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El fin del mundo que no fue

El 2012 será un año recordado por muchas cosas, pero esencialmente por la paranoia que generó la supuesta llegada del fin del mundo. ¿Mala interpretación de una profecía maya o necesidad colectiva de creer en algo?

Finalmente, no pasó nada. Tanta expectativa generada a lo largo de los últimos meses terminó depositada en el cajón de los malos recuerdos. ¿Cómo puede ser? ¿No era que llegaba el fin del mundo el pasado 21 de diciembre?

Se publicaron cientos y cientos de noticias en todo el mundo, se crearon foros de discusión en redes sociales y hasta se incitaron innecesarios debates sobre este inusual tópico. Todo para nada. ¿Dónde están en estas horas todos esos agoreros del fin de los tiempos? ¿Por qué no explican qué es lo que falló?

El errático vaticinio sobre la inminente llegada del fin del mundo es en realidad una postal que revela al menos tres síntomas de la sociedad actual: el nivel de irracionalidad que ostentan los ciudadanos de varias partes del Globo, la falta de pensamiento crítico de estos y la necesidad imperiosa de creer en algo superior.

No es la primera vez —ni será la última— que fallan los pronósticos sobre la culminación de la vida terrestre. Ya en la víspera del ingreso al año 1000 se aseguraba que el mundo acabaría. Lo mismo sucedió en 2000 y seguramente sucederá cuando se aproxime el 3000.

También se esperaba una suerte de Apocalipsis en 1986, cuando el inquieto cometa Halley surcó los cielos. En realidad, el mismo cuerpo celeste ya había hecho su aparición en 1910 y nada sucedió, pero bue…

A esto deben agregarse los vaticinios de algunos grupos sectarios como los Testigos de Jehová o los Mormones. Los primeros esperaban el final en 1874; los segundos para 1891.

Frente a tanto pifie histórico, ¿por qué la sociedad decide seguir creyendo en profecías que no tienen sustento científico? Según el psicoanálisis la cuestión va más allá: a la necesidad de creer en tópicos allende lo racional, a efectos de superar las angustias que provoca la realidad cotidiana.

Para algunos, ello incluso explicaría la adscripción a dogmas religiosos, como el filósofo Imanuel Kant (1724-1804), quien supo hablar de “la necesidad de creer” en lo metafísico al referirse a la existencia de Dios y/o el alma humana.

Para Kant, la creencia en ciertas entidades no tangibles no eran invenciones caprichosas sino que estaban “propuestas por la naturaleza misma de la razón”.

La ciencia gusta refutar estas cuestiones, pero tampoco puede dar una explicación satisfactoria que suplante a la eventual irracionalidad. ¿Cómo funciona el mundo? ¿Por qué suceden algunas cosas que suceden a diario? Los científicos tienen respuestas a muchos de esos interrogantes, pero no a todos.

Y es en esos huecos donde se cuelan las pseudociencias y prenden las creencias de todo tipo. Es un dilema que deberá resolver el ser humano a futuro, con las herramientas del conocimiento, desde ya.

Mientras tanto, hasta tanto ello no suceda, la sociedad seguirá esperando otros “fin del mundo” que seguramente persistirán en no ocurrir… o sí.