El Futre: La leyenda del inglés melancólico
El Zonda es la maldición bíblica que, sin duda alguna, se merece la ciudad de Mendoza. Cuanto más lo pienso, cuanto más vueltas le doy al asunto, más crece mi deseo de proclamarlo. O lo grito o estallo. No tengo alternativa. Largo la moneda y cae, un, dos, dando un golpecito, tas, seco sobre mi mano derecha. El sol del veinticinco me sonríe en la cara. Ese astro mofletudo como angelote renacentista que dicen es de guerra aunque yo lo dudo. ¡Ni que estuviésemos en Hollywood! Voy a dar inicio, entonces, a la que será la primera de mis Proclamas: Que venga un ventarrón del demonio y borre de esta tierra desgraciada su pantomima de respetabilidad y progreso. Que esta ciudad vuelva a ser lo que nunca dejó de ser: ¡un villorrio infecto! ¡Un estercolero huarpe! Si hasta a Charles Darwin, cuando pasó en viaje de estudios en 1835, el lugar y sus habitantes, es decir, la fallida amalgama de esos dos factores determinantes, le parecieron de una pobreza angustiante. Pura siesta, pura vagancia y nada de diversión. La joya de Cuyo era, efectivamente, un grosero holograma brotado en el corazón del desierto. Y encima, para rematar su experiencia entre nosotros, parece ser que al científico inglés, al barbirrubio naturalista, le picó una vinchuca chagásica en las inmediaciones de Luján. ¡Loado sea Dios, que con artimañas así se venga de la impiedad humana! Eso es algo que seguramente no figura en los prospectos turísticos financiados por el Espíritu Grande. No, todo se tapa y embarulla, todo se enchastra con la fanfarria decadente de la orgía vendimial. Fiel a su espíritu observador, el futuro autor de “El origen de las especies” fue lapidario: “En mi concepto tiene esta ciudad un aspecto triste y desagradable. Ni su famosa alameda, ni el paisaje que la rodea pueden compararse a lo que se ve en Santiago”. Como se ve, pocas cosas han cambiado desde ese tiempo para acá.
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-¿Pero usted no iba a hablar del libro de Juan Nievas?
- Bueno, sí, pero aprovecho que este viento tiene para rato para meter un poco de púa…
- No se preocupe: nadie leerá esta sección.
- Ya me pasó antes con Ricky, con el finado Luy y con los gemelos “asfáltico”. A todo se acostumbra uno, y como decía Joseph Conrad: “El arte es largo, la vida corta y el éxito, ay, queda lejos”. En fin.
Músico de swing, poeta y agitador cultural, el lujanino Juan Alberto Nievas (1985) revisita con “Futre”, editado en 2013 por el Círculo Editorial Autogestivo, una de las leyendas más icónicas que ha dado esta geografía: el Futre. Vale la pena adentrarse en esta historia que, como todo producto de la imaginación popular, ha ido enriqueciéndose hasta cristalizar en un núcleo duro (el tema) en cuya órbita circulan un sinfín de variantes. O lo que ciertos sabihondos, que los hay y con buena salud, definirían como un fractal. En la versión de Nievas, es el propio Futre quien desovilla su vida reclamándoles a los hombres que intercedan ante los dioses por un poco de justicia. La posteridad, con la saña que la caracteriza, ya lo ha condenado de antemano. Es y será, mal que le pese, el “desquiciado avaro”, el “semi-demonio” y el “cruel patrón”. Por eso, en un arranque de patetismo, llega a decir: “Quisiera encontrar mi cabeza para ponerla una vez más sobre mis hombros/ Con tal de disimular mi tremenda presencia entre los mortales”. ¡Y ahí sí que se jodió! ¿Dónde se ha visto que un fantasma asustador, una leyenda comarcana como la del Futre, le pida clemencia a un ser humano? A la hiena cebada, a la bestia asesina que es el hombre no se le pide ventaja ni clemencia. ¡Palo y a la bolsa! ¡Y huir!
