Más sospechas por la muerte de Andy García Campoy
Nada cierra. El balazo, la forma, las circunstancias “oficiales” del caso, los testimonios, los llamados al 911, la secuencia de los hechos. La muerte de Andy García Campoy (20) en un confuso control con gendarmes el viernes 13 de este mes permanece en la sombra de la duda, hasta tanto las pericias ordenadas por el juez federal Walter Bento lleguen a Mendoza, y en pocos días más la causa pierda su estado de secreto sumarial. Mientras tanto, la suma de indicios, las primeras pericias, los testimonios, y sobre todo la información existente sobre el carácter, los modos y las costumbres del chico muerto hacen dudar de la versión oficial del “suicidio” previo amenaza a tiros a los gendarmes, al punto que antes de enviar el caso a la justicia federal, el fiscal federal Jorge Calle lo caratuló como homicidio agravado.
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El armero Aldo Chesi dijo ayer a MDZ Radio que no conoce ningún caso de gente que se haya suicidado de un disparo en el temporal derecho. También dijo que se necesitan de las dos manos para accionar ese tipo de arma, aunque prácticamente descartó que el balazo que el chico recibió haya sido de 9 mm o de un arma de calibre más grande que una cal. 22. “Le hubiese atravesado la cabeza” graficó. Y el proyectil que Andy recibió se desarmó al golpear con dos huesos. Por lo que se sabe, el juez habría ordenado una pericia que consiste en reconstruir la bala para intentar determinar el calibre, junto con otras pericias balísticas que incluyen todas las armas en escena (la carabina, las de los gendarmes y las de penitenciarios que pasaban circunstancialmente por el lugar), y pruebas en la piel de todos los involucrados, incluido Andy. Lo que sí es probable es que la muerte ha sido provocada con el arma del chico. Estas pericias son clave para seguir la causa, y no fueron encargadas a la policía local ni –obvio- a Gendarmería. Un dato más: fueron miembros de la Policía Científica de la provincia quienes dijeron a un fiscal que el caso era un suicidio, hasta que luego la carátula fue cambiada por homicidio agravado.
Un párrafo aparte merece el lugar en el que apareció la carabina, unos dos metros a la derecha del auto de Andy, tal como se indica en la imagen. Si el disparo ocurrió -de acuerdo a la versión de los gendarmes- adentro del auto, y las pericias indican que fue con la carabina apoyada a la nuca; ¿cómo llegó el arma al exterior? ¿Una persona se mata y tira la carabina por la ventana dos metros? ¿Si manipularon el arma, por qué nadie lo dijo? Un cono aparece señalando la escena. Si alguien movió el arma, no se entiende por qué. Seguro, Andy no lo hizo.
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3. La construcción de la escena. La muerte de Andy ocurrió aproximadamente entre las tres y las tres y media de la tarde del viernes 13. Allegados al joven hicieron el trayecto desde el lugar en donde el chico trabajaba con un tío, cerca del límite entre Capital y Las Heras sobre la avenida San Martín, y el sitio en donde ocurrió su muerte, y concluyeron que aquél era el horario aproximado. La versión tiene cierta congruencia con los llamados al 911. A las 15:29 del viernes, un hombre hizo un llamado anónimo al 911 informando que había “un hombre disparando” en el lugar, y dio el sitio exacto. A las 15:44, diecisiete minutos después, un penitenciario que no se identificó irrumpió en la radiofrecuencia policial para informar que debía dar apoyo por un hecho con “un hombre armado”, y 15 minutos más tarde llegaron los primeros policías, de acuerdo a la versión oficial.
También llegaron gendarmes, y al día siguiente fue removida del lugar la casilla-refugio de los uniformados. Los hombres dijeron que Andy tiró dos veces, pero sólo se halló una vaina servida dentro del arma, que habría sido accionada en este insólito suicidio “de espaldas”. Los penitenciarios que se bajaron a “dar apoyo” iban camino a San Rafael. Ni el llamado al 911 ni la comunicación en el radio policial hecha por un penitenciario hablaron de una persona muerta.
