Viven de la basura: ¿qué ves cuando las ves?
Tadeusk Kantor o Vittorio De Sica no podrían haber urdido puestas en escena más ajustadas: por el pecho de una planicie de colorida basura, dos niñas caminan lento hacia el centro del escenario con ropas ajadas y grises y la desconfianza pegoteada en sus gestos, bajo un sol evanescente y olores poco agradables, allá en El Algarrobal profundo de Las Heras, una mañana cualquiera de estas mañanas del mundo.
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Aclarado esto, volvamos sobre lo mismo: ellas viven de la basura. Sus vidas giran en torno a aquello que desechamos. Nuestras sobras son, para ellas, materiales para ser comercializados (evítese, por favor, el simple morbo de imaginar hordas de indigentes revolviendo porquerías para buscar comida: ya no es así. No diremos que tal cosa no se da, porque se da en algunos casos, pero esta no es, en verdad, ellas mismas nos lo juran, una práctica extendida en estos tiempos, como lo era en otros. Insistamos, entonces, en que no repararemos especialmente en estos morbosos detalles, porque no es intención de esta columna pintar una épica de la indigencia, sino reparar en las duras condiciones de muchos mendocinos y compararla con nuestras condiciones y, si a algunos lectores les pinta dar una mano, además, como siempre, bienvenidos, si a fin de cuentas sabemos que el asunto se trata de no ejercer el cinismo de criticar el rigor de la intemperie desde una habitación climatizada).
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- ¿Necesitás algo, Eli, para que se lo pidamos a la gente que leerá la nota, comida, ropa?
- Estaría bueno un cochecito para el bebé… No sé y un colchoncito o ropita, no sé, fíjese usted… La comida siempre viene bien...
- ¿Tienen bicicletas, juguetes, libros, útiles escolares..?
- No.
Eli Navarro y su familia han sabido estar muy mal: sin comida, sin abrigo, sin salud, sin escuela y sin horizonte distinto a futuro, al igual que ahora, eso no cambia (todo indica que sus hijos seguirán reciclando desechos). Ahora, ella reconoce que vive mejor. ¿Qué hacemos con el testimonio de Eli? ¿Vemos la cacerola medio vacía o la cacerola medio llena?
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Marisa Quiroga tiene apenas 18 y espera su tercer hijo. Tiene a María de tres y a Dardo de 16 meses. Su pareja trabaja también la basura y ella lo hacía, pero ahora es auxiliar en el jardín maternal “Manaslú”. Hizo hasta tercer grado y después, no pudo seguir, porque, antes, muchos de los niños del basural, sin más, dejaban la escuela.
- Ahora los chicos van todos a la escuela.
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- ¿Necesitás algo, Marisa?
- Puede ser ropa de bebé, un cochecito, pañales… Toda la ropa que yo tenía se la regalé a otra señora que tuvo un bebé…
- ¿Te puedo sacar una foto?
- Nunca me han sacado fotos…
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Cualquier persona de bien, no debería privarse de ver siempre en estos casos la mitad vacía de la cacerola. Yo debo confesar que he ido muchas veces a este lugar en los últimos veinte años. Si bien las cosas han ido cambiando para mejor, el paisaje nunca es agradable y los testimonios son siempre dolorosos.
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¿Qué hacemos, entonces, vemos la cacerola medio vacía o la cacerola medio llena? Este que escribe no gambeteará su respuesta: sean como sean las cosas, tengamos la valoración que honestamente tengamos, nadie puede estar contento, mucho menos satisfecho. La única salida es seguir, hasta que la olla esté repleta y para eso hace falta ser parte de la solución, que ya lo somos del problema.
Ulises Naranjo.
Posdata necesaria: quienes quieran colaborar con estas dos mujeres embarazadas y otras familias de la zona, pueden llamar a la agente sanitaria Luciana Pescarmona al número 2613005933 y coordinar con ella o bien acercar sus donaciones a Mdz, Bandera de los Andes, 350, de Guaymallén, casi frente a la Terminal de Omnibus. Nosotros nos comprometemos a entregarlas. Muchas gracias.