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Mientras dormís

La columna de Mara. Todo lo que no vas a cumplir por más que lo sueñes. Y todo lo que te perdés por querer soñar.
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Soñar no cuesta nada, dicen y es por eso que todos los que soñamos terminamos pagando un precio muy alto, digo.

Los sueños, esa experiencia que se confunde con objetivos, con pendientes, han logrado embaucarnos desde que somos niños. De niña a bailarina, de bailarina al Colón, del Colón al American Ballet Theater y de ahí a la inmortalidad. Frustraciones que mutan en sueños para permitirnos vivir sin riesgos. Códigos sociales que nos amparan ante la propia imposibilidad que jamás podremos reconocer. Miedos disfrazados de nostalgias, la propia desconfianza pintada de romanticismo. Un escudo perfecto para no rendirnos cuentas y, de paso, mostrarnos inalcanzables, trascendentales.

Siempre estará bien visto ser un soñador eterno, suena mejor que un frustrado crónico, y de eso, todos hemos aprendido a aprovecharnos. Inventamos sueños para tener en ese cajón que los archiva sin fecha de vencimiento. Los dejamos ahí, como certificado de nuestro espíritu emprendedor, de algún costado sensible que en realidad no tenemos, como una eximición de lo que no fuimos. Los pasamos a sueños postergados que terminan igualmente cumpliéndose. Porque, en verdad, los sueños se resuelven a sí mismos, sin necesitarnos en absoluto. Tarde o temprano se sucederán como trámites, en esa lista de vida pendiente que nunca termina de sumar ítems. Nos despertamos un día con el sueño entre las manos y la emoción tan, tan lejos. Ni la euforia, ni la gloria soñadas aparecen ahora. Son sólo sueños que dejamos morir en el miedo, diluidos ya en la intrascendencia.

Pero a decir verdad, los sueños deben ser el estado con más categoría de todos. No se les pide origen, ni destino, se intuyen valiosos sólo por existir. Se montan sobre utopías, sobre logros ajenos, ¡pero vamos!, no son más que la excusa perfecta para la inacción. Como esos decorados discursos políticos de efecto hipnótico que nos detienen en la fantasía de lo imposible.

Soñar más no nos convertirá en mejores personas, no nos hará más humanos, no nos asegurará un destino.

Tantos sueños no nos elevarán hacia ese cielo tan esperado, peligrosamente puedan condenarnos a emociones más terrenales como la miseria de no prestarlos, la pereza de no ir por ellos, la soberbia de aconsejarlos, la torpeza de depositar en ellos un cambio radical de vida. Igualmente serán cumplidos y si no… fueron sólo sueños.

¿De qué se jacta el que sueña si no puede desmitificarse a sí mismo? ¿Si claramente siempre seremos mejores soñados?

No está menos vivo quien no busca un sueño por tener, sólo es ése que, sin saberlo, está experimentando el propio.

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