Nievas toma la que yo llamaría la variante anglosajona (en contraste con la chilena, absurda y de cierto regusto proletario), esa que habla de un pagador inglés contratado por la empresa constructora del Tren Trasandino, una celada nocturna motivada por la más baja codicia, un horrendo asesinato y una pena honda e inconsolable. Es por eso que la voz del Futre resuena entre astillas líricas y negras emanaciones románticas, como si Fausto, el fantasma del padre de Hamlet, Horace Walpone, Gustavo Adolfo Bécquer, Washington Irving, Edgar Allan Poe y don Draghi Lucero se hubieran reunido para emborracharse en un boliche de Las Cuevas. Y lo más importante: el texto devela la historia secreta del personaje (su psicología), los motivos desconocidos por los cuales terminó donde terminó, y si uno creyese en la realidad de una Providencia asesina que todo lo digita y en todo se inmiscuye, la manera atroz en que halló la muerte perseguido como una liebre asustada. Huyendo de un amor prohibido, victima sacrificial de la moral victoriana, el joven ingeniero se embarcó rumbo a América sin más horizonte que la imperiosa necesidad de olvidar. Y es la cordillera de Los Andes, con sus nieves eternas y sus filosos ventisqueros, el escenario donde experimentará, “alejado para siempre de todo lo conocido”, el purgatorio sin fisuras de su eternidad.
(Juan Alberto Nievas, foto gentileza de Pauline Vignoud)
He resurgido una vez más
Desde la oscuridad y el silencio
Como cada noche desde cien años
Un siglo de sufrimiento precede esta noche a mi nombre
En nombre que nadie quiere pensar en la soledad nocturna de la cordillera
El nombre que se entremezcla al galope
Rompiendo el silencio del viento
Futre! gritan los que acaso sobrevivan al encontronazo
Mientras el miedo circula frenético por sus cuerpos
Expuestos a la intemperie de la total incertidumbre
Futre! gritan intentando recrear en el grito
El inmenso horror de mi mera presencia
Futre! gritan y huyen
Huyen y se disuelven tras la espesa cortina negra
Y noche tras noche mi soledad recrudece
Un siglo de ausencia precede a mi nombre
Futre! el maldito y arrogante gerente inglés
Futre! el desgraciado insomne del desvelo fatuo
Aquel que deambula en un poema dantesco
Soy el que todos celebran muerto
Sin antes siquiera haberme visto vivo
(de: “Futre”, 2013)
Mi historia es la historia de un ferrocarril que trasciende
La densa sustancia del cordón imponente que atraviese el oeste
Soy parte de un absurdo juego de prejuicios
Que se entremezclan y se interponen
Entre lo que dicen que fui y lo que realmente soy
Dicen que fui macabro y despiadado atribuyéndome dotes
De semi-demonio
De desquiciado avaro
De cruel patrón
De sínico pagador de jornales
El haber arribado a esta tierra entre los fetiches de la codicia
Me condenó arbitrariamente a ser protagonista de una tragedia mal contada
Porque quienes cortaron mi cabeza
Junto con el dinero
Aquella noche se llevaron también mi alma
(de: “Futre”, 2013)
¡Cómo duele el destierro!
Embarqué con el peso del exilio sobre mis espaldas
Cada ola del inmenso mar atravesado
Resultó una espina
Clavada en la carne del punto más sensible del cuerpo
Deshonré a mi padre
Avergoncé a mi madre
Recibí el repudio de toda la familia
Bebí el néctar prohibido de un amor imposible
Quemé mis manos en el fuego de una hoguera ajena
Acaricié la piel de Venus encarnada en la mujer de otro
Degusté soles de amaneceres impensables
Amé
Y por la insolencia de mi pecaminosa conducta
Fui enviado a cumplir mis deberes al otro lado del mundo
(de: “Futre”, 2013)