4. Andy, su carácter y las armas. Andrés García Campoy no tenía experiencia en armas. De hecho, tenía terror de que la policía lo parase alguna vez trasladando la carabina, que aspiraba a vender. El chico era, de acuerdo a los testimonios recogidos, obediente, sumiso, y en algún punto inocente. No era de generar polémicas ni en el seno de su familia, no se le conocen incidentes con autoridades ni siquiera escolares, y era conocido por ser solidario, buen chico, educado, amable, “familiero”, cariñoso, buen amigo y compañero. “Es impensable imaginarlo gritándoles a los gendarmes y tirando tiros” dijo alguien que le conoció bien. Andy no era amante de las armas y de hecho quería vender la carabina. Una de sus abuelas solía decirle aquel viejo refrán de que las armas “las carga el diablo”. Tomaba muchísimas precauciones si debía trasladar la carabina e incluso jamás lo hacía a la vista de nadie. Por eso es muy poco probable que la hubiese llevado en el asiento trasero de su vehículo, como se dijo. Y a su familia tampoco le gustan las armas. La carabina estaba prácticamente depositada en la habitación de Andy. El arma llevaba casi cincuenta años en la familia, y sus allegados creen que no informó de su salida con la carabina –muy probablemente a venderla- por temor a que le impidiesen el viaje.
El día anterior a su muerte, Andy estuvo con su mejor amigo casi hasta medianoche y no le contó nada de sus planes para la tarde siguiente. Tenía temor de esa carabina y buscaba sacársela de encima, y no practicaba tiro con ella. De hecho, en marzo de este año estuvo en la armería El Tirolés pidiendo una tasación y no la llevó, sino que portaba una fotografía de la carabina. Tal era su precaución con el asunto. El mismo chico con el que estuvo la noche anterior a su muerte fue el que lo acompañó a la armería. Aldo Chiesa no recordó el caso, pero fue un empleado de la casa quien le habría dicho a Andy que tenía un arma de colección cuyo valor podía oscilar los 3.500 dólares. En el sitio de internet “Guns international” armas de marca y modelo similar al de Andy cotizan hasta 5.500 dólares. Se supone que Andy iba a vender el arma, pero aún no se sabe a quién y no se sabrá hasta que terminen de peritarse su celular y su computadora.
Andy
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Cuando alguien quiere indagar sobre el comportamiento de una persona, hay que recurrir al archivo. Andy García Campoy era un chico al que le sobraba el afecto. El que recibía, y el que daba. Se repartía entre sus abuelas, entre su padre biológico y la pareja de su madre, que lo crió. Entre sus tías y tíos, amigos… Toda una vida con códigos y afectos de familia ensamblada. Andy no pasaba por ningún tipo de depresión, era feliz, cuidadoso y sensible con sus seres queridos, y no tenía ningún motivo para quitarse la vida, algo que podría haber hecho tranquilamente en cualquier zona mucho menos rebuscada que un control de Gendarmería, si fuere el caso. Tenía planes, había pagado hacía muy poco la cuota de la facultad en la Universidad Aconcagua, y era un chico que repartía amor, en toda la inmensidad de esa palabra, según quienes le conocieron mejor. No tenía ningún motivo conocido –por nadie- para matarse.
Es muy difícil determinar lo que pasó. Si Andy fue asesinado, será un escándalo político de proporciones. El asunto más complejo para el juez será hallar un móvil, una vez determinadas las pericias, ya sea para probar tanto un crimen como el suicidio que –está claro- no resulta lógico ni en su ejecución, ni en las motivaciones, ni en la sucesión de hechos que fueron presentados a su alrededor. Tampoco cabe en la lógica humana que dos gendarmes maten a un chico de 20 años en un control rutero. Algo pasó, y es el juez Walter Bento quien tiene la tarea de llegar a algo muy parecido a la verdad y hacer justicia.
No es ciencia ficción. Pero ahora el que debe hablar es Andy a través de las heridas de su cuerpo. La ciencia forense podrá determinar si él accionó el arma, si lo hizo cuando estaba vivo, si las huellas del arma le corresponden a él y a otras personas, si la forma de tomarla se corresponde con un extraño suicidio de un tiro en la nuca dentro de un auto, si tenía pólvora en las manos, si el ángulo del tiro corresponde con los dichos de los gendarmes, si las llamadas al 911 fueron hechos por los propios hombres de Gendarmería o por otras personas, si en verdad Andy se mató, o si lo ejecutaron mientras estaba paralizado de miedo por razones absolutamente incomprensibles. La ciencia deberá decir si las leves escoriaciones en el lado izquierdo de su cara corresponden a haber estado apoyado contra el piso con el rostro, y si cayó, o en qué momento se produjeron antes de su muerte. ¿Accidente? No se debe descartar en esta etapa, pero Andy recibió el tiro con el arma apoyada en la cabeza y por sorpresa, porque no intentó ningún gesto de defensa. Dicen también que en su cuerpo no había señales de golpes ni tortura.
Todas estas pruebas darán -en pocos días más- pistas más firmes. Mientras tanto, lo que hay es dolor, sorpresa. Y una muerte que no "cierra" por ningún lado.


