¡Socorro! ¡Quieren robarme el marido!
La columna de Mara. Mujeres tensas cuidando maridos, que serán lo que serán, pero nunca serán de otras…
“Cada género conoce, a su manera, sus propios vicios. Una puede engañar a un hombre con lágrimas y rubor, pero tendrá que trabajar muy duro para engañar a otra mujer.”
Las mujeres somos, por definición, un cúmulo de inseguridades y aunque parezca que hoy en día estamos terminando con este paradigma (porque dominaremos el Mundo, en cuestión de minutos) seguimos actuando cotidianamente de manera contradictoria.
De todas las inseguridades quizás la más extrovertida es el síntoma de - me quieren robar mi marido - (extiéndase a novio / pareja / etc.)
Una de las lectoras la semana pasada hasta se pronunció en favor de mantener a su pareja en el más oscuro de los secretos para que -nadie se lo robe- como si se tratase de una joya ó en el peor de los casos, un objeto de valor, como diría Mengolini, cosificando al pobre macho que la acompaña.
¿Acaso somos tan conscientes de la maldad de las otras o sólo nos hace mal el hecho de quedar como bobas ante una belleza mayor, una edad menor o una inteligencia superior?
¿Cuál es el mecanismo mental (enfermito) que nos hace creer que otra mujer nos robará esa cosa peluda que está al lado nuestro, que paga las cuentas y lleva los chicos al cole?
No es casual que lo agarremos de la mano, lo besemos y nos comportemos mimosas cuando se aproxima una “posible ladrona” para marcar territorio. Y lo que es tremendo, ese beso o esa caricia no significa cariño, amor ni nada por el estilo, ni siquiera es para nuestro hombre, es definitivamente un mensaje a la -otra- para que sepa, que ese hombre tiene dueña.
En FB somos las primeras en marcar - está en una Relación con… - si pudiéramos pondríamos todo su árbol genealógico y su DNI. Para que ninguna amiga de “lo ajeno” le mande mensajes o le haga un toque. Eso sí jamás contaremos las verdades, si es muy bueno en la cama diremos que es más o menos (no sea cosa de despertar envidia), si gana demasiado diremos que -tiene mucho trabajo- y si es un pelmazo, sexualmente un desastre o un aburrido sin cura, diremos que es divino con los chicos, dulce y tranquilo. Es decir, jamás diremos la verdad a otras mujeres sobre nuestras parejas.
He visto escenas realmente desgarradoras en bares, restaurantes, discotecas, de día y de noche, en cualquier grupo social y en cualquier circunstancia, ¡hasta en lugares increíbles como por ejemplo el consultorio de mi ginecólogo! Mujeres mirándonos a los ojos, sacándonos la ficha según el tipo de taco y el tipo de make up. La batalla se desarrolla en cualquier lugar y no tiene fin.
A ellos, pareciera que un simple – ¿Qué mirás tanto? - les alcanza para quedarse quietitos y bajar la mirada, los más osados devuelven con frases ingeniosas - Si bien estoy a dieta puedo mirar el menú -, pero toooooodas sabemos que el problema no son ellos, si no nosotras mismas.
La eterna inseguridad de nuestra belleza, de nuestra gordura, de nuestra onda, de nuestro look, de nuestro peinado, ufff, ¿sigo?
Es común que cuando recién conocemos a alguien que nos gusta pensemos que todas las demás mujeres conspiran para robárnoslo.
Innegable defecto cambiamos la actitud cuando la otra se aproxima. Nos mostramos sólidas, serenas, (nada más gratificante que demostrarle a la otra nuestro lugar de “la estable”). Si hay familia política cerca demostramos una relación idílica, somos, en cuestión de segundos, compinches de cuñadas e hijas postizas de suegras (un imposible al que jugamos por una noche o por lo que dure la presencia de la otra en la escena que nos toca protagonizar). Lo peor es que la otra se cree esta historia y experimenta la decepción de no haberlo logrado ella. Y por supuesto, en todo este circo nadie piensa en el hombre de la disputa. (Ni la que lo consiguió, ni la que lo dejó ir, ni la madre de éste que sólo quiere el arrepentimiento eterno de todas las no lo elijan).
Ya lo sabemos, no hay mejor cualidad en un hombre que todas las otras mujeres que quieran tenerlo. No importa cuán compatible sea con nosotras y nada menos emocionante que ése al que no lo busca nadie.
