Presenta:

La noche que las uvas despertaron con la Luna

Antes de ser vino, un nutrido grupo de uvas abandonó el viñedo y con la fresca se pusieron a disposición del hombre. Ocurrió en la altura.
Foto: Finca Propia
Foto: Finca Propia

Los invitados fueron llegando de a grupos. Primero los periodistas, luego los propietarios de las parcelas que en un año les representa el placer de 12 cajas de vinos, excelentes, sin iguales, placenteros, únicos, cuidados y observados por expertos hacedores.

De a poco se fueron presentando a medida que caminaban la propiedad de 56 hectáreas de Antonio Mas, un apasionado que apuesta al respeto por la naturaleza y la entrañable relación entre los frutos y el terruño.

Gracias a una clase previa a la cosecha, de Antonio, todos supieron cómo se mezclaron un buen día especies aromáticas entre los espalderos de uvas de castas reales: de Malbec, Cabernet Sauvignon y Chardonnay.

Malbec para quienes adoran untar la boca con kilómetros de terciopelo, Cabernet para ser honrados a través de los secretos del gran señor tinto y Chardonnay, para predisponer el cuerpo a uno de los placeres más antiguos desde que el hombre descubrió el poder del vino.

Todo ocurrió donde la cabra tira al monte, ingresando por la calle Camapañaro, luego de trasponer el cartel de Finca Propia, en Tupungato, donde sin ser un entendido se puede uno transformar en un productor vitivinícola. De esos que defienden el orgullo de compartir un entorno natural y bello, donde pueden podar, ralear y hasta cosechar sus propias vides.

Y la experiencia fue como la primera vez, bajo la Luna, rodeados del vigor de las plantas cuyos ancestros fueron de los primeros habitantes sobre la Tierra, mirando una tormenta hacia el bajo, temiendo por una incipiente lluvia que sólo se expresó mediante una tímida llovizna, recordando aún en la lengua el paso de un untuoso vino blanco con recuerdos lácticos y de frutas como el damasco.

Antes de iniciar la recolección de los frutos, en el quincho, mientras Antonio repasaba las tareas culturales que realizan a favor del cuidado del entorno natural, fue que ingresó el ingeniero Carlos Catania. Una de las personalidades más reconocidas en el mundo del vino argentino. Durante sus años mozos, Carlos se dejó tentar por el boxeo pero una sabia decisión lo llevó hasta Francia, donde aprendió a la perfección sobre las técnicas para hacer vinos de los galos y de paso se transformó en bilingüe.

Carlos Catania y Antonio Mas.

Ya en el mesón que linda con los viñedos donde se iba a realizar la primera cosecha nocturna de Finca Propia los improvisados cosechadores (vendimiadores) tomaron el equipo: luces led para iluminar la tarea, delantales para recibir sin arrepentimientos el jugo de la uva madura, guantes para acariciar sin temores las pieles amarillo verdosas y las tijeras para cortar y no desgarrar el cordón umbilical que une a los racimos con la vid, abrazada por tela antigranizo dispuesta como una ordenada falda.

Ahora transformada en una verdadera cuadrilla, los invitados fueron pasando de a uno para asir un tacho de uva de plástico y se enfilaron bajo las órdenes de Antonio y la aprobación de Carlos que en su afán de eternizar el momento grababa videos de los entusiasmados.

Cuidar la planta, cuidar los racimos, colocar el tacho bajo los racimos que se están recolectando, no dejar racimos olvidados en la noche, limpiar las hojas “porque eso le dará gustos herbáceos al vino”, sentenció Antonio.

Un tacho, el segundo, el tercero y hasta un cuarto fue el resultado del trabajo de cada uno de los presentes en la noche en el viñedo fresco que se cortó por la contingencia que viajó sobre el cielo atemorizante. Afortunadamente nada malo sucedió. Las ráfagas de un viento fuerte fueron la señal para dejar la labor para celebrar en la cena.

Polvo en las ropas, tierra en los pies, alguno que otro rastro de sudor en el cuerpo y brillo en los ojos antes de la cena. Dos chivos sobre las llamas cruzados por espadas y un pequeño ejército de mozas y mozos, ahora con vinos Malbec y Cabernet para que las cabezas se inclinen para el ingreso de la mágica bebida.

 

Después de la carne asada apareció la rey de la familia: el espumante, un extra brut que selló la celebración de los cuerpos excitados por tanto amor recibido y compartido por la misma tierra, en el distrito de La Arboleda, “la noche que las uvas despertaron bajo la Luna”, murmuró alguien de la concurrencia que no se animó a gritarlo ante los presentes.

Una invitación a ser protagonista del mundo del vino

Al pie de la Cordillera de Los Andes se localiza Finca Propia, un emprendimiento que permite a los amantes del vino acceder a la experiencia de ser productores vitivinícolas y formar parte de ese mundo de placer.

Por medio de un fideicomiso quien forma parte de la iniciativa privada adquiere una o más cuotas partes cuyo valor unitario es de $28.500.

Esa fracción de uvas, comprendida en una superficie de 100 metros por 100 metros es una parte de la finca equivalente a 24 vides totales compuestas por una mixtura de variedades Malbec, Cabernet Sauvignon y Chardonnay por cada parte adquirida.

El premio

Durante los tres primeros años cada “propietario” recibirá 216 botellas de vino, el equivalente a una caja de seis botellas por mes, por el período de un año.