Redacción, tema: "El fin de la historia"
Un prolífico empleado intelectual de la Secretaría de Estado de EEUU, con cosmopolita nombre: Francis Fukuyama, allá por 1989, planteó que gracias a la cultura del consumo, los patrones del planeta habían decretado “el fin de la historia”. Con ello, entre otras maravillas, hacían sonar las trompetas del definitivo triunfo del ideal de occidente. El resto, fuiste.
Fukuyama –seguramente con un sueldo más sustancioso que el de un docente o un enfermero–escribió, sostuvo y vociferó que la evolución ideológica de la humanidad había llegado al The End. Con esa fórmula, bastante sencilla la verdad sea dicha, lograba elevar a niveles de gloria sin par a todas las “democracias” liberales –y corruptas– de occidente.
Esta era, según el concepto resumido, la forma última, inamovible y sacrosanta del gobierno humano. Digamos que cuando se acaba la historia finalizan también los conflictos ideológicos. O sea, se acaban también las ideologías. Lo que hay HOY es excelsitud y los gobiernos de HOY son lo sublime e inmaculado. Ayer no existió y mañana no será… Amén.
Amén o misiles, vos verás.
En todo el orbe y lamentablemente en nuestro país, esa sentencia irrumpió con entusiasmo, impulsada por la mediocridad menemista y su partido mentor –entonces “de derecha”-. Todos los estamentos incorporaron el flamante paradigma, desde el citado gobierno y sus ex cómplices –hoy enemigos íntimos– hasta las empresas; desde los distintos partidos políticos a los clubes de fútbol; desde las sectas más variadas a las organizaciones más insólitas. ¡A robar, a robar que se acaba la historia!, variante devaluada de la original, a la que sostenemos como mucho más gratificante.
Con semejante origen, hubiésemos querido que la semilla no se dispersara. Pero se dispersó y bastante, e insospechadamente llegó a lugares muy distantes. A Bowen, por ejemplo.
Nos preguntamos: ¿qué tiene que ver la Secretaría de Estado de EEUU, Francis Fukuyama y el fin de la historia, con los puelches, los viejos criollos, “Las Cuartetas”, el Gigante Federico; el cine “Ideal”; los doctores Ferdkyn y Messina, la Escuela Pedro Pascual Segura, el Centro Cultural, el tren “Ranquelino”, el “cochemotor” a Mendoza, los ingeniosos escandinavos, los inmigrantes cuyos apellidos generalmente terminan en “…chuk” o los infaltables “gringos” o los numerosos Pérez, López o Martínez, en comunión con sirios, libaneses, franceses, chilenos, bolivianos y las Naciones Unidas en pleno? Visto a la distancia, analizado someramente, nada tienen que ver.
Lamentamos disentir una vez más con los análisis someros. También en Bowen se terminó la historia gracias a esa falacia. Parece ser que nada de lo mencionado y lo que podríamos mencionar existió, existe ni existirá, de acuerdo al nuevo paradigma. La verdadera HISTORIA comenzó hace poco, cuando ELLOS llegaron. Lo otro, los otros/as no están, no fueron, desaparecieron. Tenebroso paralelismo, ¿no?
Para sustentarse, las ideas requieren de cosas concretas, visibles: un subsidio, una camionada de arena a cambio, uno que otro viático tramitando un ferrocarril que ya retorna (retornariola) o la producción que “nunca estuvo mejor”; un boulevard con palmeras, una plaza nueva, etc. etc. Pero a veces se mete la de andar. Tanta falta de crítica por parte de los que deben controlar –a tiempo, no con oportunismos -; tanto déficit de autocrítica, tanta falta de memoria, los someros terminan creyendo que son tan infalibles y que la historia comienza con ELLOS. El resto que aguante hasta que le toque refundar otra historia. O refundirla, que suena demasiado parecido.
Y así fue. Quizás Fukuyama se alquiló una finquita cerca de la Ruta 188 y se instaló en Bowen, avanzando sobre el centro fundacional de un pueblo otrora progresista. No vamos a abundar sobre los detalles de la obra porque deberíamos ser especialistas. Si le encontramos alguna falla, dirán que de construir plazas no tenemos idea ni autoridad arquitectónica. Y seguramente en eso los asiste la razón. Pero, bueno, los apremios “inauguroelectorales” –neologismo de propia cosecha– no coinciden siempre con la calidad de las obras.
No hablemos de lo que está hecho, ya que gusta, la gente matea en la plaza y los chicos juegan. Hablemos, sí, de lo que destruyeron: frente a la parroquia San Cayetano existía un monolito testimonial. Esa humilde estructura, sobria y bien hecha, era el homenaje de los habitantes de Bowen cuando el pueblo cumplió su Cincuentenario, en 1962. Pensaban colocar, en aquel entonces y dentro de un cilindro metálico incluido en la estructura, un mensaje para los habitantes del Centenario. No se supo el porqué, pero el mensaje nunca apareció. A pesar de ese detalle, el monolito, aquel pequeño obelisco bowense, esa huella de gesto histórico, profundamente humanístico, SÍ ESTABA.
Estaba. Ya no está más.
Camuflados en el cemento de una simple plaza, los padres fundacionales de la “verdadera historia de Bowen” (¿) borraron con un par de combazos aquel sencillo testimonio de medio siglo a esta parte, de aquellos visionarios, hombres y mujeres de sacrificio y trabajo.
Conociendo el paño –hoy “de izquierda”, pero solo por un tiempito más– encontrarán excusas superadoras a la incómoda situación y es probable que hasta nos tapen la insolente boca.
Podrán construir, por ejemplo, un mamotreto el doble de alto, con más cemento, más esplendor, con un cilindro más grande, en donde quepan muchas firmas –muchas, dijimos, no todas– en las que se destaquen las rúbricas de funcionarios primordiales, cosa que, cuando Bowen cumpla los 150 años, sus habitantes se enteren de que en realidad la historia empezó solo hace cincuenta.
Con toda esta y otras tareas por hacer, urgidos por el octubre cercano y para que no pierdan tiempo en nimiedades ni en forasteros ideológicos como nosotros, a los que junten esas firmas militantes y, sobre todo, a los que pretendan enmendar ese error irrespetuoso, les decimos: “–Gracias… Hace rato que firmamos y, aunque no lo entiendan, hace como mucho más de cincuenta años que también firmaron los puelches, los viejos criollos, los ‘…chuk’, los ‘gringos’ y los escandinavos; los árabes y los franceses; los chilenos, los bolivianos y los Pérez, los López y los Martínez. Gracias. Guardensé, nomás, el cilindro fundacional.
¿El patrimonio es solo presente? Qué paradoja.
Por Sonnia De Monte y Daniel De Monte
