tremendos monstruos. Todavía recuerdo trofeos que ganamos, viajes en camión a los partidos, algunas piñaderas monumentales, algunos asados comiendo la carne en sánguche y la ensalada con las manos y las cervezas frías de don Carmelo, sentados nosotros al borde de una acequia con barro podrido o con las patas metidas en el zanjón, riéndonos como guerreros espartanos, como perros bajo la lluvia, como indios del desierto. Eramos, Yapita, tan pobres y eternos, tan sencillos y valientes, tan salvajes y tan hermosos.
También recuerdo que por aquel entonces, vos habías construido una cancha para Peñarol, una de las tantas que hiciste, allá entre el primer y el segundo zanjón, allá por la calle Salvador Arias, antes del barrio Pappa. Mirá vos lo que son las cosas, la última vez que comimos juntos, fue en la Unión Vecinal, que está en la calle Salvador Arias. Fue a fines de noviembre, en el cumple del Genaro, el nieto de mi hermana Susi, el hijo de la tu ahijada, mi sobrina, la Mariana, claro. Como tantas otras veces, hiciste para todos una carne a la olla que estuvo para chuparse los dedos y tomamos unos vinos y charlamos de fútbol (unos días antes “Tu” Peñarol le ganó a Biritos, el equipo de mi hijo Eliseo, en la cancha de tierra del Parque San Vicente) y también hablamos -chistes de por medio- de la cantidad de años que llevaban casados con la Charo y del embarazo de Griselda mi mujer (ahora mi hija Galilea tiene más de dos meses, y es hermosa, y vos no la conociste).
Bueno, mirá, te cuento un secreto de aquel almuerzo: en un momento en que vos te levantaste a llevar carne a la mesa de los niños, ella, la Charo, dijo que vos eras un gran hombre y que te volvería a elegir otra vez para vivir la vida que vivía con vos. Eso es amor, Yapita, amor le dicen, por eso la Charo lloraba tanto en tu velorio. Y por eso, después de oír eso, yo fui y te saqué esta foto:
Quién iba a decir, mi hermano, que tres meses después de aquel almuerzo, mientras regabas la canchita con el Pablo, te ibas a descomponer y terminarías muriéndote el hospital El Carmen, con un montón de chicos afuera, sentados en el cordón de la vereda de la calle Salta, esperando que te dejaras de joder y salieras de ahí, para entrenarlos otra vez en la canchita de tierra, porque el sábado hay partido.
Varios días me ha llevado escribirte todo esto y lo he he hecho con un nudo en el pecho. Y de digo, ya para ir yéndome: algo es seguro: se hablará de vos, Rubén “Yapa” Gutiérrez, allá en el oeste de Godoy Cruz y más lejos también.
Las generaciones futuras de Villa Marini dirán que nno pasaste en vano por el cuero del mundo, que fuiste un hombre noble, honesto y con un extraordinario sentido de lo social. Que jugabas de cinco, ahí en el centro de la cancha, distribuyendo la pelota y tirando sombreritos y caños, fiel a la escuela de mediocampistas centrales elegantes como el Pocholo Naranjo, del cual fuiste seguidor, amigo y heredero. Se dirá que tu gustaban las guitarras cuyanas, el vino y la amistad. Se dirá que te desvelaste por dar ejemplo, cultura y esperanza a miles de niños del oeste. Que los hiciste jugar con honestidad, con sentido del honor, con orden táctico, con elegancia y con respeto por los rivales y por sí mismos. Se dirá que contribuiste a la paz y a la seguridad social como pocas personas que yo haya conocido en mi vida. Que fuiste marido y padre ejemplar, cocinero dedicado y que tenías la risa y el abrazo fácil. Se dirá que te quisimos mucho y que no vamos a olvidarte. Y que cada vez que un niño del oeste –con toda su miseria y su maravilla a cuestas– tire una gambeta, ahí estarás vos, mi hermano, Yapa querido, dándole aliento y confianza, dándole un futuro y alejándolo de todos los peligros que lo rodean por el mero hecho de haber nacido pobre. Estarás en su gambeta, mi hermano, claramente perdurable, soberbiamente altivo, nítido, inolvidable, Yapita, y hermosamente vivo.
Ulises Naranjo.