La gran mentira de los 180 días de clases
Ayer, en las dos ediciones centrales del noticiero del Canal 9 mendocino, emitieron un breve informe en el que aparecían dos docentes explicando los altos niveles de ausentismo de los alumnos en estas dos últimas semanas del calendario escolar (que quede claro, “dos últimas semanas del calendario escolar”, no de clases).
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Las docentes consultadas, sobre quienes no se ofrecían más datos, esgrimieron argumentos basados en las decisiones de los padres de no enviar más a los chicos a clases por, a saber, el calor, el cansancio de los niños, la opción de los progenitores de no pagar el mes entero de transporte escolar por sólo quince días…
Da bastante bronca escuchar a las docentes decir esto, pero está claro que no hay que matar al mensajero. Porque ese es el papel que cumplieron estas docentes, el de mero mensajeras de un sistema que se autoengaña diciendo que alcanza la meta propuesta de 180 días de clases cuando, en realidad, ese es un número que imponen, porque muy poco de cierto hay en él.
Dejemos de lado a estas maestras que fueron simples mensajeros y vayamos a los hechos.
Quién por estos días no ha vivido o escuchado de casos en los que los docentes les dieron a entender a los padres que no hacía falta que mandaran más a sus hijos a la escuela.
Sutilmente, los docentes les hacían ver a los padres y madres que sus hijos habían comenzado un período en el que asistir a la escuela era en vano y dejaban traslucir la idea de que no los enviaran más.
El argumento de los docentes era que iban a dedicar más tiempo a los niños que habían tenido dificultades con algunos contenidos del año, con lo que dejaban entrever que iban a necesitar el tiempo para trabajar con esos niños, no con los que habían llegado con todos los contenidos aprobados a fin de año.
De hecho (y esto demuestra el engaño que son los 180 días de clases), hace ya más de dos semanas que las libretas de los alumnos primarios están cerradas, es decir, con notas y promedios y demás.
Esto lo puede confirmar cualquier docente.
No es muy difícil colegir entonces que hace más de dos semanas que, efectivamente, terminaron las clases.
A ver, lo repetimos para que nos quede claro: si hace más de dos semanas que las libretas están cerradas, entonces hace más de dos semana que terminaron las clases.
Un sincericidio de la DGE.
Volvamos así al principio y preguntémonos lo siguiente: ¿es decisión de los padres que los chicos no vayan más a la escuela?
Señores de la DGE, cualquier persona con dos dedos de frente que tenga un hijo en edad escolar y sea consciente de que ese hijo no ha terminado las clases, lo va a mandar a la escuela aunque haga calor, aunque toda la familia esté cansada tras un año de mucho esfuerzo y aunque tenga que pagar un mes de transporte escolar y sólo lo use quince días.
Les hacen aguas por todos lados los paupérrimos argumentos que utilizan para explicar lo inexplicable.
Se organizan calendario escolares en función de la cantidad de días en que los chicos tienen que asistir a la escuela y no en función de los tiempos bien aprovechados.
La educación no se logra con más tiempo, sino con el uso más óptimo de ese tiempo. Y no va a faltar quien critique la afirmación anterior diciendo que parece más un principio del fordismo que de la pedagogía. Pero que quede claro que en nuestras palabras no hay nada más alejado que eso. No queremos fordismo en las aulas, pero sí un sistema que se sincere respecto de los tiempos que se usan. No estamos hablando de un sistema basado en lo cuantitativo, sino en lo cualitativo.
¿Recuerdan el comienzo de este año escolar? Tratemos de hacer memoria. Comenzaron las clases y de inmediato vinieron días feriados, amén de los paros (que eso no es responsabilidad de la DGE, faltaba más), y luego otra semana con feriados, y luego otra, y así hasta la cuarta al menos. Es decir, no sólo las clases están terminando dos semanas antes de lo previsto, sino que, además, están comenzando (realmente comenzando, no que sólo los chicos vayan a la escuela) un par de semanas después de lo establecido.
¿Y si empezamos las clases en marzo y no en febrero, que ya quedó demostrado que no agrega nada? ¿Y si terminamos las clases el último día de noviembre (o los primeros de diciembre, tampoco hay que ser extremista) y desde ese momento hasta mediados de diciembre trabajamos con los alumnos que lo necesiten?
Hay una gran película titulada El rey de la comedia, en la que el protagonista, un mediocre comediante, termina convenciéndose de que sus fantasías son ciertas. Y eso parece que es lo que quieren que hagamos con los 180 días de clases: convencernos de que semejante fantasía es una realidad.
