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La columna psi: Bordes peligrosos entre el hombre y la mujer

La psicóloga Laura Alcaraz -a quien podés escuchar habitualmente en MDZ Radio- te deja en esta columna su análisis sobre las sesiones de mujeres y hombres que son víctimas y victimarios. Enviale tu consulta desde aquí.
¿Qué pasa con las crisis matrimoniales?
¿Qué pasa con las crisis matrimoniales?

“Siento que estoy durmiendo con el enemigo...”. “Siempre tuvo carácter… amaba eso en él, hoy es lo que más odio…". “Mi vida junto a él se transformó en una tortura…". Tres mujeres, tres sesiones y una misma pregunta: “¿Por qué no puedo dejarlo?”.

¿Qué anida en el corazón de una mujer (porque no de un hombre), para continuar anclada al sufrimiento que le proporciona una relación de maltrato?

De una mirada descalificante a un gesto de menosprecio. Palabras denigrantes e hirientes. Del abuso emocional al maltrato verbal y físico. Distintas caras de la misma violencia.

Dicen algunos: las víctimas deben reconocer el maltrato y rechazarlo. Sin embargo otros pensamos que  no es tarea sencilla. La cultura ha legitimado la creencia de la posición superior del varón, lo cual ha facilitado que las mujeres se sientan inferiores, pero no podemos darnos el lujo de la ingenuidad, las mujeres nos hemos trabajado para reforzar lo culturalmente adquirido, con cada acto que hacemos en relación al hombre, en relación a los hijos varones. El ser maltratada es una forma de sufrimiento que muchas mujeres racionalizan con justificaciones relacionadas al  desempeño contribuyendo a perpetuar las diversas situaciones de maltrato. Justificaciones relacionadas con el papel femenino tradicional: madre, ama de casa, cocinera, empleada doméstica, profesional, amante; algo de esto no se habrá hecho bien.

Se niega el daño que se sufre, se apelan a ideales como mantener la familia unida (las separación de la pareja no implica separación de la familia). Se acude al concepto de no separarse por el perjuicio que se provocaría a los hijos. Se atribuye el fracaso en el papel de mujer, como esposa y madre.

La situación económica, el amedrentamiento psíquico y físico, la posición de menosprecio, no alcanza para explicar la cuestión del dominio, y en especial, la de la persistencia de muchas mujeres en relaciones destructivas. Intentar analizar este tema implica empezar por el principio.

La relación entre el hombre y la mujer…un lugar de desencuentros

Cualquiera que indague un poco en sus experiencias vividas, en lo que le acontece con el deseo, el amor, el goce, comprobará sin demasiada ciencia que: hombres y mujeres somos diferentes. Pero lo curioso es que aunque estas diferencias son innegables, está muy arraigada la idea de que el hombre y la mujer pueden mantener una relación armónica y de completud.

A veces el matrimonio puede constituir un aplastamiento de la alteridad de la mujer, ya sea por el hombre, ya sea por la mujer misma. Forzar la semejanza, la identidad, la identificación narcisista entre los esposos es una pendiente peligrosa. No hay armonía entre los sexos, hay disimetría, alteridad.

Desde el psicoanálisis la posición sexuada, hombre y mujer, no está dada por la anatomía. Son posiciones que están referidas a la particular manera de gozar. La elección de objeto, de partenaire, en el hombre no se rige igual que la elección de partenaire en la mujer.

Del lado hombre, el goce es circunscripto, localizado, contabilizable puede incluso necesitar de un pequeño detalle, un objeto que decore de determinada forma el andar de la mujer.

Mientras que del lado femenino se impone una relación ilimitada. La demanda femenina es una demanda que tiende hacia el infinito, en una constante búsqueda.

Estas diferencias afectan a las elecciones del sujeto, construyendo significaciones que influirán  en su forma de estar en el mundo. Es el hombre el que más teme perder, pues su interés es mantener lo que “tiene”. El hombre vive en tensión por perder dinero, poder, prestigio, potencia…etc. Para la mujer lo valorizado es el don de amor, para ella la pérdida de amor es lo amenazante. No hay equivalencia. De partida la correspondencia entre hombre y mujer, es imposible.

Muchas veces hay encuentros, hombres y mujeres se aman, se casan, se juntan, tienen proyectos, tienen hijos… Y otras tantas veces hay des-encuentros, malos tratos en los que con-fundidos, fundidos con el otro, aparece la violencia como una forma enferma de separar-se,  de reconocer-se, de diferenciar-se. Intentos desesperados de distinguirse del otro. Se establece una puja desenfrenada por un lado mantener la indiferenciación y la contracara de encontrarse diferente del otro, con necesidades y deseos distintos. Se perdió el límite, la distancia entre ambos. No alcanzan las buenas palabras, se violentan. La violencia hace estragos en el vínculo, parece que nada puede volver atrás.

¿Y en qué se convertirá la vida de un hombre que teme continuamente perder lo que tiene, en el sentido de los bienes, de los objetos? ¿La mujer se transforma en un objeto más?¿Qué será la vida de una mujer sintiendo la gran amenaza de perder el amor del hombre? ¿Perder el lugar que socialmente ocupo a su lado?

Ellos temiendo no poseer su objeto, ellas temiendo perder el amor. ¿Es la violencia una reacción contra las libertades féminas? ¿Es la violencia resultado de la lucha por defender la libertad necesaria de cada integrante de esa pareja? ¿Puede explicar la posesión el acto agresivo del hombre? ¿Puede esto explicarnos que ellas al comienzo resten importancia a los primeros signos de violencia pues supondría perder el amor?

Los protagonistas del drama pueden rectificar sus elecciones fatales y responsabilizarse de esto. Darse la oportunidad de convertirse en sujetos responsables de su goce y consecuentemente de su “saber hacer” mejor con ello, es un posible camino. Camino que nos sigue enfrentando con el límite...No todo se puede…No somos iguales…Por suerte…

Lic. Laura Alcaraz

Psicóloga (UBA)

Mat 1036

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