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El ferretero y los anónimos: ¿el asesinato es el mensaje?

No pondremos en duda el miedo de la gente a ser asaltada o ultrajada, la sensación de mierda que causa ese tipo de violación. Es un bajón que te asalten, y aviso, lo he vivido en carne propia en tres oportunidades. Pero el cuadro está incompleto. El hecho no se termina con el ajusticiamiento y el mensaje.

“Veamos” dijo el ciego: un señor de 60 años (Hugo Correa), comerciante, dueño de una ferretería en el departamento de Las Heras, experto en el uso de armas, cansado de los robos que sufre en su negocio, decide tener su pistola debajo del mostrador preparada para disparar (y matar) ante otro eventual asalto.

Resulta que el asalto profético se produce. Son dos tipos, dos anónimos sociales, uno con 28 años (Jorge Olguín) y otro de apenas 18 (Juan Ríos) sin antecedente policiales, vecinos del ferretero, quienes entran a chorearle al negocio. Los tipos (la escoria de la cuadra) agarran a la mujer del ferretero y la reducen a punta de pistola y le exigen al comerciante guita, urgente.
El ferretero sabe de su arma debajo del mostrador, la tiene en su mente y se la juega. Les dice que les va a dar la plata y se agacha simulando buscarla pero agarra el arma y de un saque atina cuatro balazos. Se sirve a uno y después a otro. Uno muere en el acto y, el más chico, el de 18 años, en el hospital.

Los vecinos del barrio conmocionados, muerta ya la resaca del sistema se acercan a felicitar al asesino-justiciero. Lo aplauden, vitorean, le dan todo el apoyo moral.

Los medios reflejan el caso como de costumbre, la cobertura policial que dice cuándo, dónde y cómo se produjeron los hechos. La policía acude a reportar el hecho. Los delincuentes no joderán más, esos dos por lo menos.

El asesinato es el mensaje.

No pondremos en duda el miedo de la gente a ser asaltada o ultrajada, la sensación de mierda que causa ese tipo de violación. Es un bajón que te asalten, y aviso, lo he vivido en carne propia en tres oportunidades. Pero el cuadro está incompleto. El hecho no se termina con el ajusticiamiento y el mensaje.

Falta algo. Queda un vacío que flota. Se trata de esos dos tipos, de la vida de esos dos tipos. Hablo de los asesinados. ¿Quienes son? ¿De donde venían? ¿Qué historias familiares y personales los atravesaban? ¿Cómo habrán transitado su infancia?

Ahora están muertos físicamente, pero ya eran muertos sociales.

Son preguntas que no intentan justificar las acciones de los tipos. Para nada. Son preguntas que deberíamos hacernos más seguido antes de que ocurran los hechos. Porque como esos tipos hay miles en cada barrio, digo, con quilombos graves que no pueden resolver de otra manera que con la vida malandra. Pero todos saben donde vivían, la policía también y nadie hizo nada para evitar esas muertes.

Al fin y al cabo se trata de un conflicto entre pares sociales. Por suerte para los que viven cuidados en barrios cerrados.

¿Que se maten entre ellos?

Los pobres, los laburantes, los de abajo la siguen yugando. Si vivían tan cerca el problema era de todo el barrio. Sin armas no hubiera corrido tanta sangre…tal vez.