Pensamiento salvaje: Tango del tiempo muerto
La tarde se traba del lapso, se aferra y lo detiene, lo domina. La tarde no quiere morir. Ésta tarde no quiere morir y se estira en la mente, se hace elástica, versátil, ingénita. Cuando lo logra se suaviza y distrae. Y la tarde es traicionada por la espalda y chorrea sangre hasta que cae pesada y espesa sobre los pastos, herida de muerte, agonista.
Y de repente me quedé solo. Solo como un vaso vacío con manchas de vino seco en el fondo, solo en la profundidad de la noche sobre un tablón viejo después de la parranda. Se fueron los niños, las mujeres y los amigos. A sus cosas. Cada uno a sus cosas y a sus casas. Y el silencio del que estamos hechos invadió el baño y la cocina, la habitación de los niños y la mía y el patio con sus malvones estoicos.
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Solo. Solitariamente suave, con un mate compañero. Literariamente solo. Poéticamente solo. Y resultó la hora 19, esa hora, la misma, el espejo del hombre que no es otro que el caer de la tarde a escondidas.
Caigo. Y veo:
Lupanares desiertos. Un par de fantasmas eructan y se retan a cuchillo y a 40 grados juegan a soplar la luna que se derrite sobre los caseríos. La navidad de los solitarios. Las cajas llenas de dados marcados y un niño dormido sobre la copa del jacarandá espantan pájaros. Los soldados toman el destacamento y flamea una bandera negra. En San Juan arde un barrio entero por el verano.
Nada.
La comparsa suena en las calles en medio del delirio de los que nunca duermen. Una familia acomodada sufre el shock tardío del Crack del 29.
Marcelo Padilla.