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Pensamiento salvaje: Tango del tiempo muerto

“Solo. Solitariamente suave, con un mate compañero. Literariamente solo. Poéticamente solo”, dice el autor.
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La tarde se traba del lapso, se aferra y lo detiene, lo domina. La tarde no quiere morir. Ésta tarde no quiere morir y se estira en la mente, se hace elástica, versátil, ingénita. Cuando lo logra se suaviza y distrae. Y la tarde es traicionada por la espalda y chorrea sangre hasta que cae pesada y espesa sobre los pastos, herida de muerte, agonista.

Y el celaje tirita, temeroso ante la fiereza del tiempo. Mató el tiempo una tarde más. La dejó sentirse a sus anchas y esperó el momento. Pasa la tarde en un carro viejo por las calles del pueblo y la despiden santos con lágrimas. La gente se ha ido de la tarde sin poder hacer nada.

Y de repente me quedé solo. Solo como un vaso vacío con manchas de vino seco en el fondo, solo en la profundidad de la noche sobre un tablón viejo después de la parranda. Se fueron los niños, las mujeres y los amigos. A sus cosas. Cada uno a sus cosas y a sus casas. Y el silencio del que estamos hechos invadió el baño y la cocina, la habitación de los niños y la mía y el patio con sus malvones estoicos.

Solo. Solitariamente suave, con un mate compañero. Literariamente solo. Poéticamente solo. Y resultó la hora 19, esa hora, la misma, el espejo del hombre que no es otro que el caer de la tarde a escondidas.

Solo. Sin ganas de ver a nadie y deseos de estar con todo el mundo a la vez perdido entre la masa humeante de una tribuna popular. Fumé unos puchos y no usé el teléfono. Fumé otros y no prendí la tele ni la radio. Tenía un plan para más luego. Pero quise encenderme de soledad una y otra vez y me colé con el humo por los techos viejos de la casa y blandí las cañas haciendo un ejercicio, casi un malabar, con todo el cuerpo.

Caigo. Y veo:

Lupanares desiertos. Un par de fantasmas eructan y se retan a cuchillo y a 40 grados juegan a soplar la luna que se derrite sobre los caseríos. La navidad de los solitarios. Las cajas llenas de dados marcados y un niño dormido sobre la copa del jacarandá espantan pájaros. Los soldados toman el destacamento y flamea una bandera negra. En San Juan arde un barrio entero por el verano.

Nada.

La comparsa suena en las calles en medio del delirio de los que nunca duermen. Una familia acomodada sufre el shock tardío del Crack del 29.

 

Marcelo Padilla.