Poemas de verano: Rubén Darío Romani
Crisoles
De tanto predicar en el desierto
la venida de Su figura
se acostumbró a la presencia muda
y a la ausente compañía
de su sombra cada tarde.
El profeta ciego aprendió
a descifrar en el rescoldo
de llamas nunca encendidas
las sombras de un baile antiguo y cierto,
unas notas persistentes que rodeaban
las piedras negras y las cenizas.
Al fin de sus pasos el predicador
comprende que deberá empezar
a recordar su propia vida
y camina de manera que,
antecediendo los últimos pasos,
recupera los primeros.
Todas y cada una
de las palabras profetizadas
eran ya sustancia viva de su cuerpo
y aguardaban, impacientes,
desde el temblor del silencio,
ser liberadas, ser dichas.
Fogata de haikus
Con esta siembra
de vientos y de hielos
pasa el invierno.
Adormece el solsticio
el rostro ajado
la endeble boca.
La luz que tenue
vuela y canta
su magisterio de almas.
Todo descansa
menos tu sexo,
mi paladear de sombras.
Cenizas cotidianas
del fuego antiguo,
anual escarcha.
Entrepierna, interfauce
la rosa añil
su flor advierte.
No es malo florecer
entre estos ciegos
y aquellos faunos,
pero tu mano
como leño cae,
fruto de otro silencio.
Un pájaro de sombra
suelta tu nombre
hasta morir.
Por Rubén Darío Romani