Jugaremos con la mimetización de la otra o estableceremos la estrategia de los contrapuntos. Si ella es una perra sexy, seremos conservadoras y maternales. Nos leeremos todo Kafka y Sandor Marai con tal de ganarle a la que no tiene nada para decir. Superaremos cualquier desafío.
Quieren robarme a mi marido, es el cartel que se lee en la frente de las chicas mendocinas.
Aquel robusto cuarentón al que ya no deseamos demasiado se transforma en un sex symbol si otra le dirige la palabra. Ellos son las víctimas de toda esta demencia momentánea que nos aborda y se vuelven rehenes, condición suficiente para desarrollar el síndrome de Estocolmo con sus propias parejas.
Escribime a [email protected]
Seguime en facebook y en twitter @LmMara
¿Cuál es el mecanismo mental (enfermito) que nos hace creer que otra mujer nos robará esa cosa peluda que está al lado nuestro, que paga las cuentas y lleva los chicos al cole?
No es casual que lo agarremos de la mano, lo besemos y nos comportemos mimosas cuando se aproxima una “posible ladrona” para marcar territorio. Y lo que es tremendo, ese beso o esa caricia no significa cariño, amor ni nada por el estilo, ni siquiera es para nuestro hombre, es definitivamente un mensaje a la -otra- para que sepa, que ese hombre tiene dueña.
En FB somos las primeras en marcar - está en una Relación con… - si pudiéramos pondríamos todo su árbol genealógico y su DNI. Para que ninguna amiga de “lo ajeno” le mande mensajes o le haga un toque. Eso sí jamás contaremos las verdades, si es muy bueno en la cama diremos que es más o menos (no sea cosa de despertar envidia), si gana demasiado diremos que -tiene mucho trabajo- y si es un pelmazo, sexualmente un desastre o un aburrido sin cura, diremos que es divino con los chicos, dulce y tranquilo. Es decir, jamás diremos la verdad a otras mujeres sobre nuestras parejas.
He visto escenas realmente desgarradoras en bares, restaurantes, discotecas, de día y de noche, en cualquier grupo social y en cualquier circunstancia, ¡hasta en lugares increíbles como por ejemplo el consultorio de mi ginecólogo! Mujeres mirándonos a los ojos, sacándonos la ficha según el tipo de taco y el tipo de make up. La batalla se desarrolla en cualquier lugar y no tiene fin.
A ellos, pareciera que un simple – ¿Qué mirás tanto? - les alcanza para quedarse quietitos y bajar la mirada, los más osados devuelven con frases ingeniosas - Si bien estoy a dieta puedo mirar el menú -, pero toooooodas sabemos que el problema no son ellos, si no nosotras mismas.
La eterna inseguridad de nuestra belleza, de nuestra gordura, de nuestra onda, de nuestro look, de nuestro peinado, ufff, ¿sigo?
Es común que cuando recién conocemos a alguien que nos gusta pensemos que todas las demás mujeres conspiran para robárnoslo.
Innegable defecto cambiamos la actitud cuando la otra se aproxima. Nos mostramos sólidas, serenas, (nada más gratificante que demostrarle a la otra nuestro lugar de “la estable”). Si hay familia política cerca demostramos una relación idílica, somos, en cuestión de segundos, compinches de cuñadas e hijas postizas de suegras (un imposible al que jugamos por una noche o por lo que dure la presencia de la otra en la escena que nos toca protagonizar). Lo peor es que la otra se cree esta historia y experimenta la decepción de no haberlo logrado ella. Y por supuesto, en todo este circo nadie piensa en el hombre de la disputa. (Ni la que lo consiguió, ni la que lo dejó ir, ni la madre de éste que sólo quiere el arrepentimiento eterno de todas las no lo elijan).
Ya lo sabemos, no hay mejor cualidad en un hombre que todas las otras mujeres que quieran tenerlo. No importa cuán compatible sea con nosotras y nada menos emocionante que ése al que no lo busca nadie.
Jugaremos con la mimetización de la otra o estableceremos la estrategia de los contrapuntos. Si ella es una perra sexy, seremos conservadoras y maternales. Nos leeremos todo Kafka y Sandor Marai con tal de ganarle a la que no tiene nada para decir. Superaremos cualquier desafío.
Quieren robarme a mi marido, es el cartel que se lee en la frente de las chicas mendocinas.
Aquel robusto cuarentón al que ya no deseamos demasiado se transforma en un sex symbol si otra le dirige la palabra. Ellos son las víctimas de toda esta demencia momentánea que nos aborda y se vuelven rehenes, condición suficiente para desarrollar el síndrome de Estocolmo con sus propias parejas.
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